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En la sierra de Chihuahua, en un lamentable accidente automovilístico, perdieron la vida el director local de la Agencia Estatal de Investigación, Pedro Oseguera, su escolta y dos ciudadanos estadounidenses, tras asegurar un laboratorio de drogas. Pero ¿quiénes eran esos norteamericanos que habían ingresado a México con pasaporte de turista y participaban en un operativo policiaco? Más tarde, según revelarían The Washington Post, se trataba de agentes de la CIA cuyos nombres no fueron divulgados.

Al mismo tiempo, la gobernadora Maru Campos guardaba silencio: no atendió la llamada de la Presidenta y, según trascendió, informó a Omar García Harfuch de “no estaba enterada de nada”. Tampoco acudió a una reunión de diálogo programada con el Senado, mientras que el fiscal estatal presentaba su renuncia. 

Surgen entonces varias preguntas: ¿por qué la CIA, y no la DEA, en un operativo antidrogas? ¿Qué hace realmente la temida agencia de inteligencia en territorio mexicano sin registros ni autorización? La clandestinidad no es un accidente: moverse entre sombras es su esencia.

La historia sugiere que esa delgada línea entre cooperación y subordinación ha sido muy endeble. Durante el siglo XX, México se convirtió en un laboratorio de operaciones de inteligencia en el contexto de la Guerra Fría. Con Miguel Alemán,  la creación de la temida Dirección Federal de Seguridad respondió a intereses estadounidenses y marcó el inicio del espionaje interno, infiltración política y represión ideológica, con detenciones, torturas y ejecuciones de presuntos comunistas, que se convirtieron en política de Estado.

Figuras como Fernando Gutiérrez Barrios fueron consideradas activos valiosos por su cooperación. Hubo incluso cercanía al más alto nivel político: el presidente Adolfo López Mateos integró a Winston Scott, jefe de la CIA en México, a su círculo íntimo, al punto de apadrinar su boda.

Si la Guerra Fría fue el pretexto para la intromisión, el narcotráfico abrió las puertas a estas agencias extranjeras. El caso paradigmático es el asesinato del agente de la DEA, Enrique Camarena, en 1985. Las versiones oficiales apuntaron hacia el crimen organizado, particularmente hacia Rafael Caro Quintero. Sin embargo, investigaciones periodísticas, como las publicadas por el semanario Proceso, y testimonios de exagentes como Héctor Berrellez y Phil Jordan han sugerido una trama más compleja.

Según estas versiones, elementos de la CIA, en coordinación con miembros de la Dirección Federal de Seguridad, habrían participado en el secuestro e interrogatorio de Camarena. El móvil, de acuerdo con dichos testimonios, habría sido silenciar al agente por haber descubierto operaciones encubiertas ilícitas de la CIA, en un rancho en Veracruz, vinculadas al financiamiento de los “Contras” en Nicaragua. De ser ciertas, estas versiones situarían a la inteligencia estadounidense en un terreno más oscuro.

Durante el sexenio de Felipe Calderón, se otorgaron amplias facultades a agentes extranjeros: portar armas, intervenir comunicaciones y participar en interrogatorios. Paradójicamente, esa apertura no impidió la corrupción, encarnada en el caso de Genaro García Luna, ni el fracaso de la guerra contra el narco. La paradoja es reveladora: la inteligencia puede verlo todo, salvo aquello que no quiere ver. O peor aún, aquello que forma parte de sus propios arreglos sucios…

Hoy, el Estado mexicano intenta reconfigurar esa relación. Se han impuesto límites formales: registro obligatorio de agentes, prohibición de portar armas; además, las tares de inteligencia deben ser compartidas. Pero la pregunta persiste: ¿hasta qué punto esos límites son efectivos frente a una práctica que se mueve en las sombras? La Presidenta ha sido clara: habrá colaboración, pero no subordinación. “La última vez que se metieron, en el siglo XIX, se llevaron la mitad del territorio”.

Porque aquí no está en juego un modelo de cooperación, sino la supuesta superioridad moral del Estado norteamericano, sobre el mexicano. Hay quienes celebran la injerencia extranjera; otros, rechazan la intromisión y privilegian la suficiencia del Estado mexicano. Las agencias de inteligencia encarnan un poder sin rostro: no se legitiman en las urnas ni rinden cuentas al ciudadano. En la ambigüedad moral, operan en la sombra, como discretos turistas o conspicuos diplomáticos, evadiendo registros y controles. ¿De qué lado está usted, estimado lector?

Nota: En septiembre de 1847, los conservadores ofrecieron en la Catedral de México un Te Deum al general norteamericano Winfield Scott y sus altos mandos, tras la toma de la Ciudad. 

alejandropohls@prodigy.net.mx

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