Historia 201
Esta es la historia 201 de 450 que te contaremos sobre León
Hay lugares en León que no necesitan presentación, se dicen por nombre y de inmediato aparece una historia, esto pasa con el Panteón Taurino.
Para algunos, la primera visita fue sin planear, para otros, una comida con amigos, una visita obligada con alguien que venía de fuera o ese día en que, sin esperarlo, se encontraron con un artista en la mesa de al lado.
Hay espacios que se explican en documentos, otros, como este, se entienden sentándose.
Aquí, la experiencia no empieza con el menú. Empieza cuando levantas la mirada y entiendes que todo lo que te rodea —las paredes, las mesas, los objetos—, tienen historia.

1931: una cantina, una afición y el inicio de todo
La historia del Panteón Taurino comenzó en 1931. Filiberto Guerra Zúñiga, conocido como “El Chato”, abrió el primer espacio en la calle 5 de Febrero, esquina Emiliano Zapata, en el centro de León.
Más que una cantina, se volvió un punto de reunión donde la convivencia giraba alrededor de la fiesta brava, de los toros, de las faenas y de los nombres que marcaban época.
El Panteón Taurino nació en 1931 y su fundador fue Filiberto Guerra, mejor conocido como ‘El Chato Guerra’”, explica Alberto Ruenes Escoto, quien tiene más de una década al frente del negocio.
“En esas épocas las cantinas eran exclusivas para caballeros… estaba prohibida la entrada a mujeres y niños, y era más un espacio para convivir, platicar y compartir esa afición taurina”, recuerda.
Lo que comenzó como un sitio de encuentro, poco a poco se fue llenando de historias.
En 1948: el crecimiento obliga a cambiar de rumbo
Con el paso de los años, el lugar dejó de ser suficiente, la demanda le fue exigiendo un lugar más grande.
En 1948, “El Chato” adquirió el predio en Calzada de los Héroes 408, muy cerca del Arco de la Calzada, uno de los símbolos de la ciudad.
Este cambio de ubicación no solo respondió a la necesidad de espacio, marcó el inicio de una nueva etapa.
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1962: una plaza de toros convertida en restaurante
Fue en 1962 cuando el Panteón Taurino tomó la forma que hoy lo distingue.
“Fue idea 100% del Chato recrear una plaza de toros en el interior de un restaurante… que la gente no solo viniera a comer, sino a vivir el ambiente taurino”, subraya Ruenes Escoto.
El interior se construyó con elementos propios de una plaza: ruedo, burladeros, callejones, espacios que recuerdan lo que ocurre antes, durante y después de una corrida.

Pero lo que terminó de darle identidad fue lo que empezó a colgarse en las paredes.
Un museo que nació sin proponérselo
El mismo Chato… con la colección de cuadros, cabezas de toros, carteles… se fue convirtiendo poco a poco en un museo”, relata Ruenes.
Las piezas no llegaron por compra, llegaron por historia, por el cariño que tenían por la afición, los mismos toreros le regalaban este tipo de materiales.
Hoy, ese acervo incluye objetos que conectan con la historia de la tauromaquia, como la cabeza del toro “Gordito”, lidiado por Rodolfo Gaona en Madrid en 1908; una pieza relacionada con el torero Alberto Balderas; la cabeza del toro “Curtidor”, estoqueado por Gaona en 1924; capotes de paseo de toreros como Luis Procuna y Carmelo Pérez.
A esto se suman fotografías, carteles y retratos que convierten cada muro en una narrativa visual.
En el Panteón Taurino, incluso las mesas cuentan algo. Son lápidas donde viene el nombre del torero, cómo le decían, la fecha de nacimiento, la fecha de defunción y el nombre del toro, cada mesa es un fragmento de memoria. Un recordatorio de que en este lugar, comer también es leer.

1977 la muerte del fundador
El 8 de mayo de 1977, murió “El Chato”, el Panteón Taurino cerró. Durante un tiempo, ese espacio que había sido punto de encuentro dejó de tener vida.
Sin embargo, a finales de los años 80, la familia Ruenes retomó el proyecto.
Después de insistir mucho tiempo y de platicar con la familia del Chato, logramos llegar a un acuerdo para continuar con la tradición”, cuenta Alberto Ruenes Escoto.
El 30 de noviembre de 1989, el Panteón Taurino reabrió sus puertas.
“Para nosotros era la joya de la corona… sabíamos lo que representaba para León y la responsabilidad que implicaba mantenerlo vivo”, y lo han logrado durante 37 años.
Crecer sin perder la esencia
En noviembre del 2000, el Panteón Taurino abrió una sucursal en la zona de Plaza Mayor, el concepto se expandió, pero mantuvo su identidad: botana, ambiente y memoria.
“Tratamos de hacer una cantina mexicana donde la gente venga, se sienta a gusto, coma bien, pero también viva todo lo que representa el lugar”.
La gastronomía forma parte de esa experiencia, su especialidad es la carne tártara, las botanas incluidas, el chamorro, los tacos y el jugo de carne.
Pero lo que lo distingue es lo que ocurre alrededor: “La gente no solo viene a comer… viene a ver, a recorrer, a enseñarles a los que vienen de fuera lo que es el Panteón Taurino”, menciona su propietario.
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Todos han estado o quieren estar aquí
A lo largo de los años, el Panteón Taurino se convirtió en punto de referencia.
“Se ha vuelto de los favoritos no solo de los leoneses, sino también de artistas, toreros, futbolistas y visitantes de todo el país”, por sus mesas han pasado presidentes, figuras del espectáculo y personajes de la cultura popular.
Desde Miguel Alemán hasta Carlos Salinas de Gortari. Artistas como María Félix, Cantinflas, Joaquín Pardavé, “Chespirito”, Vicente Fernández, Lola Beltrán, Juan Ferrara, Mijares y Emmanuel.
“De repente vienes a comer y te encuentras con alguien… eso también forma parte de la experiencia”.
Un espacio que sigue generando
Actualmente, el Panteón Taurino emplea entre 90 y 100 personas. Recibe visitantes de León, de otras ciudades y del extranjero.
Y mantiene una operación que combina servicio, cocina y conservación de su historia.
“Es una gran satisfacción, pero también una gran responsabilidad… mantener la experiencia, el servicio, la calidad y todo lo que la gente espera cuando viene”.
Hay lugares que cuentan su historia en libros, y hay otros donde la historia se vive: el Panteón Taurino es uno de ellos, ahí no se va solo a comer, se va a sentarse en una lápida con nombre y memoria, a recorrer con la mirada un siglo de historias colgadas en las paredes.
Porque siempre hay alguien que llega por primera vez o alguien que regresa para decir: “tienes que conocerlo”.
En el Panteón Taurino, la historia no está guardada, está servida.
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