Diego Rivera es una de las figuras más notables del arte mexicano. Su obra pictórica alcanzó fama mundial y sigue siendo una referencia indispensable del muralismo. El periodista Enrique Loubet me contó una hipótesis curiosa: tal vez la inclinación de Rivera por el cubismo nació de un recuerdo infantil de Guanajuato. La ciudad donde creció, con sus cerros superpuestos, sus callejones y sus casas encimadas, podía parecer —vista por un niño— una composición cubista extendida sobre la montaña.
Su padre, un maestro rebelde que agitaba a los mineros de la región, tuvo que huir de Guanajuato en 1892 cuando su vida comenzó a correr peligro. La familia se trasladó entonces a la Ciudad de México. Es posible que aquellas historias de injusticia y persecución social marcaran al joven Diego, quien años después abrazaría con convicción el comunismo y llenaría sus murales de alegorías sobre la lucha de los trabajadores contra la explotación.
En la capital estudió en la Academia de San Carlos. En 1907 partió a Europa, donde continuó su formación en España y Francia. En 1920, viajó a Italia para estudiar los frescos del Renacimiento —Giotto, Masaccio, Miguel Ángel—. Cuando regresó a México en 1921 traía consigo dos equipajes decisivos: la técnica pictórica europea y una conciencia política fuertemente influida por el marxismo. Con ambas herramientas intentó fundir el arte moderno con las raíces indígenas y populares de México.
Rivera regresó en el momento exacto. José Vasconcelos, secretario de Educación Pública del presidente Álvaro Obregón, decidió abrir los muros de los edificios públicos a los artistas. Las paredes de la Escuela Nacional Preparatoria se convirtieron en lienzos monumentales donde los muralistas podían narrar la historia del país. Entre 1923 y 1928, Rivera pintó 235 paneles que representaban las civilizaciones prehispánicas, la Conquista, la Colonia, la Independencia y la Revolución.
Sus murales, de colores vibrantes y composiciones poderosas, ayudaron a construir una visión épica del pasado mexicano. ¿De dónde proviene, por ejemplo, la imagen de Tenochtitlán como una ciudad armónica, blanca y resplandeciente sobre aguas transparentes? En gran medida, del pincel de Rivera.
Con el tiempo, el muralismo se convirtió en algo más que arte: fue una interpretación oficial de la historia nacional. Bajo ese relato, los mexicanos nos asumimos como herederos directos de los aztecas, se desdibujó toda la herencia novohispana, se exaltaron la Independencia y la Reforma, y la Revolución fue elevada a mito fundacional. En ese proceso, la complejidad histórica quedó reducida a una narrativa ideológica poderosa, pero simplificada.
Rivera pintó caballeros águila y jaguar enfrentados a españoles crueles encabezados por un Hernán Cortés deformado. Retrató religiosos poderosos, indígenas oprimidos, conquistadores ambiciosos y monjes inquisidores. Sobre todos ellos elevó a los héroes liberales e independentistas, convertidos en figuras casi sagradas en los frescos del Palacio Nacional. Con un talento pictórico extraordinario, Rivera no solo ilustró la historia: también ayudó a reinventarla.
Pero hay otro Diego Rivera.
Es el alcalde de Tequila, Jalisco, recientemente detenido por sus vínculos con el Cártel Jalisco Nueva Generación. Un político que, bajo el amparo de su cargo y el respaldo de su partido, convirtió al municipio en una maquinaria de extorsión institucional contra una de las industrias más importantes del estado: la del tequila.
Hoy ese Diego Rivera está en prisión. Fueron las principales casas tequileras las que llevaron sus denuncias hasta la Presidencia de la República, que ordenó su captura. El esquema era simple y brutal: cobrar “moches” por todo. Permisos, licencias, cambios de uso de suelo, concesiones, explotación de la vía pública, servicios municipales. Cada obstáculo administrativo podía desaparecer mediante una mochila llena de dinero en efectivo.
El mecanismo resulta demasiado familiar en muchas ciudades del país —incluida la capital de Guanajuato—. Para estos nuevos “muralistas”, que no pintan muros sino redes de corrupción, el objetivo es acumular recursos suficientes para financiar campañas electorales y perpetuar su control político que les permite seguir extorsionando.
Así se empobrecen nuestras ciudades.
Se sabe que al menos ocho alcaldes en Guanajuato operan bajo esquemas similares. Sin embargo, la Fiscalía guarda silencio y no ofrece mayores detalles.
Entre ambos personajes, el más interesante —y sin duda el más talentoso— sigue siendo el pintor: el hombre apasionado que amó a Frida Kahlo y cuya obra monumental definió buena parte de la imagen histórica de México. Su genio artístico logró eclipsar sus excesos personales y sus contradicciones ideológicas.
El otro Diego Rivera es apenas un saqueador del poder público. Uno más entre los alcaldes que convierten el gobierno municipal en una empresa de extorsión. Empobrecen a sus comunidades, concentran la riqueza y degradan la vida pública.
A esos funcionarios no basta con denunciarlos, hay que expulsarlos del poder.