Historia 344
Esta es la historia 344 de 450 que te contaremos sobre León
Víctor Manuel Escalante Lozano salió de León a los 17 años para estudiar Medicina y regresó convertido en oftalmólogo, en una época en la que esta especialidad apenas comenzaba a desarrollarse en la ciudad. Su objetivo fue crear un espacio dedicado exclusivamente a la atención y cirugía de los ojos.
Ese proyecto tomó forma el 3 de septiembre de 1961, cuando abrió una clínica oftalmológica con 24 habitaciones y espacios especializados. Más de seis décadas después, el lugar continúa atendiendo pacientes y su hijo, Víctor Manuel Escalante Padilla, mantiene vivo el legado familiar.

Aunque nació en Jalpa de Cánovas, Escalante Lozano llegó prácticamente recién nacido a León, traído por sus abuelas. Aquí pasó su infancia y juventud, primero en la calle Madero y después en la calle del Indio Triste, cerca de la antigua Panadería Central.
A los 17 años dejó la ciudad y viajó a la Ciudad de México para estudiar Medicina en la Escuela Nacional de Medicina. Posteriormente se especializó en Oftalmología.
De un consultorio a una clínica
A su regreso trabajó durante años en el Aranda de la Parra, un sanatorio que había comenzado en una antigua casa adaptada para atender pacientes.
Sin embargo, Escalante Lozano quería contar con un espacio propio y especializado para realizar cirugías de los ojos. Consideraba que este tipo de intervenciones requerían condiciones diferentes a las de un quirófano general.
Por ello abrió su primer consultorio en la esquina de Hermanos Aldama y Adolfo López Mateos.
Con el tiempo, su trabajo comenzó a ser conocido fuera de León. Atendía también a pacientes de la Ciudad de México, entre ellos integrantes de familias judías, y recibió una invitación para establecerse en la capital del país.
Durante dos años, la familia vivió en Lomas de Chapultepec. Aun entonces, el médico mantuvo su actividad profesional en León.
Finalmente decidió regresar. El tráfico y el ritmo de vida de la capital no terminaron de convencerlo. A ello se sumaron los sismos, que llegaron a provocar daños en el edificio donde tenía su consultorio. León volvió a convertirse en el centro de su vida profesional.
El sueño de una clínica propia
A principios de la década de 1960, Escalante Lozano dio el siguiente paso: construir una clínica donde pudiera concentrar la atención de sus pacientes y realizar las operaciones oftalmológicas en instalaciones propias.
El proyecto se levantó en un terreno en lo que hoy es la colonia Andrade. Para el León de aquellos años era una obra ambiciosa: contaba con 24 habitaciones con baño, lavandería, cocina y espacios destinados a la atención oftalmológica.

La clínica abrió sus puertas el 3 de septiembre de 1961.
La clínica siempre estaba llena. Por eso se hicieron 24 cuartos”, recuerda su hijo, Víctor Manuel Escalante Padilla.
La actividad llegó a ser intensa. En los años de mayor demanda atendían entre 30 y 40 pacientes al día y, durante algunas campañas, podían llegar hasta 60. Las jornadas de trabajo se prolongaban incluso hasta la madrugada.
Uno de los procedimientos que dieron reconocimiento a Escalante Lozano fue la cirugía de cataratas. Aplicó técnicas que representaban un avance para la época y que permitían operar sin esperar a que la catarata estuviera completamente madura.
Su hijo siguió sus pasos
Víctor Manuel Escalante Lozano tuvo tres hijos. Uno de ellos, Víctor Manuel Escalante Padilla, nacido en León en 1947, terminó siguiendo el mismo camino profesional.
Desde niño estuvo cerca del trabajo de su padre. Lo acompañaba a las operaciones y, subido en un banquito, observaba lo que ocurría en el quirófano, sin imaginar todavía que años después él también se dedicaría a la oftalmología.
Al momento de elegir una carrera dudó entre Arquitectura y Medicina. Finalmente eligió la segunda.

Estudió en la Escuela de Medicina de León, realizó su internado en el Hospital General y posteriormente continuó su preparación en Oftalmología, incluida una etapa de formación en el Instituto Barraquer, en España. También realizó cursos y estancias en distintos hospitales.
Era mi destino. Desde chiquito la llevaba”, dice.
Al concluir su preparación se incorporó a la clínica. Durante años, padre e hijo compartieron la profesión y el consultorio, mientras entre sus pacientes comenzaban a aparecer distintas generaciones de una misma familia.
Entre ellos estuvieron integrantes de las familias Oñate y Plasencia. Además, los Escalante mantuvieron una relación cercana como colegas y amigos con la familia Aranda de la Parra.
Escalante Padilla también participó en la fundación del Colegio de Oftalmología de Guanajuato y actualmente es uno de los pocos integrantes que permanecen de aquel grupo fundador.
Una historia que continúa
La clínica también tuvo que adaptarse a los cambios de la medicina. Las operaciones que anteriormente requerían varios días de hospitalización comenzaron a realizarse como procedimientos ambulatorios y los equipos utilizados para diagnosticar y tratar enfermedades de los ojos evolucionaron.
Hace alrededor de 20 o 25 años, el inmueble fue remodelado. Conservó su estructura esencial, pero incorporó nuevos espacios, tecnología y equipos para estudios especializados.
También cambió el ritmo de trabajo. Atrás quedaron aquellas jornadas en las que se atendían decenas de pacientes. Actualmente, Escalante Padilla recibe alrededor de siete a diez personas al día. Lo que permanece es la relación construida durante décadas con algunas familias.
Los hijos de antiguos pacientes llevan ahora a sus propios hijos. También regresan paisanos que viven en Estados Unidos y que, cuando vuelven a León, buscan al médico que ha atendido a su familia durante años.
La manera de mantenerse actualizado también cambió. Antes era necesario viajar constantemente a congresos para conocer los avances de la especialidad; hoy, buena parte de esa información puede consultarse a través de internet.
Pero hay algo que, asegura, permanece igual: la satisfacción de ayudar a una persona a recuperar la vista.
“Sigo aquí por la satisfacción de que ven”, explica.
Una vida dedicada a la salud visual
En sus últimos años, una lesión en la columna obligó a Víctor Manuel Escalante Lozano a retirarse de las operaciones. Sin embargo, buscó mantenerse activo: adquirió un edificio y estableció ahí una óptica junto con su esposa.
Murió en León, en su casa, después de una vida dedicada a la salud visual.
Más de seis décadas después de aquella apertura de 1961, la clínica continúa funcionando. La ciudad alrededor de ella es otra y también cambiaron los equipos, las técnicas y la manera de operar.
Pero la historia que comenzó con Víctor Manuel Escalante Lozano tuvo continuidad en su hijo y en generaciones de pacientes que todavía regresan al mismo lugar para cuidar su vista.
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