La fortaleza del liderazgo se revela ante tiempos de crisis. Podemos entonces decir con seguridad que en los últimos meses, esta fortaleza ha sido puesta a prueba de una forma extrema en las organizaciones.

El panorama global, nacional y local está en constante cambio, evolución y revolución. La familiaridad se desvanece, la anticipación es complicada y es difícil poder consolidar el concepto de “nueva normalidad”.

Los líderes formales, es decir, los altos directivos que han logrado ser funcionales en esta contigencia, han tenido que adaptarse y trabajar de una manera rápida para hacer frente a diversos escenarios y han sido obligados a entrar en un modo de constante transformación, para poder hacer frente a diferentes adversidades (interrupción de cadenas de suministro, falta de personal, aumento de demanda de servicios, entre otros) en ocasiones siendo portadores de malas noticias y aún así han sido capaces de seguir inspirando confianza, manteniendo la motivación de sus colaboradores.

Sin embargo, esta capacidad de adaptación y transformación no ha sido universal y es por ello que los líderes, incluso aquellos que otrora fueron exitosos, necesitan reencontrar ese camino de desarrollo y crecimiento, debiendo encontrar una forma de reinventarse, de volver a ser relevantes y abrazar el cambio de manera rápida para no ser dejados atrás, en afán de evitar el consiguiente detrimento para sus dirigidos.

Si bien no existe un “manual” para hacer frente a un evento de trascendencia mundial como el que estamos viviendo, existen algunas consideraciones para esos líderes formales que pueden ser útiles para poder navegar y llegar a buen puerto, mientras se hace frente a los desafíos de esta realidad trastocada.

El establecer lazos de confianza con los colaboradores es fundamental. Para ello, el líder debe demostrar que se preocupa por cada individuo y aprecia a cada persona como un elemento importante y trascendente en la cadena de prestación de servicios. La transparencia en la comunicación de planes y objetivos, además de una comunicación robusta, fortalecen esa confianza mutua. Esta comunicación debe ser además detallada, empática, continua y sin ambigüedades, pues esto reduce el desconcierto entre los trabajadores.

Sumado a lo anterior, el líder debe establecer y hacer permear un objetivo compartido con sus colaboradores. Esto mantiene la cohesión, otorga una razón de ser y establece un sentido de pertenencia entre el equipo de trabajo. Uno de los grandes desafíos en este sentido es hacer entender a cada trabajador su papel y la relevancia y contribución del mismo a ese panorama amplio del esquema total de trabajo de la organización. 

El alto directivo deberá tomar decisiones, algunas muy difíciles, que van desde la reorganización del trabajo, redistribución de personal, reasignación de objetivos y tareas, sacrificio de algunas capacidades o reorientación de productividad. Estas decisiones si bien serán complejas y causarán revuelo entre varios de los colaboradores, deben ser tomadas en tiempo y en forma, apelando a la integridad, congruencia, honestidad y sin culpa. Ante estos tiempos de incertidumbre, una tarea primordial es la manutención y apego a las cadenas de mando. El líder, si bien debe ser abierto a opiniones, sugerencias y otras consideraciones, no debe tolerar el desacato o negativas infundadas para realizar alguna actividad o tarea encomendada. 

Los líderes formales o altos directivos tienen que hacer un ejercicio consciente y activo de evaluarse a sí mismos y deben reencontrarse. Habrán de localizar esas herramientas que renueven el vigor y la energía que los ayude a construir esa resiliencia, para un camino que se prevé largo y complejo. Se debe entender que estamos frente a una carrera de fondo y faltan aún muchísimos kilómetros. ¡A levantar ese ánimo y a seguir dándolo todo!

* Especialista en Medicina de Laboratorio y Medicina Transfusional, profesor de especialidad y promotor de la donación altruista de sangre.

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