Una de las ciencias básicas de la salud pública es la epidemiología. Este concepto que proviene de los términos griegos “epi” (encima), “demos” (pueblo) y “logos” (estudio), se traduce de una manera muy atinada como “lo que está encima de las poblaciones”.
Pues bien, ya desde la antigüedad se entendía que esta disciplina estaba orientada a intentar entender la salud y la enfermedad desde la perspectiva comunitaria y ambiental, siendo consecuencia de cómo las sociedades se organizan y comportan, incluyendo también factores sociales y fuerzas económicas (entre otras determinantes) que tienen impacto directo en incidencias y prevalencias y cómo es que las acciones tomadas por las propias comunidades tienen efecto en estos indicadores.
De igual manera, desde hace tiempo se saben y conocen las actividades que realizan las personas que se dedican a esta rama de las ciencias médicas, es decir, los epidemiólogos.
Ellos son quienes entienden las relaciones entre agente, huésped y las características ambientales que tienen efectos directos en la salud de individuos y poblaciones y que al entender estas conexiones aportan bases con carácter científico para prevenir enfermedades y fomentar estados saludables. Al determinar y ponderar la importancia de las causas de enfermedades, discapacidad y muerte, establecen prioridades de investigación y acción, además de identificar de manera puntual a grupos poblacionales con mayor riesgo de alteraciones en salud, para emitir directrices de acciones apropiadas y convenientes. De igual manera, son aquellos que diseñan, ejecutan, supervisan y evalúan la efectividad de proyectos, programas y servicios orientados al mejoramiento de la salud de las poblaciones.
Sin embargo, parece que a últimas fechas, hablando de nuestro país, la epidemiología se ha transformado en una disciplina biomédica que solamente se enfoca en distribuciones y determinantes de enfermedades en grupos de individuos que comparten características en común, mecanismos de exposición o enfermedades. Se ha dejado de lado el análisis y realización de inferencias respecto a los efectos de la ecología (es decir, las relaciones de los seres vivos con el medio en que viven) en la salud humana y ha dejado de lado los contextos sociales en los que ocurren los procesos mórbidos e incluso pareciera que de manera deliberada se excluyen de toda consideración.
La evidencia apunta a un fallo indubitable: la limitación a orientar la suma de factores de riesgo de individuos y que ello se traduzca de manera simplista como la causa de enfermedad en poblaciones, es una falacia total.
La epidemiología entonces debe tener una reorientación sustantiva, para poder emitir mensajes claros y contundentes. Los factores sociales, culturales y económicos deben ser considerados para establecer el todo que es la salud poblacional. Las afrentas epidemiológicas, como son enfermedades re-emergentes, nuevas amenazas (como la viruela símica), la reactivación potencial de nuevas olas de COVID-19, entre otras, deben ser consideradas bajo esta visión integral y no solamente en el enfoque simplista de alerta, recomendaciones sin educación o sensibilización e incluso la elemental generación de temor.
Debemos apostar a nuevos mecanismos de interacción de estas ciencias que redunden en efectos reales y tangibles en las poblaciones. Hay que aprender de lo vivido (que fue una experiencia verdaderamente amarga) y evolucionar. Es tiempo.
P.D. El día mundial del donador voluntario y altruista de sangre es el próximo 14 de Junio y México es el anfitrión internacional de dicho evento. Usted, querido lector ¿ha visto anuncios publicitarios o campañas promocionales en medios masivos respecto a la donación voluntaria de sangre y relacionadas con esta fecha tan importante y especial por parte de las autoridades en salud responsables? Lo dudo. Así el interés en intentar resolver este problema de salud pública. Sin embargo, el cambio está en cada uno de nosotros, por lo tanto hagamos lo propio.
Aprovecho el espacio en este generoso periódico para recordarle que donar sangre, salva vidas. ¡Anímense a hacer la diferencia!