El sábado vimos un espectáculo que se repitió durante siete décadas de gobierno del PRI. El apoyo de las masas al régimen en el Zócalo de la CDMX, frente al Palacio Nacional y a un lado de la Catedral.

Las concentraciones siempre fueron muestra de poder, de lealtad al partido y a su “jefe máximo”, el presidente. Los acarreados llegaban gustosos a participar con sus líderes en la reafirmación del llamado “sistema” político tricolor. Centrales obreras como la CTM, la CROC y otros sindicatos alineados al PRI “acarreaban” a su gente, que llegaba contenta por el paseo, por la fiesta y la seguridad de su empleo.

La retórica trataba sobre la magnificencia de la Revolución Mexicana, que daría paz, libertad y destino al país. Hubo grandes oradores, como Adolfo López Mateos o Porfirio Muñoz Ledo, en su juventud. Todos nos sabíamos bien las palabras, su entonación y la respuesta jubilosa de la masa.

Hoy escuchamos a expertos en programas de opinión describir un PRI al final de sus historias. Es falso: ese partido tuvo la virtud de aglomerar a todos los sectores, salvo “los enemigos de la Revolución”. ¿Quiénes eran? Encabezaban la lista los conservadores, la derecha radical, los guerrilleros comunistas y otras entelequias. El poder pasaba de manos cuando un “tapado” era “destapado”. Los gobernadores, senadores y diputados se nombraban y destapaban desde las centrales obreras (CTM), el sector popular (CNOP) y los campesinos (CNC). El reparto dependía de los arreglos internos y, sobre todo, de las indicaciones del líder supremo, quien era el “fiel de la balanza”. Los ministros de la Suprema Corte, el Procurador General de Justicia y todos los secretarios de Estado también eran “palomeados”.

En aquel entonces los “apoyos sociales” venían envueltos en el reparto de tierras, subsidios y el uso de los fondos públicos para las campañas. En los 80, quienes pagaban las cuentas eran las tesorerías estatales, municipales y la federal a través de los sindicatos. Si el PRI no pagaba, era porque no le habían “entregado el cheque del gobierno”.

El PRI tricolor es un retazo de aquellos días, una caricatura sin rumbo, sin embargo, el nuevo PRI, como buen camaleón que ha sido, ahora tiene otros colores, pero la gran mayoría de su gente proviene de ese partido. La lista es muy larga y no cabe aquí. El PRI “transformado” es guinda (Pantone 1805) de Morena; también lleva el azul del PAN y el naranja de MC. El PRI gobierna Guanajuato en lo sustancial, al menos sus prácticas son las mismas. El blanquiazul las adoptó como modelo para preservar el poder. No es un juicio de valor, sino una descripción. A partir de Juan Manuel Oliva, los sucesores fueron “destapados” o designados sin elecciones internas. Lo mismo sucedió con las candidaturas a diputados; los mismos dirigentes del partido son sucesores políticos de los gobernadores.

La presidenta Claudia Sheinbaum sustituyó la palabra “revolución” por “transformación”.

Hoy, quienes están en contra de la transformación son: la derecha, los conservadores, las fuerzas imperialistas y la exmafia del poder, personificada en Felipe Calderón y Genaro García Luna. Los fondos públicos vuelven al ruedo electoral en forma de apoyos masivos universales y de un presupuesto casi ilimitado para campañas, financiado por donde venga: empresarios buenos y malos; sindicatos y, en algunos casos, “aportaciones” de la élite burocrática.

El PRI de antes controlaba todo; Morena, casi todo. Aún le falta, pero lo puede lograr.

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