Aún no he podido ver hacia adentro e intrigada me pregunto qué se esconde detrás de esa cubierta plástica negra. Algún curioso ha hecho una que otra abertura, pero yo no he querido mirar. Sin embargo, el otro día sí entraste tú, y me dices que está todo muy cambiado, que voy a sorprenderme porque no queda ni rastro del jardín. Irremediablemente lo veré, porque no va a permanecer indefinidamente cubierto. Es cuando más agradeceré que pueda permanecer en mi memoria, en mis pensamientos, en mis recuerdos, porque definitivamente no sé si lograré adaptarme a este nuevo cambio.
Todo ha ido cambiando, las casas se han convertido en comercios, mi casa ha permanecido como una isla en medio de este mar de transformaciones. Supongo que en mí el proceso de adaptación avanza muy lento, y por eso es por lo que aún veo, comparo y guardo resistencias.
Sin embargo, no puedo negar la realidad que está ante mis ojos, y sin poder hacer nada al respecto, salgo y veo los avances, comprobando las transformaciones. Y no deberían extrañarme los cambios visibles, pues sé que yo también sufro cambios internos que escapan de mi control. Así pues, no puedo decir que echen marcha atrás, ni tampoco puedo hacerlo conmigo.
Aún me queda esa revelación para descifrar el enigma, y no sé qué va a pasar cuando la quiten, que lo harán, seguro lo harán. Y entonces sí, sin ningún impedimento, podré ver a través de esas rejas, apoyada en ese alfeizar en el que caminaba yo de niña, y después caminaron mis hijos, detenidos con emoción de mi hombro, mirando el hermosísimo jardín de mi tía.
Y probablemente recordaré cuando yo iba de tu mano y nos pasaban a esa hermosa casa con aire de misterio. Mientras ustedes platicaban, tú me decías que podía salir, pero sin hacer travesuras, así que salía a ese jardín maravilloso y me subía al puentecito de madera desde el que se veía el enorme estanque vacío.
Si volteaba al cielo, podía ver las dos inmensas araucarias acariciando el viento en las alturas. Algo extraño sucedía conmigo: se amalgamaban dos sentimientos; por un lado, me sentía pequeña junto a su majestuosidad, y a la vez protegida. Me preguntaba: ¿cómo era posible que existieran árboles tan, pero tan altos? Ahí, parada junto a su tronco, el ambiente era fresco, y podía aspirar el olor de la tierra mojada como en el bosque.
También paseaba por la huerta con duraznos, granadas, guayabas e higos. Pero ahora que fuiste tú, me aseguras que en su lugar hay un piso de adocreto que no te dice absolutamente nada.
Y aunque sé que es inútil aferrarme, la nostalgia se instala como un ancla en mi pecho, y digo que sí, aunque por dentro grito que no, un alarido sordo de impotencia que solamente yo escucho. Y eventualmente me adaptaré, eso pienso, porque no voy a pelear una guerra sin sentido.
Sin embargo, pervive en mí, y me transporto a ese jardín maravilloso que compartió mi niñez. En adelante, trataré de no hacer comparaciones y avanzaré con pasos nuevos, dejando las huellas marcadas tras de mí, en recuerdo de mis pasos