Desde ya hace algunos años ha comenzado a socializarse una nueva perspectiva histórica sobre el encuentro de civilizaciones que inició en 1492 y el papel del imperio español durante 300 años en América, concluyendo con su explosiva desintegración en los inicios del siglo XIX. Encabezada por la doctora María Elvira Roca Barea, profesora invitada de la Universidad de Harvard, a través de su libro “Imperofobia y Leyenda Negra”, se ha iniciado una profunda revisión histórica a los hechos del descubrimiento y conquista española, así como de su largo reinado en América y Asia.
Esta nueva mirada pone el ojo en la primera globalización registrada por la historia humana, observando el tráfico comercial de la Nao de la China, que comerciaba especies, porcelanas y marfiles por plata americana, mucha de ella, guanajuatense. La nueva visión modifica el conocimiento de la formación de nuestro país, alejándonos de la historia oficialista, que solo aporta una narrativa ideológica.
Sin embargo, las civilizaciones prehispánicas siempre deben estar presentes, ya que nos han aportado rasgos culturales fundamentales. Pero ahora se agrega una revaloración del pasado novohispano, donde se acrisoló el mestizaje, del cual surgió México. Nuestra nación se conformó a partir de la caída de Tenochtitlán, desde donde se inició un largo proceso de ocupación y fundación de pueblos por todos los nuevos territorios, extensos y lejanos.
Se han abierto interminables debates sobre cómo se dio la mezcla de la cultura europea con las civilizaciones indígenas. Qué tanta violencia y maltrato hubo o que tan benevolente y caritativo fue el fenómeno que involucró a la espada, el mazo de obsidiana y la cruz. La controversia no terminará.
Pero me interesa llamar la atención sobre una manifestación cultural que apareció a raíz del encuentro de estos dos mundos. Se trata de la llegada de nuevos instrumentos musicales a las tierras del Anáhuac, especialmente de la guitarra. Los nuevos sonidos cautivaron a los indígenas. Hay datos documentales sobre el registro de equipajes de los viajeros que venían a Nueva España, transportando un instrumento musical. La guitarra es una combinación del “ud” árabe con la vihuela europea. Así nació la guitarra renacentista, muy popular, de fácil transporte y adecuada para acompañar canto y danza. Nueva España para 1550 ya se había llenado de una música antes desconocida.
En el siglo XVII hay un nuevo avance: la guitarra barroca, y en la ciudad de México, Puebla y las diversas fundaciones urbanas, empiezan a sonar jácaras, zarabandas, chaconas y villancicos. En los conventos, colegios, plazas, procesiones y festividades; indígenas, mestizos, afrodescendientes y españoles cantan y bailan en sus pueblos.
Los nativos aprendieron a tocar guitarra enseñados por los frailes en cofradías y escuelas de música conventual. Pronto se incorporaron formas propias de ejecución, tonalidades prehispánicas, afinaciones locales y repertorios híbridos. Así nació el “son” mesoamericano, antepasado de los sones jarocho y huasteco.
Ya para el siglo XVIII la guitarra era el instrumento más popular de la Nueva España. Se ha mejorado y se usa para entonar nuevos géneros musicales como fandangos, sones, jarabes, tonadillas escénicas, música de salón y música religiosa. Pero la evolución no paró allí. La guitarra mexicana se volvió familia instrumental al inventarse el requinto, la jarana, la quinta huapanguera y el guitarrón, entre otros. A ellos se unen las chirimías, el tambor huehuetl y las flautas de barro y carrizo usadas por los indígenas.
Desde el mestizaje inicial, se formaron “capillas musicales” y en las catedrales de México y Puebla, en los conventos agustinos y franciscanos y en los colegios indígenas como el de Tlatelolco, se fundan conjuntos musicales. Así pululan músicos indígenas entrenados por los frailes que cantan partituras en náhuatl, zapoteco y maya.
Al mismo tiempo, Nueva España produce músicos criollos de primer nivel como Juan Hernández, Juan Gutiérrez de Padilla y Manuel de Sumaya; e indígenas como Juan Matías y Diego de Rivas, entre otros muchos. No hay que olvidar que, en el siglo XVIII, el eje de la economía mundial era la Ciudad de México, que superaba ampliamente a los centros urbanos europeos. Zacatecas y Guanajuato, especialmente la mina de Valenciana, satisfacían la demanda de plata mundial, sobre todo de China.
Como explicamos, desde la música se puede describir, sin alteraciones ideológicas, el proceso de mestizaje cultural pleno que vivió Nueva España. Lo mismo sucede en la pintura. El sincretismo religioso, se evidencia y esparce, mientras el gran pintor Marcos Cipac (Tzicpac) de Aquino, de familia noble tlatelolca, perteneciente al linaje de los tlacuilos, en el Colegio de San José de los Naturales, aprende las técnicas del dibujo y pintura renacentista, para luego pintar, a instancia de Fray Juan de Zumárraga, una emotiva imagen que se convertirá en el símbolo del mestizaje. ¿Aún dudamos de qué somos?