Con inteligencia compartida con Estados Unidos, el abatimiento de “El Mencho”, líder del CJNG, fue planeado y ejecutado por el Ejército, la Guardia Nacional y la Fuerza Aérea Mexicanos. “La acción que va a ejecutarse, invariablemente como un axioma, debe ser planeada por el ejecutante, de acuerdo con la doctrina militar universal”, afirmó el general secretario Trevilla. El costo: setenta vidas humanas, decenas de heridos y cientos de detenidos a nivel nacional.
El hecho constituye un acontecimiento de resonancia mundial que obligaría a Washington a reescribir su cómoda distribución de culpas. La estrategia de “abrazos no balazos” fracasó; la actual ha sido de “golpes seguros” con resultados palpables.
Durante años, en EU han culpado a México por ser incapaz de controlar a sus cárteles, como si allá no los hubiera. Sin embargo, todos los grandes jefes históricos del narcotráfico mexicano están muertos o presos en ese país. Solo, entre 2025 y 2026, México entregó a EU 92 capos de alto perfil, incluyendo a Caro Quintero, para enfrentar la justicia y revelar todo lo que les interese saber sobre corrupción de aquí y allá.
Tras la caída de “El Mencho”, la Casa Blanca, senadores republicanos e incluso el Comando Norte aplaudieron a la Presidenta, y a las fuerzas armadas mexicanas por el certero golpe.
¿Pero qué sigue ahora? El alcance real del acontecimiento trasciende el territorio mexicano. “El Mencho” no creció solo por su organización o su violencia: creció gracias a la demanda del mayor mercado del planeta. La epidemia de opioides sintéticos y fentanilo en Estados Unidos constituye el sustento del narcotráfico contemporáneo. Sin una demanda sostenida, no existirían cárteles transnacionales con capacidad cuasi militar. Este punto obliga a Washington a revisar su narrativa: el problema no nace en México; se origina en la sociedad consumidora; aunque, siempre culparán a los de enfrente.
La historia social de esa demanda es incómoda, y los gobiernos estadounidenses han preferido no comentarla. La crisis contemporánea de adicción se remonta al regreso de los soldados tras la guerra de Vietnam, a la expansión masiva de analgésicos opioides, al trauma de veteranos de guerra y a un poderoso mercado farmacéutico intocable. Con sus mutaciones, esa es la matriz histórica. Los cárteles la explotan, pero no la crean. La caída de “El Mencho” desplazaría el centro del debate estadounidense hacia la “maldición del consumo” como problema social doméstico, no externo.
El núcleo del fenómeno está en la demanda. Decenas de miles de muertes anuales por sobredosis en Estados Unidos no se explican solo por la existencia de cárteles mexicanos, sino por una crisis interna de adicción asociada a vulnerabilidad social, vacío existencial y un mercado farmacéutico expansivo. Los cárteles son proveedores de un mercado altamente demandante y creciente.
En ese contexto, la retórica de intervención militar de Donald Trump en México se debilita y Claudia Sheinbaum se fortalece. Aquella retórica supone que el narcotráfico puede resolverse mediante coerción sobre México, ignorando que el motor económico reside en el territorio consumidor. Intervenir México no reduciría la demanda; solo reconfiguraría la oferta.
Nada de esto implica negar la penetración criminal en México ni la violencia estructural del narcotráfico. El CJNG, que emergió en el sexenio de Felipe Calderón, seguiría siendo poderoso. Como advierte Mike Vigil, exagente de la DEA: “se debilita la organización, no el mercado que la sostiene”.
En síntesis: la retórica de Trump sobre la intervención, alimenta a sus bases electorales más duras. México concentra producción y tránsito; Estados Unidos, demanda, renta y capital. Ello obliga a dimensionar el problema en su naturaleza bilateral. Mientras esa ecuación no se asuma como responsabilidad compartida, la política antidrogas seguirá desplazando culpas en lugar de resolver causas.
En última instancia, el acontecimiento obligaría a Washington a abandonar la comodidad de la culpa externa y a asumir la propia. El Estado mexicano ha eliminado o encarcelado a los grandes capos, pero la demanda produce oferta.
La pregunta que Estados Unidos evita formularse emerge inevitable: ¿por qué su sociedad genera una demanda masiva de opioides y drogas sintéticas? En ese espejo incómodo, el estigma dejaría de recaer unilateralmente sobre México. La corresponsabilidad es inapelable: no es un problema de uno, sino de dos: Primero es la demanda y luego la oferta.