El futbol y la cultura parecen pertenecer a universos diferentes, pero en la vida de Juan Antonio García Ramírez convivían en absoluta armonía.
Empresario financiero, melómano, capaz de emocionarse con una ópera, un Mundial o una conversación sobre Sor Juana Inés de la Cruz. Amaba los libros, el teatro y las artes visuales. Admiraba al pintor guanajuatense José Chávez Morado, y llegó a convertirse en uno de los coleccionistas de arte más importantes de México.

Podía hablar de Mozart con el mismo entusiasmo con el que analizaba un partido de futbol. Cumplió también el sueño de su infancia: estar cerca del futbol profesional. Fue presidente del Instituto Cultural de León y fundó el Instituto Oviedo, una institución que se convirtió en uno de sus principales legados.
Fue también esposo, padre y abuelo. Un hombre de convicciones firmes, de memoria extraordinaria y de carácter fuerte. Pero detrás de ese carácter había algo que lo definía todavía mejor: una voluntad inquebrantable de vivir, aprender, construir y hacer posibles cosas que otros consideraban imposibles.
Falleció en febrero de 2026, a los 68 años, en Oviedo, España, donde luchó hasta el final contra el cáncer.
No se limitó a sobrevivir a las dificultades
Juan Antonio nació en la Ciudad de México en 1957, en el seno de una familia de raíces mexicanas y asturianas. Su padre, Enrique García, un pastor asturiano, emigró a México, llevando consigo la esperanza de construir un futuro mejor.
Su madre, Aurora Ramírez, era analfabeta, pero tenía una enorme determinación. Ella llevó a su hijo en camión hasta el Estadio Azteca para que conociera aquel lugar que tanto significaría para él. Aquel viaje fue mucho más que una visita a un estadio: fue el comienzo de una pasión que lo acompañaría durante toda su vida.
A los 15 años, Juan Antonio quedó huérfano junto con sus dos hermanas pequeñas.
Quizá aquella experiencia ayude a explicar muchas cosas de su vida posterior: su fortaleza, su independencia, su capacidad para salir adelante y su deseo de ofrecer a los demás aquello que él mismo no siempre había tenido.
Un maestro antes que un empresario
Su primer trabajo fue como profesor de matemáticas. Tenía apenas 21 años y ya era el maestro más joven de su entorno.
Aquella experiencia despertó una vocación que terminaría convirtiéndose en una de las grandes razones de su vida: la educación.
Su formación como actuario matemático por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), con diplomados en finanzas por el ITAM y el Tecnológico de Monterrey, lo llevó a trabajar en la banca y posteriormente a independizarse. Creó Investment, una administradora de fondos de inversión.
Su trayectoria empresarial fue importante, pero su ambición nunca se limitó al éxito. Juan Antonio quería comprender el mundo, cuestionarlo y participar en su transformación.
Leía constantemente. Su memoria parecía inagotable y su curiosidad no conocía fronteras. Podía hablar de historia, filosofía, arte, política, música o futbol con una profundidad que sorprendía a quienes lo escuchaban.
Era, en muchos sentidos, una enciclopedia caminante.
El Instituto Oviedo
Juan Antonio y su esposa, Gabriela, fundaron juntos el Instituto Oviedo con una aspiración que iba mucho más allá de crear una institución educativa: querían formar personas capaces de pensar, comprender el mundo y contribuir a mejorarlo.
Por eso, en el Instituto Oviedo, la formación académica debía convivir con el arte, el deporte, la filosofía y el pensamiento crítico.
Su compromiso con la educación también se extendió a la creación de la Facultad de Filosofía de León, vinculada a la Fundación Gustavo Bueno. Le interesaba que los jóvenes aprendieran a cuestionar, argumentar y comprender las ideas que dan forma a la sociedad.
Pero quizá la parte más generosa de su vocación educativa fue aquella que no siempre aparece en los títulos ni en las fotografías: las numerosas becas que impulsó para ayudar a estudiantes a continuar su formación.
El padre que quiso que sus hijas llegaran más lejos
Si algo caracterizó a Juan Antonio como padre fue su deseo de que sus hijas pudieran llegar hasta donde las llevaran sus sueños.
Su hija María José llegó a Broadway y su otra hija, Gabriela, fue la primera mexicana en protagonizar una producción en el West End de Londres.
Son logros extraordinarios, pero detrás de ellos hay también una historia familiar: la de un padre que creyó en sus hijas, que las animó a perseguir sus aspiraciones y que quiso darles las oportunidades que él no había tenido cuando era niño.
Una vida entre dos pasiones
En el año 2000, inconforme con las pocas oportunidades que León ofrecía para escuchar música sinfónica, decidió actuar junto con un grupo de amigos. De aquella iniciativa nació el primer Festival Sinfónico, que contribuyó a acercar la música clásica a la ciudad.
Un año después, asumió la presidencia del consejo del Instituto Cultural de León y participó en los esfuerzos que permitieron contar con una temporada de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato.
No se conformaba con disfrutar personalmente de aquello que amaba. Quería compartirlo.
Y entonces estaba el futbol.
Aquel niño al que su madre había llevado al Estadio Azteca nunca dejó de emocionarse con el balón. De adulto, llegó a la presidencia de los Dorados de Culiacán, equipo al que dirigió entre 2001 y 2006 y con el que vivió la alegría de ascender a la Primera División.
Durante aquella etapa incorporó a figuras como Pep Guardiola y Sebastián “Loco” Abreu. Para él, estar cerca de los futbolistas era cumplir un sueño de infancia.
En una entrevista con el periodista Luis Meza, publicada en AM en 2004, explicó: “Llegar al futbol fue para mí un sueño hecho realidad. Como todos los niños, quise ser futbolista, por lo que llegar a estar cerca del medio me ilusionó mucho”.
A pesar de su trayectoria empresarial y de las responsabilidades que asumió, nunca perdió la capacidad de ilusionarse como un niño.
Podía ocupar la presidencia de un club, pero, ante uno de sus futbolistas favoritos, seguía siendo el aficionado que quería pedirle un autógrafo.
También entendía el futbol como una expresión cultural, una pasión capaz de unir a personas de diferentes países, generaciones y circunstancias.
Por eso impulsó una academia infantil y juvenil oficial del Barcelona en León y promovió actividades deportivas para los alumnos del Instituto Oviedo.
El futbol es parte de la cultura, no solo en México, sino en todo el mundo. Por decir algo, tiene más países afiliados a la FIFA que la ONU. Es un factor de unidad más allá de cualquier conflicto”.
Asturias: la tierra de sus raíces
Aunque nació y desarrolló gran parte de su vida en México, Juan Antonio nunca olvidó Asturias, la tierra de su padre.
Donó la escultura de “El emigrante”, obra de Ricardo Motilla, cuyo rostro reproduce el de su padre, Enrique García. Hay una escultura hermana en el Instituto Oviedo en honor a todos los migrantes.

Su generosidad y su compromiso con la cultura asturiana motivaron una propuesta para concederle, a título póstumo, el reconocimiento de Hijo Adoptivo de Cangas de Onís.
Una manera de reconocer a un hombre que, aunque nació en México, hizo de aquella tierra una parte inseparable de su identidad.
Tal vez no haya mejor símbolo de su vida que esa escultura de un emigrante: su padre cruzando el océano para construir un futuro, y su hijo regresando a sus raíces para dejar algo a quienes vendrían después.
Un legado que no termina
Juan Antonio García Ramírez fue un hombre que hizo muchas cosas y vivió intensamente. Pero reducirlo a una lista de cargos, instituciones, colecciones artísticas o proyectos deportivos sería quedarse solamente con una parte de su historia.
“El éxito es un resultado temporal e individualista, es efímero y se asocia a los objetivos que cada persona nos marquemos en la vida, y desaparece con nosotros. Lo que nos debe importar es la gloria, que es eterna, y afecta y beneficia a toda la sociedad que nos sucede, este espíritu vasconceliano es el que queremos transmitir a todos nuestros alumnos”.

Cuando Luis Meza le preguntó cómo se definiría a sí mismo, respondió con el humor que lo caracterizaba:
Soy un loco; algo me debe de faltar para estar en todo esto, pero soy consciente de que estoy loco y lo disfruto mucho”.
Su trayectoria dejó huella en la cultura de León, en el futbol profesional y, de manera especial, en la educación. El Instituto Oviedo resume su pensamiento: el valor de lo que hacemos no termina con nuestros logros personales, sino que se prolonga en aquello que dejamos a los demás.
DAR