El pasado 17 de marzo, Peter Thiel se presentó en el Palazzo Taverna, en Roma, para pronunciar una conferencia en torno al Anticristo. Organizada como una ceremonia secreta por la Sociedad Vincenzo Gioberti -cuyo nombre hace honor al sacerdote que quiso resucitar los Estados Pontificios tras la reunificación italiana-, el lugar de la cita se difundió hasta el último momento a un grupo muy selecto de invitados, los cuales firmaron un acuerdo previo para no revelar su sentido. El cofundador de PayPal, y presidente de Palantir -la empresa de análisis de datos, al servicio del gobierno de Trump, que ha contribuido tanto a la expulsión masiva de migrantes como a la guerra de Irán-, en realidad ha venido pronunciando los mismos argumentos, que se han hecho suficientemente públicos, desde hace varios años, pero la puesta en escena resulta tan significativa como su mensaje.
Convertido al catolicismo gracias a la influencia de René Girard, Thiel lleva años tratando de unir su visión tecnocrática y aceleracionista con los dictados de la Iglesia: una mezcla a primera vista imposible. Nacido en Alemania y emigrado de niño a Estados Unidos, Thiel estudió en Stanford, donde, mientras chocaba con el ambiente feminista e inclusivo de esos años, se convirtió en uno de los alumnos predilectos de Girard. Célebre por su teoría mimética -la idea de que los individuos solo deseamos lo que desean otros-, para entonces el filósofo francés había tenido una conversión hacia un catolicismo y un conservadurismo radicales.
Desencantado ante lo que identificaba como limitaciones a la libertad de expresión y al crecimiento tecnológico, Thiel encontró en la teoría mimética la clave no solo para invertir y hacerse rico -Facebook, en donde invirtió antes que nadie, parecería la mejor expresión de las ideas de Girard-, sino para tratar de cambiar la forma de pensar en Silicon Valley. Cada paso que ha dado desde entonces, de la fundación de PayPal -al lado de Elon Musk-, como una forma de escapar de la supervisión del Estado, a apadrinar el ascenso político de J.D. Vance, ha tenido esta meta: subvertir la ideología dominante entre las élites tecnológicas y acercarlas cada vez más a su particular versión del aceleracionismo libertario-conservador (como él mismo se define).
Esta ha sido su cruzada y, en muchos sentidos, parece estar triunfando. Porque, si podemos desdeñar sus abstrusas peroratas teológicas, lo cierto es que, primero como asesor de Trump durante su primer mandato, y ahora como ideólogo en la sombra de J.D. Vance -su antiguo empleado, en cuya conversión al catolicismo tuvo gran peso- y otros altos cargos de su gobierno, ha contribuido a que los grandes líderes tecnológicos estadounidenses -de Musk a Bezos y de Zuckerberg a Altman- hayan terminado por alinearse con Trump y en particular con su visión del mundo.
En su conferencia de Roma, de seguro Thiel repitió lo que antes dijo en San Francisco: que el gran enemigo de nuestro tiempo es lo Woke: esa confusa etiqueta en la que cabrían tanto el feminismo como el ecologismo, las políticas inclusivas y lo políticamente correcto. Justo aquello que Trump y Vance se han dedicado a destruir desde que llegaron al poder. En lo que parece una boutade, Thiel ha llegado a decir que el Anticristo es Greta Thunberg. Quizá no le importa tanto la joven activista sueca como lo que representa: una fuerza antagónica, tan radical como la suya -y, en ese sentido, perversamente mimética-, que niega todo lo que él afirma.
En el reciente Apocalipsis y democracia (2026), Jordi Ibáñez Fanés da cuenta de la obsesión de Thiel por la llamada “ventana de Overton”: el rango de ideas que son aceptables por una sociedad. A la sombra de Trump y Vance, ha logrado que esta se amplíe para que, hoy, la salvaje cacería de migrantes o la intervención en Venezuela o Irán resulten paladeables a los estadounidenses. Igual que Trump, Thiel está en guerra: frente al Anticristo representado por la Ilustración y su fe en la igualdad, es mejor el Apocalipsis: el fin de esta época democrática y decadente y la llegada de un kathekon -otro término que toma de la doctrina judeocristiana-: la única figura capaz de retrasarlo y que él identifica con la alianza entre los oligarcas de Silicon Valley y la Iglesia de Roma.