Como siempre, Paco Calderón tiene razón. En su cartón dominical del 8 de febrero alude a los escándalos de corrupción, de mal gusto, de insensibilidad, y de aspiracionismo desmedido de la 4T recurriendo a un término de gran utilidad y pertinencia: les nouveaux riches. El término proviene del siglo XIX francés y se popularizó en los escritos de autores como Balzac y otros. Se refiere al comportamiento de ciertos sectores de la sociedad (en esa época francesa) que alcanzan un determinado nivel de vida gracias a la transformación de la sociedad por el avance del capitalismo, y que de repente encuentran accesibles una serie de bienes y de servicios, de comportamientos y de status social que antes les eran negados. Pero la rapidez con la cual el capital transformó a las sociedades tradicionales de Europa occidental no permitió que las mentalidades de los beneficiarios de esa transformación también cambiaran.
Los escándalos de la nueva Suprema Corte, de los diputados y senadores de Morena con sus viajes en primera, sus estéticas de belleza en el Senado, sus gastos ostentosos en joyería, vestido, automóviles, etcétera, (incluyendo desde luego las andanzas de los hijos de López Obrador), revelan una tendencia muy parecida a la ya descrita. De repente, en 2018, sectores militantes de la 4T han seguido una trayectoria parecida a la de la Francia del siglo XIX. Gracias a los enormes beneficios que se derivan de ocupar puestos en el Estado mexicano se dio a un ritmo vertiginoso: de la noche a la mañana.
Pero no es posible transformar las mentalidades a una velocidad semejante. Entonces vemos los excesos y las ridiculeces, como la limpiada de los zapatos, o las Suburban blindadas de los nuevos ministros, o las salidas y entradas de las tiendas de las marcas más caras del mundo, de múltiples personeros de la 4T. Hasta cierto punto es previsible este comportamiento: han tenido súbitamente acceso a prebendas, privilegios, servicios de todo tipo y posición social, sin que su mentalidad pudiera haberse modificado al mismo ritmo.
Este fenómeno de la corrupción y los abusos de la izquierda en el poder no es privativo de México. Ha sucedido en prácticamente todos los países de América Latina a lo largo de los últimos 20 años, con la posible excepción de Uruguay. Hasta en Chile hubo escándalos de corrupción involucrando a la familia de la expresidenta Michelle Bachelet. Lo mismo sucedió bajo el gobierno de Boric.
En Brasil, el lava jato afectó a centenares de políticos del PT, partido en el gobierno, con excesos sin duda, pero con acusaciones, detenciones y sentencias perfectamente legítimas en muchos otros casos. Esto se dio en todo el estado brasileño, incluyendo Petrobras o constructoras semi paraestatales, aunque privadas, como Odebrecht. El caso argentino también es notorio y ejemplar: Cristina Fernández de Kirchner, sus ministros, sus colaboradores, sus amigos empresarios y hasta su familia incurrieron en excesos que han sido ya sancionados por tribunales de ese país.
Sucedieron acontecimientos semejantes en Colombia con Petro, en Ecuador con Correa, en Bolivia con Evo Morales, y desde luego en la Venezuela de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro.
Todo esto es parte de la transformación que vimos en distintos países de América Latina y, desde luego, hoy en México. Pero quizás la 4T en México pecó más que otros sectores de izquierda en la región. No supieron leer las señales procedentes del sur del hemisferio, o de otros países. Resulta ahora que hasta una figura icónica como Jack Lang en Francia, gran ministro de Cultura y de Educación de François Mitterrand y de Lionel Jospin, ha sido afectado por la corrupción del caso Epstein. La izquierda no ha sido invulnerable ante la corrupción en ninguna parte. No tenía por qué serlo en México. Debimos haberlo sabido.
* Excanciller de México