“No suele ser habitual que me dirija a usted a través de una carta”. El pasado miércoles 24 de abril, a media tarde, Pedro Sánchez, el presidente del Gobierno español, publicó en X (antes Twitter) estas líneas dirigidas no solo a “la ciudadanía” de su patria, sino al mundo entero. La primera fuente de extrañeza era que aparecía en papel blanco, desprovista de cualquier sello institucional: una forma de reforzar su carácter íntimo, por más que se tratara de una maniobra pública.

En ella, Sánchez justificaba esta extravagante forma de comunicación -el reverso de una comparecencia ante los medios- por la “gravedad de los ataques” recibidos por él y por su esposa, acusada de tráfico de influencias por una organización ultraderechista, Manos Limpias. A continuación, exponía la estrategia de “acoso y derribo por tierra mar y aire” -como si se tratase de un objetivo militar- de la “constelación” de la derecha y la ultraderecha, encabezadas por Santiago Abascal, líder de Vox, y Alberto Núñez Feijóo, del Partido Popular; desmentía las acusaciones de corrupción y denunciaba el lawfare, el uso político de los tribunales en su contra.

Lo más sorprendente, viniendo de un líder que ha ganado mil batallas, es la pregunta que se hace -y traslada sin remedio a los ciudadanos- en los siguientes párrafos de su carta: “¿Merece la pena todo esto?”. Una cuestión, que desde entonces uno imagina retórica, a la que él mismo se responde: “Sinceramente, no lo sé”. Más adelante, ya sin ningún rubor -el género epistolar carga con su inevitable sentimentalidad romántica-, afirma: “Muchas veces se nos olvida que tras los políticos hay personas. Y yo, no me causa rubor decirlo, soy un hombre profundamente enamorado de mi mujer”. Y, ya en plena descarga emocional, anuncia su necesidad de “parar y reflexionar”, de modo que anuncia que cancelará su agenda pública para meditar y que comunicará su decisión el lunes 29 de abril. Cinco días -una eternidad en política- que mantuvieron en vilo a España entera.

Escandalizados ante la “máquina de fango” -el término que Sánchez toma de Umberto Eco- de la derecha y la ultraderecha, a lo largo de esos días numerosos simpatizantes del Partido Socialista salieron a las calles (o a X) a pedirle a Sánchez que se quedara, en tanto sus enemigos denunciaban la manipulación a que sometía a los ciudadanos. Ante el silencio del líder, su entorno insistía en que Sánchez en verdad estaba muy afectado y sí estaba considerando seriamente dimitir.

El esperado lunes 29 de abril fue, en este pequeño drama familiar convertido en nacional, irremediablemente anticlimático: Sánchez se presentó en una conferencia de prensa sin preguntas -idéntica maniobra a la de X, en un esfuerzo denodado por controlar el mensaje- y aseguró que, tras meditarlo mucho y observar el entusiasmo de sus seguidores, seguiría como presidente del Gobierno, “con más fuerza, si cabe”, y que incluso quería presentarse a la reelección al término de la legislatura.

¿Tanto para esto?, se preguntaron tanto sus fieles como sus detractores. Sin someterse a una moción de confianza -la única vía para institucionalizar su duda hamletiana- y sin presentar ninguna agenda concreta contra las fake news o el lawfare, Sánchez simplemente se quedó en su lugar. Un alivio y una decepción: uno de los políticos más curtidos y arriesgados de Europa permanecía en su puesto, pero, en su desesperado intento por humanizarse a sí mismo, solo mostró un narcisismo disfuncional. Si a la mayor parte de los políticos los pierde la hybris -el orgullo desmedido-, a Sánchez lo ha hecho la instrumentalización de sus dudas y su amor. El mayor aprendizaje para “la ciudadanía” -esa figura poética y feminizada a la que se dirigió- es que nunca debe confiar en los políticos: incluso cuando más insisten en que son humanos, son aún más políticos.

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