Historia 245
Esta es la historia 245 de 450 que te contaremos sobre León
Primero fue el ruido.
El rugido del río mezclado con los truenos rompió la tranquilidad de la noche del 18 de junio de 1888. Mientras la ciudad dormía, el agua comenzó a abrirse paso entre calles y viviendas. Horas después, familias enteras permanecían atrapadas en azoteas iluminadas apenas por velas y cirios.
Treinta y ocho años más tarde, la historia volvería a repetirse.
Las inundaciones de 1888 y 1926 fueron las tragedias naturales más devastadoras en la historia de León, Guanajuato. Así lo documentan Antonio Malacara Moncayo y Mariano González Leal en el libro León y sus inundaciones, una obra que reconstruye dos episodios que dejaron destrucción, pérdidas humanas y una huella imborrable en la memoria de la ciudad.

La noche en que el río venció a León
Desde su fundación, León sufrió diversas inundaciones, pero ninguna comparable con la ocurrida la noche del 18 de junio de 1888.
El deterioro del dique, la acumulación de basura y escombros en el cauce y la ocupación de las márgenes del río contribuyeron al desastre.
Aquella noche las familias se refugiaron en sus casas mientras una tormenta cubría la ciudad.
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A lo lejos se escuchaba el rugido amenazador del río. Los relámpagos iluminaban un paisaje inquietante, pero pocos imaginaban lo que estaba por ocurrir.
Después de las diez de la noche, el agua rompió sus límites.
Las primeras viviendas fueron invadidas por la corriente. Antes de la medianoche, la policía recorría las calles para alertar a la población, pero para muchos ya era demasiado tarde.

Las calles se transformaron en ríos furiosos que arrastraban muebles, colchones, escombros y cadáveres. Mientras tanto, familias enteras rezaban en balcones y ventanas iluminadas por velas y cirios.
Hacia las dos de la madrugada, cientos de personas permanecían refugiadas en azoteas, acompañadas únicamente por la oscuridad, el frío y el miedo.
Historias que el agua no pudo borrar
Entre las escenas más dolorosas quedó la de una anciana que vivía en la entonces calle Real de Guanajuato, hoy Francisco I. Madero.
Su cuerpo permaneció tres días bajo los escombros. Cuando finalmente fue recuperado, fue velado sobre un catre mientras el agua seguía corriendo por la calle.

También quedó registrada la historia de un hombre que desafió la corriente para rescatar a su esposa, hijas y hermanas. Incluso cargó sobre sus hombros a un hermano que había perdido ambas piernas y logró poner a salvo a su familia en una improvisada azotea construida con mesas y sillas.
Pero quizá ninguna historia resulta tan conmovedora como la de Vicenta Muñoz.
Ella y su prometido planeaban casarse el 1 de julio de 1888. Aquella noche, como era costumbre, el joven acudió a visitarla. Nadie imaginó que sería la última vez que se verían.
La corriente destruyó la vivienda donde vivía junto a su hermano y su tía. Los tres fueron arrastrados por el agua. Solo el hermano logró sobrevivir aferrado a una madera.
Días después, el novio encontró el cuerpo de Vicenta entre las víctimas recuperadas tras la tragedia.
Hoy sus restos descansan en el nicho 71 del Panteón San Nicolás.

La inundación también sepultó familias enteras en la vecindad La Venta de San Isabel y cobró la vida de un anciano que intentó salvarse atándose a un árbol de su corral para evitar ser arrastrado por la corriente.
La solidaridad que ayudó a reconstruir la ciudad
Cuando amaneció el 19 de junio, León era una ciudad irreconocible.
Autoridades, policías, vecinos y miembros del clero comenzaron a remover lodo, escombros y basura. Se instalaron cocinas económicas, refugios y asilos para atender a miles de damnificados.
La solidaridad se convirtió en la principal fuerza de reconstrucción.

El canónigo Pablo de Anda abrió la Casa de Ejercicios para alojar a tres mil personas durante más de cinco meses y repartió terrenos para que familias sin hogar pudieran comenzar de nuevo.
Mientras tanto, el sacerdote José María de Yermo y Parres encabezó grupos de voluntarios que improvisaron diques para contener el avance del agua.
La ayuda llegó de todo el país e incluso del extranjero.

La inundación de 1926 volvió a golpear a León
Parecía que la ciudad había aprendido la lección.
Pero la madrugada del 23 de junio de 1926 el desastre volvió a repetirse.
Los gritos de auxilio rompieron el silencio. Vecinos golpeaban puertas desesperadamente para alertar a quienes seguían dormidos. El sonido de los silbatos de la policía despertó al resto de la población.

Poco después, el río y los arroyos desbordados volvieron a cubrir las calles.
Las aguas arrastraban muebles, animales y escombros. Las vías del tranvía quedaron destruidas.
Entre los pocos relatos que sobrevivieron está el de doña Manuela, arrastrada por la corriente desde su casa en la calle Artes y encontrada viva kilómetros más adelante, cerca del barrio de San Miguel.
Al menos 16 personas fueron rescatadas de entre el lodo y las aguas turbulentas.

Cuando muchos creían que lo peor había pasado, una segunda creciente golpeó la ciudad durante la mañana.
Padres cargaban a sus hijos sobre los hombros mientras caminaban aferrados a rejas y muros para no ser arrastrados por la corriente.
Otros encontraron refugio en el Teatro Manuel Doblado, el Seminario, el Palacio Municipal, templos y casas abiertas generosamente por otros leoneses.
León volvió a levantarse del lodo
Una vez más comenzó la reconstrucción.
Llegó ayuda desde distintos estados del país y también del extranjero.
Desde Kansas enviaron víveres, ropa, catres y utensilios. Iglesias bautistas de California apoyaron a comunidades religiosas de León. La Cámara Nacional de Comercio construyó viviendas provisionales y brigadas participaron en la limpieza de una ciudad cubierta de lodo y escombros.

Las cifras resultan estremecedoras.
Más de 2 mil 300 viviendas fueron destruidas, 3 mil 574 familias quedaron damnificadas y más de 20 mil personas perdieron su patrimonio.
Algunas estimaciones hablan de más de mil fallecidos.
Una tercera parte de la ciudad quedó en ruinas.
Pero las cifras no alcanzan para explicar lo ocurrido.

La historia de aquellas inundaciones también está en la anciana velada sobre un catre, en Vicenta Muñoz y su boda que nunca llegó, en doña Manuela apareciendo viva kilómetros después de ser arrastrada por la corriente, en las familias refugiadas sobre las azoteas y en los vecinos que despertaban casa por casa para alertar del peligro.
Dos veces el agua puso de rodillas a León.
Dos veces la ciudad encontró la manera de levantarse.
DAR
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