Cuando Donald Trump amenazó a Irán con destruir su país y acabar con su civilización; cuando agredió verbalmente al Papa León XIV, quien es su compatriota; cuando su opinión serpentea entre amenazas y acuerdos; cuando se dibuja a sí mismo como Jesucristo, creemos que no está en sus cabales. No sólo somos los extranjeros quienes tememos su carácter mercurial y su narcisismo exacerbado. Muchos generales del ejército norteamericano fueron suspendidos o retirados por no alinearse con las prácticas de guerra del “Comandante en Jefe”.
El 6 de enero de 2021, cuando las protestas de hordas violentas asaltaron el Capitolio, incitadas por Trump, algunos miembros del gabinete pidieron a Mike Pence que invocara la sección 4 de la enmienda 25, que prevé la destitución del mandatario por razones de insanidad mental.
El pasado 2 de enero de este año, cuando Trump quiso apropiarse de Groenlandia, que pertenece a Dinamarca, el senador demócrata Ed Markey pidió invocar la sección 4. Aunque la propuesta era inviable, dejó sentado un juicio sobre la posible demencia del presidente.
El 3 de abril, los demócratas volvieron a la carga, tratando de invocar la enmienda 25, por lo que Trump amenazó: “arrasar la civilización en Irán”. Hubo quienes no estaban dispuestos a jalar el gatillo de la destrucción ni a incendiar el mundo en una tercera guerra. Las naciones europeas no cayeron en el juego de destruir Irán ni en el de combatir por el estrecho de Ormuz. La destrucción y el sufrimiento de todos los países del Golfo Pérsico son manufactura de dos personajes: Donald Trump y Benjamín Netanyahu.
En otras épocas de mayor ingenio, los presidentes norteamericanos y los líderes israelitas usaban su poder suave o su injerencia a través de la CIA y el Mossad para cambiar de régimen, poner dirigentes o intervenir militarmente en puntos estratégicos. Lo habían hecho en la confrontación pasada, cuando bombardearon los silos de investigación y desarrollo de bombas nucleares en Irán. La fuerza bruta es propia de líderes como Putín, Stalin, Mao o Hitler, no de las democracias occidentales.
La guerra está afectando a todos, incluso a la economía de la gente en Estados Unidos, que paga con la inflación el precio de la guerra. Paga también con mayores déficits presupuestales y con algo aún más grave: una moral disminuida y el menosprecio hacia su gobierno, porque la mayoría está en contra de la invasión. Si bien comprenden que los clérigos de Irán son fanáticos dispuestos a inmolarse con tal de lanzar una bomba atómica contra Israel, saben que el método empleado por su presidente y su secretario de guerra no tiene pies ni cabeza.
La prensa norteamericana da cuenta del lance improvisado y sin un claro objetivo militar; de la sorpresa que causó el ataque de Irán contra los países del Golfo Pérsico y del cierre del tráfico en el estrecho de Ormuz. Cero planeación y puro estómago: un día estaban dialogando y, al día siguiente, vino el bombardeo.
La sección 4 de la Enmienda 25 a la Constitución de los Estados Unidos nunca se ha invocado formalmente por las dos terceras partes del Congreso y la mayoría del gabinete, como lo exige la ley, ni siquiera se ha sugerido por la oposición con otros presidentes. Cuando Joe Biden tuvo lapsos de falta de memoria o cuando Ronald Reagan dio pequeñas muestras de su incipiente Alzheimer, hubo sugerencias que nunca trascendieron.
Por la paz del mundo, esperemos que Trump no pierda la razón del todo.
