Así denominó uno de sus libros el periodista y escritor Julio Scherer García; en esta obra plasma con claridad el inicio de su carrera periodística y parte de su vida a manera autobiográfica; pero a diferencia del contenido de su trabajo, en su texto expone diversos episodios anecdóticos que lo rodearon, dejando en el lector un sabor de apertura al conocimiento de su intimidad, sentimientos y reacciones.
Detalla las experiencias de las etapas de su vida y múltiples trabajos, desde que sus primeros jefes y compañeros le ordenaron cierta misión que cumplir y la maestría con que lo orientaron y condujeron, alimentando cada día más su vocación. 
Se refiere a las grandes figuras de Rodrigo de Llano, Manuel Becerra Acosta, Alberto Ramírez de Aguilar; a los fotógrafos que escogía para acompañarlo en sus viajes reporteriles; confiesa algunos de sus artículos y trabajos que por diversas circunstancias no fueron publicados, en una especie de “censura razonada o explicada”, como suele suceder en este oficio.
Obvio, Scherer explica su arribo como responsable y luego su salida del periódico “Excélsior”; sus desencuentros con Díaz Ordaz y Luis Echeverría, dos presidentes muy especiales, cada uno en su momento y circunstancia.
Luego relata la fundación de la revista “Proceso”, la odisea para conjuntar al grupo de excompañeros para integrarlos, construir un medio informativo como ese, libre, autosustentable, sólido y duradero.
Habla sobre sus amigos más leales y fieles, aunque sinceros y a veces con opiniones o posturas discrepantes, como pares, que se consideraban respetables y llegar a consensos razonables en aras de buscar y encontrar lo mejor para la revista. Claro que también filtra e inocula a sus lectores con la animadversión hacia algunos de quienes consideró sus enemigos, traicioneros, corruptos y detractores; valgan tres nombres: Regino Diaz Redondo, Emilio Azcárraga Milmo y Jacobo Zabludovsky.
También dedica un buen apartado a su áspera y rijosa relación con el Presidente López Portillo; la revista “Proceso” difundía puntualmente los excesos, errores y sobre todo incidentes de corrupción de su administración, hasta llegar a la cancelación de la publicidad gubernamental y la caída en los ingresos, como reacción del Primer Mandatario a los ataques de la publicación semanal. 
De allí se acuñó la frase muy conocida de López Portillo: “No pago para que me peguen”.
En un apartado dibuja a un personaje siempre presente en su memoria: “La Doctrina Echeverría”, lo titula y da cuenta de sus traiciones y de una visita personal de Don Luis en ofrecimientos a Richard Nixon para rescatar a América Latina de la influencia de Cuba y disminuir el liderazgo de Fidel Castro, erigiéndose él como nuevo líder tercermundista. 
Llevando un doble juego político, como socialista en su política interna y latinoamericana y proyanqui en su ansia de liderar el tercer mundo, era impredecible, voluble e hipócrita.
Incluye luego sus elogios, admiración, respeto y estimación a dos amigos y colegas como lo fueron Carlos Montemayor y Vicente Leñero. Con mucho dramatismo describe algunos pasajes de sus amigos argentinos y chilenos víctimas de las dictaduras en ese tiempo que refiere.
Por algunas experiencias negativas y desencuentros con Carlos Salinas de Gortari, a quien lo acercó una vieja amistad con su padre Raúl Salinas Lozano, hace referencias a varias anécdotas con él durante su administración, y aún después, no muy gratas.
En fin, para no abusar del espacio, baste comentar a los amables lectores que el libro no tiene desperdicio y me embeleso leyéndolo; además contiene ese relato que describió Juan Villoro en su entrega de hace 15 días, con el político Emilio Martínez Manautou, cuando viajaría Julio Scherer a Checoslovaquia y fue a despedirse. 
Los que quieran y puedan leerlo no se lo pierdan. Editorial Grijalbo. 2012.
 

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