Historia 071

Esta es la historia 071 de 450 que te contaremos sobre León

A Julián de Obregón se le recordará siempre como el impulsor del renacimiento de la curtiduría leonesa, pilar de las industrias que trajeron prosperidad y nos dieron identidad. Como jefe político de la ciudad, tomó otras decisiones también de mérito y visión. 

Una de ellas -en 1839- fue poner en marcha el proyecto de la Calzada de los Héroes y el puente que la uniría con el antiguo camino real a Guanajuato. ¡Por fin León tendría una entrada principal! 

Y es que hasta entonces todos aquellos que iban o venían de las minas de Guanajuato o por el camino de Silao tenían que pasar por el puente del Coecillo, por ser este el único en la ciudad para cruzar el río de los Gómez. Cuando el héroe insurgente Xavier Mina intentó tomar en León en 1817, por ahí entró y salió. No había de otra. 

La construcción del Puente de la Calzada

Construido al final del virreinato, el citado puente unía a León con el pueblo del Coecillo y a partir de este iniciaba el camino al mineral de La Luz, con el que nuestros comerciantes tenían sólida relación y por ende el tráfico entre ambos puntos. Quienes transitaban por el camino de Guanajuato y México se acercaban por la actual prolongación de la Calzada, pero tenían que doblar -viendo el mapa presente- por la Mérida y dar vuelta en La Luz hacia el puente. 

El punto es que al bajar del lado de León había una plaza irregular -la de Santiago-, sin mayor gracia que el animado comercio. De ahí seguían los carros de tiro y las recuas de mulas por la hoy calle Libertad hasta las contemporáneas calles de Madero o Pedro Moreno (por el “codito”). Una vuelta enorme pues. 

Para la nueva Calzada -que atravesaba los cultivos de la hacienda de San Nicolás– y el anhelado cruce se dispuso una contribución especial de la ciudadanía y tan bien funcionó, que con ese dinero las autoridades se financiaron una y otra vez para salvar sus obligaciones. El problema es que la obra no la terminaban. Así llegaron hasta 1849, cuando por fin quedó listo el puente. 

Más estilizado que el antiguo del Coecillo, el puente de la Calzada también tenía sendos medallones a la mitad de sus barandales de cantera. Abajo, cuatro ojos permitían el paso del agua. Su mayor peculiaridad radicaba en que torcía radicalmente para poder unir el nuevo paseo público con el camino a Silao, porque estos no embonaban en su trazo. Y luego saldría a relucir su angostura. 

Las inundaciones de 1888 y 1926 castigaron los barandales del puente, pero a nadie le importó. Si en el puente Barón demolieron la obra de Luis Long sin mayor rubor, en este no dejaron ni un pedazo de cantera. Llegado el momento también se amplió la plancha de cemento y por barandales pusieron tubos. Su majestad el automóvil no admitía contratiempos. 

El fin del Puente de la Calzada

En 1969, convertido en un embudo para acceder al corazón de una ciudad de medio millón de habitantes, el puente de la Calzada vio su fin para dar paso a dos puentes más anchos y ligeros que comunicaban a la todavía carretera León-Silao. “Carecía de valor histórico y estético”, fue la sentencia. 

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