Una vez más ciegas y terribles fuerzas de la naturaleza se han abatido sobre territorio de nuestro país. Ya en el mes de agosto como consecuencia de la presencia de huracanes o ciclones en el océano Pacífico, que impactaron en las costas mexicanas, como también lo hicieron, quizá en menor grado en las del golfo de México, millones de compatriotas que viven en ellas sufrieron las consecuencias de esos fenómenos naturales, soportando los fuertes vientos, las lluvias e inundaciones y por supuesto los daños causados por todo ello, reflejados en la pérdida de vidas y daños materiales. Además en este mes de septiembre dos grandes temblores y otros menores sacudieron parte de nuestra República. El día siete del mes citado Chiapas, Oaxaca, parte de Guerrero y zonas aledañas a esos estados soportaron el primero de esos grandes sismos ocurridos hasta ahora en el presente mes. En la Ciudad de México el sismo se sintió con mucha intensidad, pero afortunadamente, dada la lejanía del epicentro, los daños en la capital mexicana fueron escasos, prácticamente todo quedó en el susto. Pero el día 19 pasado, en que se cumplieron 32 años del terrible temblor de 1985, volvió la tierra a sacudirse y ahora nuestra ciudad capital sí fue duramente afectada con la pérdida importante de vidas humanas y daños en edificios y casas. También los estados cercanos a la capital, particularmente Puebla, Morelos y en menor grado Estado de México nuevamente recibieron los efectos, traducidos en más de dos centenas de muertos y miles de casas y pequeñas edificaciones destruidas completamente o parcialmente, pero imposibles de habitar por el momento.

La presencia de estos acontecimientos, volvieron a poner frente a nosotros aquello que se ha dado en llamar, “la condición humana”. Porque las reacciones que se tuvieron y que se están teniendo nos hacen considerar cómo los seres humanos responden a situaciones naturales o biológicas que les afectan. En efecto, en los momentos de los sismos el miedo es la reacción natural y casi podríamos decir propia de este tipo de situaciones. Los medios de que ahora se dispone para grabar las imágenes en el momento en que los acontecimientos suceden así nos lo hacen ver. En la ciudad de México se grabaron videos de las reacciones en el momento y poco tiempo después. El miedo, quizá el pánico mismo se nota y por supuesto que se comprende. Casi inmediatamente después se puede apreciar el dolor por la pérdida de familiares, amigos, y aún de desconocidos. A este sentimiento lo acompaña la angustia de todos los que dándose cuenta de la terrible situación temen por la salud y vida de sus familiares pues por el momento no pueden conocerla y es razonable considerar que pudieran haber recibido alguna afectación. Y la angustia por aquellos que están debajo de los escombros pues no se sabe si han fallecido o aún conservan la vida, y si podrán ser liberados a tiempo. Pero también dolor y angustia por las pérdidas materiales y por la incertidumbre de la posibilidad de recuperar lo perdido y cómo ello afectará a la familia y a los amigos. En México, el pueblo se sobrepuso rápido a la sorpresa y al miedo y surge la solidaridad con los afectados y el sentido de ayuda, a veces es un tanto desordenado, pero que sirve de mucho mientras la ayuda de los organismos oficiales llega, no tan rápido como uno quisiera. Hasta aquí se podría decir que nuestra condición humana muestra lo natural y lo más noble.

Sin embargo, pronto se presenta, como ha sucedido y está sucediendo en las recientes tragedias vividas, algo que también es condición humana pero que es lo negativo de la misma,  sí así puede llamársele. Surgen quienes valiéndose de que las fuerzas policiales están ocupadas en prestar auxilio, asaltan, roban y  lo aprovechan para cometer otros delitos como sucedió en algunos lugares de la ciudad de México, pero también según las noticias en ciudades pequeñas de los estados afectados. Aparecen también políticos que se sirven del momento para tratar de obtener prestigio y futuros votos en las campañas electorales próximas prometiendo ayudas que con frecuencia no llegan y entre los afectados s e mantiene la angustia de si las promesas oficiales de ayuda se cumplirán. También después de que el pueblo aporta recursos surgen datos de que esa ayuda no llega completa, pues parte de ella se detiene para campañas electorales. Por ello en nuestro país la desconfianza está presente, justificadamente. Aparece la desesperación y la exigencia de ayuda mejor y más rápida, menos por los afectados y más por los que rápidamente atizan el descontento para criticar y dañar la imagen de los políticos en turno, como ha sucedido en el caso del edificio derruido en la avenida Álvaro Obregón de la capital en la semana pasada.

 Las afectaciones de los últimos desastres en México han hecho aparecer lo positivo, pero también lo negativo de nuestra condición humana.

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