Densos nubarrones se formaron sobre el centro de la ciudad, el viento de la Bella Airosa comenzó a correr y el frío lo acompañó. Las primeras gotas cayeron del cielo, las ráfagas de aire corrieron por entre los edificios y los cuerpos que ya se alistaban para iniciar la celebración.

Los cuernos, los tambores, las máscaras, los trajes coloridos y artesanales lucían sobre los corazones orgullosos de cientos de hidalguenses, tan cálidos que nunca detuvieron la emoción de avanzar, de bailar, de brincar, de mostrar las raíces de Hidalgo con cada uno de sus latidos.

Apenas inició la fiesta, tan pronto como los carros arrancaron y los pies iniciaron su andar, la lluvia también soltó su fuerza, quería ser parte del festejo.
La música apareció, recorrió las calles, animó a los asistentes que aun bajo el aguacero se acercó para admirar a los danzantes, al principio fueron pocos, el cielo los intimidó, pero la alegría de Hidalgo, de su gente, al final los atrajo por miles.

La fiesta recorrió las calles, rodeó el Reloj Monumental. Representantes de 48 municipios del estado contagiaron su fervor a las personas alrededor. La tradición, como la tormenta, empapó los rostros que no pudieron sino sonreír ante la celebración de la diversidad de los pueblos.
El agua logró su objetivo, se hizo parte de la celebración, reverberó, saltó, explotó con cada paso, con cada brinco que sobre ella daban los disfrazados alrededor de plaza Juárez, exacerbó el frenesí, el ardor de la tradición de Hidalgo que continuó por horas, que continuará por semanas en cada municipio y que permanecerá por siempre en cada corazón hidalguense.