León.- Cientos de personas participaron en la Misa Crismal en la Catedral Metropolitana de León, donde el arzobispo de León, Jaime Calderón Calderón, renovó los votos de fe y obediencia de los sacerdotes y religiosos de la Arquidiócesis, a quienes exhortó a ser verdaderos misioneros en un mundo lleno de violencia y en cambio constante.
Manifestó en su mensaje que no es posible permanecer indiferente ante las miles de personas que padecen hambre y viven en extrema pobreza en nuestro entorno, así como ante los enfermos, los migrantes y aquellos que viven sin esperanza o sin paz.
“El sacerdocio no nos pertenece. No es un oficio o profesión; es una vocación y un don para ser entregado a los demás, con sacrificio y servicio”, señaló el pastor de la Iglesia leonesa.

Signo de comunión
Al presidir la Misa Crismal, donde llevó a cabo la bendición del Santo Crisma y los Santos Óleos, recordó a sacerdotes y laicos la importancia de verse como hermanos.
“La Misa Crismal es un signo de comunión: un solo presbiterio en torno al obispo, un solo altar y un solo carisma. Si nos alimentamos del mismo pan, estamos llamados a vivir como hermanos. La Eucaristía sana nuestras divisiones“, dijo en su mensaje a los sacerdotes que renovaron sus votos.
Añadió que comer juntos es comunión de vida, y recordó que no podemos sentarnos a la mesa del Señor “olvidando a quien no tiene pan”.
“La Eucaristía nos compromete con la justicia y con la caridad. Jesús, en la última cena, no solo partió el pan, sino que también lavó los pies de sus discípulos. El Señor se hizo servidor. El verdadero poder es del que se inclina para levantar al otro”, añadió monseñor.

Llama a ser solidarios
Hizo un llamado a sacerdotes y fieles para no asistir a misa solo como espectadores, sino como ofrenda. “El espíritu no solo transforma el pan y el vino, sino que también transforma nuestra vida”; instó a vivir la vida de forma eucarística y ser solidario ante la necesidad de la gente.
“No somos sacerdotes primero para administrar lo sagrado, sino para permitir que Cristo siga transformándose en la historia. El ministerio sacerdotal solo se comprende desde la lógica del don; no por los logros obtenidos, sino por la fecundidad y la caridad”, añadió el prelado.
El Arzobispo agregó que la vida del presbítero no está llamada a la autoafirmación, sino a la transparencia del pastor que se inclina para lavar los pies de su pueblo. El peligro más grande del ministerio no es el pecado espectacular, sino la aridez interior que nace de celebrar sin vivir eucarísticamente.
Añadió que el sacerdote debe ser pan de vida para los demás: “No solo dar de lo nuestro, sino darnos nosotros mismos a todos aquellos que nos necesitan y llegar a ser Eucaristía para que otros tengan vida”.
En una Catedral llena de fieles católicos que escucharon devotamente el mensaje, el presbiterio renovó sus votos de fidelidad y obediencia al obispo y al Santo Padre.
RAA