Para quienes pensaron que la presidenta de la Comunidad de Madrid regresaba a España derrotada por la izquierda mexicana, encabezada por la propia presidenta Sheinbaum, los aires cambiaron con una sola oración, cuando Isabel Díaz Ayuso, desde la Asamblea de Madrid, espetó: “Pregúntenle a la presidenta mexicana y a los mexicanos qué hay en la calle Guatemala 24, en Ciudad de México… qué hay bajo tierra”.
A partir de ese señalamiento, las redes y Google Maps estallaron identificando la casona ubicada en la parte trasera de la Catedral Metropolitana: el Huey Tzompantli, descubierto en 2014, denominado “El Gran Estante de las Calaveras”, que presenta una terrorífica colección de cráneos de víctimas sacrificadas en el Templo Mayor en honor a los dioses mexicas.
No es un secreto, pero sí un discreto hallazgo arqueológico que confirma los relatos del propio Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo, Andrés de Tapia y Bernardino de Sahagún, entre otros. Con ello se intenta respaldar las acciones de los conquistadores para liberar a las tribus sojuzgadas por los mexicas de una religión estrujante y violenta. En pocos años lo lograron.
Consideramos que quedarnos atrapados en este debate, que pretende leer la historia a conveniencia de las ideologías, sesga una comprensión mucho más vasta de los descubrimientos geográficos y del encuentro de culturas del siglo XVI. Tratemos de explicarlo en este reducido espacio editorial.
Primero. Los sucesos que llamamos “Descubrimiento de América” devienen de la intención del reino de Castilla de llegar a las islas de la especiería y a China. El viaje fracasó. En su lugar, los europeos descubrieron un enorme y extenso continente. Inmediatamente se propusieron transitarlo hasta hallar el camino al extremo oriente. Mientras Cortés conquistaba Tenochtitlán en 1521, Fernando de Magallanes navegaba por el extenso Océano Pacífico para llegar a las islas que serían bautizadas como Las Filipinas.
Desde allí había que regresar a España. Es Juan Sebastián Elcano quien concluye el viaje iniciado por Magallanes y arriba a Sanlúcar de Barrameda en 1522 con la nave Victoria, cargada de especias. La venta de la carga pagó y dejó utilidades a toda la expedición. Este trasiego comercial significó la primera vuelta al mundo. Por fin, la humanidad constató el inmenso tamaño del planeta, estableciéndose la primera globalización desde un imperio que tendría posesiones en Europa, América y Asia. Normalmente, en las escuelas no nos concientizan de este trascendente momento de la humanidad.
Segundo. La conquista de Tenochtitlán en 1521, mediante la alianza con todos los enemigos de los tenochcas, produjo la interacción entre culturas absolutamente asimétricas: la indígena americana, perteneciente a un estadio neolítico avanzado, y la europeo-española, uncida a un periodo histórico que recién comenzaba: el Renacimiento.
Hernán Cortés, con estancia en la Universidad de Salamanca, desarrolla un pensamiento diferente. Es un hombre de una nueva época. Si hubiera actuado como un conquistador feudal, las cosas habrían sido distintas. Sobre él se cierne la conjunción de teólogos, juristas y universitarios del siglo XVI que marcaron diferencia al conceptualizar, con nuevos parámetros, la relación entre los indígenas y el Imperio español. No hubo genocidio. El nacimiento del humanismo produjo, a través de Francisco de Vitoria, la creación del derecho internacional y la doctrina de la Guerra Justa. Se expiden las Leyes de Indias, que sí se cumplieron. Los reyes de la Casa de Austria no jugaban a ser monarcas.
Tercero. Mesoamérica era una sociedad equiparable con Egipto o Mesopotamia hacia 2500 a.C. Sus avances eran extraordinarios dentro del aislamiento en el que se encontraba, en un continente totalmente incomunicado del resto de la humanidad. Sus condiciones eran especiales y el desarrollo de su pensamiento religioso admitía el sacrificio humano y la antropofagia ritual. Su arquitectura, pintura, escultura y poesía fueron esplendorosas.
Síntesis. Lo verdaderamente excepcional es la amalgama de ambas culturas para dar como resultado un mestizaje y un proceso de intercambio y conocimiento mutuo que debe ser comprendido por españoles y mexicanos. Son trescientos años de luces y sombras que deben estudiarse en las escuelas y resguardarse de las lecturas —siempre interesadas— de los políticos, constructores de falacias.
Guatemala 24 es el contrapunto de un edificio icónico situado en la calle de Justo Sierra 16, a solo una cuadra del Tzompantli: el Colegio de San Ildefonso, tesoro arquitectónico de nuestra cultura, que almacena arte novohispano, del primer México independiente, de la Reforma y murales del siglo XX, preservado gracias a ser una joya de la Universidad Nacional Autónoma de México. La noble edificación representa fielmente nuestro encuentro cultural y genético. Un hecho que enriquece a la convivencia humana, no la denigra.
Guatemala 24
No es un secreto, pero sí un discreto hallazgo arqueológico que confirma los relatos del propio Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo, Andrés de Tapia y Bernardino de Sahagún, entre otros.