Historia 145
Esta es la historia 145 de 450 que te contaremos sobre León
La Semana Santa en León no siempre fue como hoy: ordenada, familiar y solemne. Durante siglos, la celebración fue también un espacio de contrastes, donde la fe convivía con el desorden, los excesos y la necesidad constante de imponer reglas.
Desde que León era apenas una villa, la tradición de la Cuaresma y la Semana Santa se arraigó profundamente entre sus habitantes. Con el paso del tiempo, ha cambiado en forma, pero no en esencia: la religiosidad de los leoneses sigue viva.
El origen: cofradías y evangelización
De acuerdo con registros históricos recopilados en el libro “De la Villa a la Ciudad. Crónicas de León” de Carlos Arturo Navarro Valtierra, los franciscanos fueron clave en la formación religiosa de la población. No solo evangelizaron a los españoles, sino también a indígenas, otomíes, mulatos y otros grupos.
A través de imágenes, procesiones y representaciones, se difundían los misterios de la Pasión y Muerte de Cristo.
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En ese contexto surgieron las primeras cofradías, grupos de fieles organizados para realizar obras religiosas y de caridad. La más antigua registrada en León es la de Nuestra Señora del Sagrario, fundada en 1608. Más tarde, en 1625, se estableció la de Nuestra Señora de la Soledad.
Estas agrupaciones fueron fundamentales para consolidar las celebraciones religiosas en la ciudad.
Procesiones que preocupaban a las autoridades
Durante el siglo XVII, una de las celebraciones más importantes era la procesión del Santo Entierro, que se realizaba año con año.
Sin embargo, con el paso del tiempo, estas manifestaciones comenzaron a generar problemas.
Las procesiones nocturnas —que podían extenderse hasta la madrugada— propiciaban situaciones de desorden: consumo de alcohol, riñas, robos y conductas que contrastaban con el carácter religioso de la celebración.
El doctor Tiburcio Camiña, en 1804, criticó duramente estas prácticas, señalando que lo que debía ser un acto de devoción se había convertido en un espectáculo escandaloso.
Ante esta situación, las autoridades civiles y eclesiásticas comenzaron a intervenir.
Intentos de control y nuevas reglas
A lo largo del tiempo se emitieron diversas disposiciones para regular las procesiones.
Hubo momentos en que incluso se suspendieron completamente, como ocurrió por orden del obispo de Michoacán, Francisco Antonio de San Miguel, quien consideró que algunas representaciones habían perdido su sentido religioso.
Posteriormente, las procesiones fueron autorizadas nuevamente, pero bajo condiciones estrictas: debían realizarse más temprano y concluir antes de la noche.
Estas medidas buscaban devolver el carácter solemne a una tradición que, por momentos, se había desbordado.
La otra cara: devoción y trabajo comunitario
No toda la historia fue de excesos.
En comunidades como el antiguo pueblo de San Miguel, los habitantes –particularmente los otomíes– participaron activamente en la construcción de templos y en la organización de celebraciones religiosas.
Desde el siglo XVIII colaboraban con materiales y trabajo para levantar sus espacios de culto y mantenían un profundo respeto por las celebraciones de la Cuaresma.
Esa devoción también formó parte esencial de la identidad religiosa de León.
La Cuaresma en el siglo XIX: ayuno y tradición
Para el siglo XIX, la Cuaresma ya estaba marcada por prácticas bien definidas.
Tras el carnaval comenzaban los ayunos, las penitencias y la abstinencia. Los viernes eran de vigilia obligatoria, y la alimentación giraba en torno a platillos sencillos pero tradicionales.
Entre ellos estaban el caldo de haba o lentejas, los nopales, las tortas de camarón, frijoles, torrejas y la clásica capirotada.
Los alimentos también formaban parte de la experiencia religiosa.
Tradiciones del siglo XX que aún sobreviven
Ya en el siglo XX, algunas costumbres mantenían viva la identidad de la Semana Santa en León.
Una de ellas eran los altares de la Virgen de los Dolores, presentes tanto en casas humildes como en hogares acomodados. Estos altares incluían imágenes, telas de colores y aguas frescas que simbolizaban las lágrimas de la Virgen.
También eran comunes escenas populares en las calles, como la figura del “diablo” que recorría los barrios entre remolinos de polvo, causando emoción entre los niños.
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