Opinión

Se levanta en el mástil mi bandera

FRENOLOGÍA

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Por: Iván Lozano

¿Qué es lo que ocurre en un país en el que una bandera envuelta en llamas causa indignación más grande que una persona asesinada? ¿En qué momento una tela tricolor importa más que la vida?

Días atrás, durante una protesta universitaria por violencia contra mujeres ejercida sistemáticamente en distintos escenarios de la UNAM, en la que además hubo incursión porril, una bandera de México fue quemada frente a cámaras de medios de comunicación nacionales, acto que provocó el repudio de personas que lo consideraron una completa falta de respeto al símbolo nacional y a la patria mexicana. “No hay razón para atentar de esa manera contra la bandera”, comentaron aquellos a quienes les pareció la peor forma de expresar rabia e impotencia por agresiones, violaciones y muerte de mujeres en la máxima casa de estudios en México y en el país en general.

La bandera mexicana supuestamente encarna a la patria misma junto con el escudo e himno nacionales. La sacralización de estos tres elementos nos la inculcan desde niños con las clases de civismo y los infumables honores a la bandera en planteles de educación básica, a los que considero el origen del odio generalizado a los lunes.  

El respeto a los símbolos patrios es parte de la construcción del nacionalismo, concepto que, en el mejor de los casos, sirve como elemento de cohesión para la sociedad. Es decir, nos ayuda a edificar una identidad que tenga elementos comunes para los integrantes de un país. Esta identidad común tendría que derivar en una noción de unidad social-nacional que a su vez genere lazos entre los integrantes del conjunto.

Así, la idea de que todos somos mexicanos (los que entramos en la categoría, por supuesto) debería ser útil para generar empatía y reconocer como iguales a los paisanos, además de reconocernos como el elemento más importante de una nación al ser los que construimos todo aquello que nos es común: cultura, tradiciones, lenguaje, etcétera.

Sin embargo, en algún momento extraviamos la idea de que las personas de este (y cualquier otro país) son lo más importante y que nada debería estar por encima de las vidas e integridad de cada una de ellas. En este sentido, deberíamos reconocer no solo la legitimidad de un reclamo como el que hicieron en Ciudad Universitaria, pues las agresiones a mujeres son realidad frecuente en la institución, sino también la urgencia de realizar más expresiones públicas de inconformidad y enojo contra un sistema que históricamente ha sido, lo menos, incompetente para garantizar las condiciones mínimas de seguridad para mujeres y personas en general.

La muerte de personas a diario no levanta tantas cejas ni voces como lo hizo la quema de un pedazo de tela tricolor, tal vez por eso, hay tantos muertos que la vida apenas se asoma; mientras, la bandera ondea majestuosa por encima de nuestras cabezas.

Y tú, ¿qué opinas?