En los proyectos políticos personalistas, los más cercanos al fundador suelen ser también los primeros en caer cuando el poder cambia de etapa. Así ha sido siempre: todo movimiento que aspira a perdurar necesita transformarse, y toda transformación trae conflicto interno. Sin fricción no hay cambio; sin disputa entre viejos y nuevos cuadros, el poder no evoluciona: se estanca.
Eso fue lo que ocurrió en 2021 con la salida de Julio Scherer Ibarra de la Consejería Jurídica de la Presidencia. Según López Obrador, la renuncia fue una “decisión personal”. Pero el ambiente real era otro. Antes de irse, Scherer ya cargaba señalamientos de tráfico de influencias y de intervención en litigios empresariales. Investigaciones periodísticas lo colocaban como pieza central de una red de intermediación judicial que ofrecía “arreglos” millonarios. Y, cuando salió, el fuego amigo terminó de fijar la versión más dañina: “Scherer se había ido bajo sospecha”. Formalmente renunció; políticamente, fue defenestrado.
El libro “Ni venganza ni perdón” no nace de la serenidad del retiro, sino de la necesidad de responder al descrédito y devolver el golpe a los duros del movimiento. Es, ante todo, una defensa. Scherer insiste una y otra vez en que no cayó por corrupción, sino por intrigas internas y campañas de desprestigio. Pero la reiteración revela la herida verdadera: no tanto la pérdida del cargo, sino la expulsión del círculo de confianza.
Porque Scherer no era un funcionario más. Pertenecía al núcleo íntimo de López Obrador, ese espacio donde la política no se decidía en instituciones, sino hablando al oído del caudillo. Y ahí está la clave: cuando un liderazgo carismático se convierte en gobierno, inevitablemente surge una segunda generación de operadores. Ya no son necesariamente los de la lealtad fundacional, sino los de mayor utilidad en la etapa de consolidación. En esa transición, como en el mito de Cronos, el poder termina devorando a sus propios hijos: es el mecanismo mediante el cual se renueva el poder en el presidencialismo mexicano.
Como ejemplo de un movimiento que se institucionaliza tenemos al PNR, PRM, PRI. Esto nace como movimiento revolucionario y terminó convirtiendo la Revolución en Constitución. En la 4T está ocurriendo un tránsito comparable. El poder deja de descansar en la cercanía personal con el líder fundacional y empieza a asentarse en la arquitectura de la sucesión. La contradicción entre fundadores y continuadores, entre doctrinarios y pragmáticos, no es una anomalía: es condición de evolución.
En su libro, Scherer preserva la lealtad hacia arriba y desplaza la responsabilidad hacia la nueva configuración del poder. Por eso separa con cuidado al líder de su entorno: López Obrador aparece distante, casi ajeno a las intrigas palaciegas.
Y esa nueva configuración tiene nombre: la etapa Sheinbaum. El movimiento se institucionaliza para transformarse en partido. Sin decirlo abiertamente, “Ni venganza ni perdón” registra el momento en que el lopezobradorismo deja de ser el círculo personal de un líder para convertirse en el aparato de un partido.
Scherer pertenece al lopezobradorismo de origen; pero el grupo que se consolida pertenece al de continuidad, el que apuntala el liderazgo de Claudia Sheinbaum. Su desplazamiento expresa, en el fondo, un relevo generacional y funcional: la evolución de Morena hacia un régimen partidista.
Así, el amigo desplazado escribe para fijar su lugar en la historia del proyecto que ayudó a construir, pero del que fue expulsado por las luchas internas del propio movimiento. El canibalismo político redefine quién encarna la continuidad legítima, tal y como ocurrirá en la próxima sucesión.
Al final, “Ni venganza ni perdón” captura el instante en que el centro del poder se mueve y obliga a los antiguos cercanos a reubicarse. El amigo íntimo escribe cuando comprende que el ciclo que lo protegía ha terminado, como ocurrió con figuras desplazadas en la Revolución mexicana, rusa y cubana.
Scherer escribe para no quedar fuera del gran relato del movimiento ni del mito fundacional que ayudó a construir. Y, sin proponérselo, deja constancia de una regla más profunda: en política, como en la historia, no hay evolución sin contradicción. Así enseña la dialéctica histórica. Toda transformación nace de la tensión interna del propio poder. Así, el mayor peligro para Morena proviene de sí mismo y no de la oposición.