Historia 202
Esta es la historia 202 de 450 que te contaremos sobre León
Mucho antes de que el Centro de León se llenara de negocios, restaurantes, rutas, motocicletas y locales modernos, en esta misma banqueta de la avenida Belisario Domínguez, ya había gente entrando a comprar costales, lazos y mercancía para el campo.
Todavía no existía una ferretería como tal. Tampoco el nombre que, con los años, terminaría convirtiéndose en uno de los negocios más antiguos de la ciudad.
Todo comenzó en 1926, cuando don Adrián López González llegó desde Arandas, Jalisco, después de los años de la Guerra Cristera y abrió una pequeña jarciería llamada La Conquistadora. Ahí se vendían monturas, lazos, azúcar, arroz y artículos para las familias que todavía vivían entre ranchos y caminos de tierra.

Nace el León
Con el tiempo, un incendio cambió la historia del negocio. Después de que el local quedó consumido por el fuego, la familia volvió a levantarlo y decidió darle un nuevo nombre: El León de Bronce.
A partir de ahí, aquella vieja jarciería comenzó a transformarse poco a poco en una ferretería.
Del campo a los tornillos
Conforme León crecía, también cambiaban las necesidades de los clientes. Los costales y artículos de campo comenzaron a convivir con herramientas, pinturas, focos, cerraduras y materiales para la construcción.
El negocio empezó a surtir desde amas de casa y albañiles hasta talleres y familias enteras del Centro.
Todavía hoy sobreviven anaqueles antiguos y mostradores de madera, y siguen vendiendo productos difíciles de encontrar en otros lugares, uno de ellos es el alumbre.
“Aquí todavía lo buscan mucho”, cuenta don Adrián López Lozano, hijo del fundador.
Actualmente es él quien atiende todos los días una de las dos partes en las que terminó dividido el negocio familiar.
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La división que cambió el local
Hacia finales de la década de los 80, la operación comercial de la familia se separó y el local quedó dividido en dos negocios independientes.
De un lado continuó León de Bronce Tradicional y del otro comenzó León D, donde actualmente trabaja don Adrián junto a sus hijos y nietos, siguiendo con el legado familiar.

Para lograrlo, dentro del mismo inmueble levantaron una barda que separó físicamente ambos espacios, aunque la historia siguió compartiendo el mismo origen.
Y aunque cada negocio tomó su propio rumbo, los dos permanecieron exactamente en el lugar donde comenzó todo hace casi un siglo.
La libreta sigue mandando
Entrar a León D se siente distinto a cualquier ferretería moderna. Hay olor a pintura, thinner, cemento y fierro; los mostradores tienen alrededor de 50 años y las cuentas todavía se apuntan a mano.

Sobre el escritorio de don Adrián siempre descansa una libreta llena de números escritos con pluma.
Aquí seguimos anotando todo”, dice mientras pasa las hojas.
Aunque ya aceptan pagos con tarjeta, nunca abrieron página web ni redes sociales. Aquí el negocio sigue funcionando cara a cara.
La mayoría de los clientes llegan porque alguien los recomendó o porque llevan generaciones entrando por la misma puerta.
“Aquí compraba mi abuelo”, le dicen seguido.
Un negocio que ha sobrevivido a todo
Ni las crisis económicas, ni la pandemia, ni la llegada de grandes cadenas lograron bajar la cortina. Durante la pandemia de COVID nunca dejaron de trabajar.
“Aquí seguimos todos los días”, recuerda don Adrián.
Hoy sus hijos también forman parte del negocio y nuevos nietos comienzan a aparecer entre los pasillos llenos de cubetas, herramientas, focos, sprays y piezas antiguas.
El León que todavía queda
A sus más de 70 años, don Adrián sigue llegando a diario; dice que quedarse en casa no es opción.
Camina lento por los mostradores, acomoda mercancía y saluda a los clientes mientras afuera el Centro sigue cambiando a toda velocidad.
Pero dentro de la ferretería todavía sobreviven pequeños rastros del León antiguo: las cuentas escritas a mano, el olor a fierro y la costumbre de conocer al cliente por su nombre.
DAR
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