La política no es solo un ejercicio de poder: es, antes que nada, el conjunto de expresiones que sostienen una determinada forma de entender la vida, la sociedad, la ciudad y, a partir de ellas, el gobierno y sus políticas públicas. Cuando los partidos dejan de ser la voz de los ciudadanos y los principios se traicionan, se erosiona la credibilidad y la representación. Entonces, la política deja de ser mediación y se convierte en mera administración del poder.
Este contexto ha empujado a muchos ciudadanos, que no están de acuerdo con Morena, a buscar una alternativa política distinta: un nuevo partido, alejado de las inercias del PRI y del PAN, con valores sociales y empeñado en una relación directa y honesta con la ciudadanía. Amplios sectores sociales perciben que los partidos tradicionales ya no expresan las convicciones de quienes alguna vez los respaldaron.
La pregunta de fondo es inevitable: ¿por qué los conservadores y la tradicional clase media han dejado de encontrar una opción en el PAN, el partido que durante décadas fue doctrinario por excelencia? Por su parte, el PRI, bajo la conducción de su sepulturero, Alejandro Moreno, perdió rumbo, perdió sus bases y acabó de repartir sus esquelas.
El PAN, históricamente asociado a valores conservadores, a un ideario humanista y a una defensa clara de la libertad económica, diluyó su esencia al optar por un nihilismo político donde los intereses personales sustituyeron a los valores del partido. Sus alianzas con el PRD y el PRI, ideológicamente opuestas y francamente lascivas, desdibujaron su perfil y confundieron a su base social. El resultado fue un partido percibido como vacío de convicciones, capturado por pequeñas oligarquías oportunistas ávidas de poder.
En poco tiempo, Acción Nacional pasó de ser el partido de derecha por antonomasia a un instituto amorfo, contradictorio, capaz de defender simultáneamente la vida, la familia y la propiedad privada, pero también votar a favor de matrimonios igualitarios y aliarse con partidos que piden la legalización de la marihuana, el aborto, la limitación a la propiedad privada, y la intervención estatal para diferentes aspectos de la vida. Perdió valores, por lo tanto: identidad.
El resultado de este vacío es el nihilismo político, carente de propuestas y de proyecto de nación; además, de una cerrazón partidista a la participación ciudadana que daría oxígeno a la enrarecida atmósfera interna del albiazul. La desconfianza en los partidos, la percepción de la corrupción como un mal estructural y el hartazgo frente a figuras impresentables, como Diego Sinhue, se reciclan sin cesar. En su momento, por esta razón fracasó Margarita Zavala y, actualmente, Juan Manuel Oliva, en la creación de un nuevo partido. Son parte del mismo desprestigio político.
El hecho es que la derecha y la clase media no se sienten representadas, aunque dentro del PAN existan excelentes cuadros, buscan un partido de derecha, abiertamente capitalista, sin complejos ni vergüenzas, capaz de ejercer una oposición digna frente a un Morena que avanza sin contrapesos. No se trata de nostalgia ideológica de santitos y santones, como pretende el extremista Verastegui con México Republicano, sino de representación política efectiva, de identidad clara y de coherencia entre discurso y acción…
De ese anhelo surge “Somos México”, una de las organizaciones más visibles entre quienes buscan constituirse en partido político. Sus promotores provienen de trayectorias distintas, pero convergen en una idea común: canalizar el despertar cívico expresado en la llamada Marea Rosa y ofrecer un vehículo político que amplifique la voz de los ciudadanos. El peligro es que, en alianza, se convierta en satélite de otro partido, difuminando así su identidad y traicionando el origen de su leitmotiv: más de lo mismo.
La aparición de “Somos México” es una respuesta sana y urgente a la crisis de representación que atraviesa la oposición. En un país donde la democracia exige contrapesos, la construcción de un nuevo partido no solo es legítima: es indispensable, porque hay profunda insatisfacción con lo existente. Bienvenida la competencia, la buena política, la participación social y la gestión de esperanza: condiciones mínimas para avanzar.
Ahora, solo falta encontrar al líder carismático, porque el carisma puede cambiar la historia: “Aquel que con su voz logra influir y conectar con los demás, habrá encontrado el camino hacia la grandeza”: Barack Obama.