Opinión

En el nombre del arte.

III Leer y escribir Libros, de cuyo nombre no me puedo acordar.

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Foto: Grupo AM

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Tenemos un elefante en la sala. Esa es una de las frases gringas que más me gustan, por gráfica, por explícita, y por definitoria. Se refiere a la existencia de un problema inmenso –tan inmenso como un elefante en una sala- que nadie quiere ver y que nadie quiere entender, y lo peor de todo, que nadie ha querido resolver. Un problema enorme que ha sido y será heredado.

Tenemos un elefante en la sala. En México Ese elefante se llama leer y escribir. Y no me refiero al yerro del político en campaña ni del electo. Ni del que haya llegado a un puesto por las artimañas que sean. Si, es en ellos en quienes miramos el error inmenso. Pero no, la falta no es –solo- de ellos. La falta es de todos los mexicanos.

Vamos por la primera idea: si repasamos una historia condensada de la humanidad, por lo menos en lo que se refiere a nuestra forma de organizarnos, y de inventar y trabajar en esto a lo que llamamos “Progreso”, hay que decir que nuestra especie existe desde hace casi 200 mil años, ahora bien,  en el 90% de ese tiempo, nuestra estirpe no hizo prácticamente nada. No levantó edificios, no subió a lo más alto de las montañas, no sembró ni cosechó, no paró de vagar en una manada de monos con poco pelo que corría delante de un animal para no ser comido, o detrás de otro animal para comerlo. 180 mil años de nada. Solo una especie más de monos.

Fue el último 10% de nuestra historia como especie la que revolucionó todo. En sólo 20 mil años nos transformamos a nosotros mismos y transformamos el mundo, en este tiempo, escalamos a las montañas más altas, bajamos a lo profundo de los mares. Levantamos monumentos, dejamos un registro de nuestro paso por el mundo, creamos una compleja sociedad, desarrollamos instituciones, creamos máquinas, viajamos a todos los rincones de la tierra, e incluso, y esto es probablemente lo más increíble de todo, es que salimos de la tierra, pusimos un pie en la luna, y lanzamos al espacio un par de pequeñas naves espaciales –sondas- que llevan un saludo de la tierra a cualquier posible escucha fuera del sistema solar.

90% de nada. 10% de todo. ¿Dónde está la raíz de la diferencia? Simple: En el estilo de pensamiento.  ¿A qué me refiero? Los seres humanos tenemos dos tipos de pensamiento para enfrentar el mundo: El pensamiento lógico-racional y el pensamiento mágico-creativo. Pensando de forma mágica, no nos permitimos descubrir la agricultura en 180 mil años, pues nos empeñamos en explicar el crecimiento de las plantas en dioses y espíritus. El pensamiento lógico racional nos permitió entender que se trataba de semillas, germinación, desarrollo y cosecha.

90% de nada y 10% de todo. ¡Qué noticia increíble! Le debemos al pensamiento lógico-racional todo avance y progreso humano. Si. Pero preferimos seguir revisando el horóscopo por las mañanas, o encargarle a los dioses o diosas nuestro destino de cada día.

Vamos por la segunda idea: Durante miles de millones de años –literalmente- toda información perdurable fue transmitida de forma biológica, es decir  a través del ADN. ¿Cuándo cambió esto? En el preciso instante en que uno de nuestros congéneres grabó sus manos en una cueva, cuando dibujó alguno de los animales que cazaba, cuando grabó en piedra su paso por este mundo. De allí en adelante, todo aconteció rápidamente: dejamos de dibujar para escribir, luego simplificamos la escritura, luego la universalizamos, y conforme hacíamos esto, multiplicábamos nuestro saber, construíamos nuevo conocimiento, y de nuevo lo multiplicábamos. Los mayores inventos de la humanidad son la escuela y la escritura (la rueda y la agricultura son descubrimientos, no invenciones). Hay que entender, que la herramienta para que esta fórmula funcionara fue el invento más revolucionario para la mente y el pensamiento humano: El Libro.

La mejor definición que conozco de un Libro, se la debemos al gran divulgador científico Carl Sagan. Él decía que “Un Libro es un objeto tecnológico,  plano, hecho de un árbol, con partes flexibles en las que están impresos montones de curiosos garabatos, que son capaces de cambiar el mundo. . . todos los días”

Sagan decía que en alguna medida, el Libro es una máquina para viajar, en el tiempo y en el espacio, entre mente y mente, “. . .en cuanto se empieza a leer se entra en la mente de otra persona; tal vez de alguien que ha muerto hace miles de años y a través del tiempo un autor habla clara y silenciosamente dirigiéndose a nosotros”

Que increíble objeto es un Libro.

Los Libros han causado revoluciones del pensamiento, y revoluciones del mundo. Cambian vidas, las edifican y las reedifican. Transforman sociedades, crean y destruyen imperios, transmiten las ideas que habrán de derribar mágicos mitos, o que habrán de crear otros. Transmiten conocimientos y hacen perdurar saberes. Reitero. Que increíble objeto es un Libro.

Tan increíble y tan poderoso, que durante la etapa del esclavismo en Estados Unidos, hace poco más de 150 años, el mayor delito que podía cometer un dueño de esclavos, peor que herir o matar a un esclavo, peor aún que dejarle libre, era enseñarle a leer. Así de poderosos son los Libros. Y así de miedo provocan.

Fue un Libro el que estableció que la mejor forma de alcanzar la salvación del alma es ser virtuoso, trabajador y justo, en lugar de vivir arrepentido y confesándose, marcando una profunda diferencia entre la fe católica y la protestante, acabando con la omnipresente dominación papal. El Libro es “La Institución de la Religión Cristiana” de Calvino.

Fue un Libro el que inició la revolución e independencia de las trece colonias, hoy, Estados Unidos, lo mismo que la revolución francesa: “El Ensayo del Entendimiento Humano” de Locke.

Fue otro Libro el que sacó del egocentrismo a nuestra especie, y nos puso al lado del resto de los seres vivos, y no por encima de ellos. “El Origen de las especies” de Darwin.

Son los libros la oportunidad de experimentar una vida que no es la nuestra, y gozar o sufrir por decisiones que no tenemos que tomar nosotros. Los libros son compendios de experiencia para subir en ellos y mirar lo que no habíamos miradoy entender lo que no habíamos entendido.

Los Libros han cambiado el mapa y la historia de las personas y del mundo desde que existen. Pero no pueden seguirla cambiando si no se leen.

Que un político electo no recuerde tres Libros que le cambiaron la vida, o que el que quiere que lo elijan haya escrito un Libro “de cuyo nombre no se quiere acordar” o que alguien mande a los niños a “ler”, no son un problema aislado. No es un problema de la clase política. Es un problema de México y de todos los mexicanos. La mitad de los mexicanos no ha pisado una librería en su vida, dos de cada cinco nunca ha leído un Libro y la mayor parte de los mexicanos lee menos cada año.

Hace 150 años, en Estados Unidos, era un delito enseñar a un esclavo a leer. Hoy nos enseñan a todos, pero se caricaturiza todos los días a la gente que lee.

La televisión dice que el que lee, y sabe, es un nerd. Es odioso e insoportable. Es débil. Es introvertido, vaya, es un ¡remedo de persona! Esta imagen se ha repetido hasta el cansancio. Hasta crear una imagen retorcida de la gente culta: ser culto no es “cool”.

Ya no hizo falta criminalizar la lectura. Solo hizo falta fomentar el pensamiento mágico, y hacer que leer se viera fuera de moda. Me despido con la conclusión lógica-racional de estas líneas:

 

¿Quieres cambiar tu vida? Lee un Libro.

¿Quieres cambiar a México? Lee un Libro.

¿Quieres cambiar al mundo? Lee un Libro.

¿Quieres hacer las tres cosas, y al mismo tiempo?  Escribe un Libro.

 

 

Literariamente: José Luis Ramos Ortigoza.

Twitter: @jortigoza

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