Si sientes que las presiones en casa u oficina te harán estallar en cualquier momento, lo mejor que puedes hacer es poner música o, mejor aún, asistir a un concierto y esto (también) tiene una explicación científica.

En primer lugar, porque escuchar las canciones que nos agradan ayuda a que nuestro cuerpo produzca endorfinas, conocidas como las hormonas de la felicidad, y este efecto se incrementa si además las cantamos y bailamos. 

Además, la música suave permite relajarnos a través de un proceso físico por el cual nuestro ritmo cardiaco se sincroniza con las vibraciones, logrando, así, valores normales (de 60 a 80 latidos por minuto) y en consecuencia, disminuyendo nuestra presión arterial.

Además se mejora la concentración y reduce la tensión muscular, esto se traduce en un mejor manejo del estrés, depresión, ansiedad y hasta del dolor; a esto se le llama “musicoterapia”.
 
Estos estudios han dado origen a un nuevo campo denominado “neuromusicología”, que pretende responder cómo influye la música en la mente, si se producen cambios mensurables en las hormonas o por qué la música afecta incluso la estructura de nuestro cerebro.

Al respecto, Mindlab International realizó una investigación para identificar las canciones que más reducen el estrés y así identificaron a “Weightless” de Marconi Union, como la canción más relajante que haya existido, la cual redujo hasta 65 por ciento del estrés en los participantes. 

Y no es de extrañarse, ya que de hecho fue compuesta con ese propósito gracias a la ayuda de terapistas de sonido, quienes buscaron las armonías, acordes y ritmos que ayudan a reducir la presión sanguínea y los niveles de cortisol, hormona relacionada directamente con el estrés.

Además, otra investigación ha demostrado que asistir a un evento musical en vivo puede reducir el cortisol en nuestro cuerpo. 

Un equipo de investigadores del Centre for Performance Science, en Reino Unido, contaron con 117 voluntarios, algunos que asistían a más de cien conciertos al año, otros a muy pocos y otros jamás habían ido a un concierto; un cuarto grupo lo formaban músicos con décadas de experiencia en la industria.

En el transcurso de dos conciertos separados de la misma música y duración, los investigadores tomaron muestras de saliva de todos los participantes antes de la actuación y 60 minutos más tarde. Los resultados revelaron un descenso de los glucocorticoides, incluyendo una reducción significativa en el cortisol y la cortisona; esto, sin importar la edad, experiencia en los conciertos o de su habilidad musical, lo que sugiere “una respuesta universal a la asistencia a conciertos”.

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