Historia 203
Esta es la historia 203 de 450 que te contaremos sobre León
Antes de que los rollos de sushi aparecieran en cada plaza comercial, de que las apps de comida ofrecieran ramen a domicilio o de que los leoneses supieran perfectamente cómo agarrar unos palillos, hubo una época en la que pedir un yakimeshi sonaba extraño, en un León donde todavía nadie sabía pronunciar teppanyaki.
Una ciudad donde la comida japonesa parecía algo lejano. Y fue justo ahí donde apareció un japonés que ni siquiera venía pensando en abrir un restaurante. Venía buscando una nueva vida.
De Tokio a México: el viaje de un hombre que quería pintar
Eiki Ito nació en Japón, en una familia rodeada de restaurantes, pero lo suyo nunca fue la cocina, o eso creía.
“Yo estudié pintura occidental. Mi profesión realmente era pintor”, cuenta sentado dentro del restaurante que lleva su nombre y que hoy forma parte de la memoria gastronómica de León.

Primero pasó una temporada en California y después decidió llegar a México para comenzar otra etapa de vida. Su primera parada fue San Miguel de Allende, donde intentó establecerse para dedicarse al arte y probar suerte en un restaurante donde la comida japonesa y el arte se unieran. Sin embargo, las cosas no terminaron acomodándose como esperaba y el negocio, junto con sus ahorros, se acabaron en nueve meses. Entonces apareció León.
Una ciudad completamente distinta a Tokio, pero que terminó convirtiéndose en el lugar donde echaría raíces.
Cocinar también se convirtió en arte
Aunque su sueño estaba en los lienzos y los pinceles, la vida terminó llevándolo poco a poco a otro tipo de escenario: la cocina. No aprendió a cocinar leyendo libros; lo hizo observando, practicando y creciendo dentro de restaurantes familiares en Japón.
Y cuando tuvo que empezar de nuevo, el cuerpo recordó solo lo que sabía hacer: “Mi mano se movía preparada naturalmente”, recuerda don Eiki.

Fue ahí cuando entendió que cocinar y pintar no eran tan diferentes.
Pintar y cocinar son parecidos; las dos generan emociones. Me gusta ver a la gente emocionada con mi trabajo”, dice.
Con el tiempo, una plancha caliente terminó convirtiéndose en otra forma de hacer arte.
Madero 733: cuatro mesas
En marzo de 1983, junto a su esposa Dolores Cervera de Ito, abrieron el primer EIKI en la calle Madero 733, que se convirtió en el primer restaurante de la familia.

Recuerda que el lugar era pequeño, apenas cuatro mesas para 28 personas. Pero también era algo que prácticamente no existía en León: un restaurante japonés manejado por un japonés.
“Éramos pocos restaurantes en la ciudad: el Sonora, el Miramar, el Hotel León… y japoneses, solamente nosotros”, recuerda Dolores Cervera de Ito.
Abrir el restaurante no fue sencillo, porque el reto no solamente era cocinar. Había que enseñarle a León qué era la comida japonesa.
Tuvimos que enseñarles primero a los meseros para que supieran explicarlo”, cuenta don Eiki.
Muchas personas no entendían los nombres de los platillos; otras se sorprendían con la verdura al dente o con sabores mucho más ligeros a los que estaban acostumbrados.
Pero poco a poco comenzó la curiosidad y después llegó el gusto.
“¡Oye, Yakimeshi!”: así empezó todo
Uno de los momentos que marcó el crecimiento de EIKI ocurrió durante la Feria de León.
Ahí, don Eiki cocinaba frente al público en una enorme plancha donde preparaba arroz y fideos mientras cientos de personas observaban sorprendidas.

Muchos estaban probando comida japonesa por primera vez.
“La gente no sabía decir el nombre, me gritaban: ‘¡Oye, Yakimeshi!’”, recuerda entre risas.
Y así comenzó también el famoso boca en boca.
Las familias empezaron a recomendar el lugar, los amigos llevaban amigos y poco a poco el restaurante comenzó a formar parte de las salidas tradicionales de muchos leoneses.
También hubo figuras importantes que ayudaron a impulsar el proyecto, entre ellos Paquín Ruenes, Alejandro Ascencio y parte de la comunidad japonesa instalada en León en aquellos años, encabezada por Linda Kazuga.
El chile también tenía que entrar a la cocina
Aunque don Eiki mantenía la esencia japonesa en sus recetas, entendió rápidamente que el paladar leonés tenía personalidad propia.
El chile no es solo picante, da sabor. Nosotros lo integramos para dar esa sabrosura que el paladar de aquí busca”, explica.
Sin convertir la cocina en una mezcla exagerada, ni perder la técnica japonesa, encontró el equilibrio perfecto entre tradición y sabor local.
Y quizá por eso el menú prácticamente sigue igual desde 1983.
Yakisoba, Yakimeshi y Teppanyaki, platillos que para muchos leoneses terminaron convirtiéndose en parte de cumpleaños, primeras citas, reuniones familiares y domingos de salidas.
León terminó convirtiéndose en casa
Hoy, don Eiki tiene 77 años, cuenta con tres sucursales en la ciudad y, aunque llegó desde Tokio pensando que quizá México sería solo una etapa más de vida, León terminó convirtiéndose en hogar.
“Yo ya me siento leonés”, dice con tranquilidad.
Mientras sus hijos Towaki Eduardo, Kazuki Alberto y Riuki Andrés Ito Cervera continúan con el legado familiar, él volvió también a una de sus grandes pasiones: la pintura, porque aunque durante décadas cambió pinceles por cuchillos y planchas, el arte nunca terminó alejándose de él.

El verdadero legado
Más allá de los platillos, lo que más emociona a Dolores y don Eiki es mirar cómo el tiempo ha pasado dentro del restaurante.
Porque ya no solamente llegan quienes conocieron EIKI en los años 80; ahora llegan también sus hijos, sus nietos y hasta bisnietos.
“Ya vemos hasta cuatro generaciones (…) Vemos a los que venían de novios a la Madero y ahora traen a sus nietos”, cuenta Dolores.
Y quizá ahí está realmente la historia de EIKI: en un japonés que llegó a León buscando empezar de nuevo, en una ciudad que terminó adoptándolo, y en miles de leoneses que aprendieron a comer comida japonesa sentados frente a una plancha donde un hombre de Tokio les enseñó que también se podía hacer hogar desde el otro lado del mundo.
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