Cuando me enfrenté por primera vez a la posibilidad de comprar un coche usado aprendí una frase decisiva, “Sólo ha tenido un dueño”, la garantía de que el coche era la rotunda expresión de una persona y no había pasado por promiscuos temperamentos.

Cincuenta años después trato de vender un coche y compruebo lo mucho que ha cambiado la transacción que antes fue sencilla (si te ponías de acuerdo, el propietario se apoyaba en la cajuela y endosaba la factura). Las estafas y los asaltos son tan comunes que el gobierno ofrece espacios para que la compraventa se haga en presencia de policías.

Durante trece años mi coche ha tenido un solo propietario. Esto, que antes era una virtud irrefutable, es diferente en una época donde los avances psicológicos ofrecen diagnósticos cada vez más precisos y diversificados. En efecto, mi coche sólo tuvo un dueño, pero la pregunta es: ¿qué clase de dueño?

Un conocido se interesó por el auto, apreció el exiguo kilometraje y el estado del motor, pero al revisar la carrocería dijo: “Lo tiene que ver Manuel”. Pensé que se trataba de un hojalatero de su confianza, pero, con esa frase, entré en contacto con un sorprendente giro de trabajo.

Manuel no tenía taller mecánico; nos citó en el Parque de los Venados, donde corre en las mañanas. Su ropa deportiva y la elasticidad con que se movía hacían pensar en un entrenador. Revisó el coche en posturas incómodas; estuvo largos minutos en cuclillas, sacó de su mochila un mat de yoga y se tendió en el suelo para revisar el chasis.

Antes de que opinara sobre el estado del coche, le pregunté por su formación. No tenía nada que ver con la industria automotriz. Había estudiado Psicología y cursado una maestría en Semiótica en París, donde escribió una tesis sobre El sistema de los objetos, de Jean Baudrillard. Me sentí orgulloso de que alguien tan culto revisara mi auto.

Al regresar a México, Manuel utilizó su conocimiento de los signos para hacer exitosas campañas de publicidad, pero se cansó de promover productos por atributos que no siempre eran reales. “Esto es distinto”, comentó mientras acariciaba el cofre.

Le pregunté a qué se refería. Sacó un termo de su mochila y tomó un par de sorbos que parecieron reconfortarlo. “Ginkgo Biloba”, informó y me vio a los ojos para decir: “Estudio personalidades a partir del uso de los objetos. Me harté de la publicidad porque debía inventarles virtudes a las cosas: ahora analizo gente real”.

La última frase me preocupó un poco porque la “gente real” era yo. En forma defensiva, sospeché que podía tratarse de alguien no muy confiable. El mundo está lleno de actividades new age. Recordé a una persona que practica la telepatía veterinaria: si le das la foto de tu gato, promete curarlo desde su casa. El oficio de Manuel podía ser igual de incierto.

“¿Tienes macetas en el garaje?”, preguntó de pronto. Señaló una huella que, en efecto, provenía de la maceta que quebré al salir con demasiada prisa. “El coche tiene señas de arrebatos; ¿te desesperas con frecuencia?”. No contesté y él lo tomó como una aceptación.

“No hay rastros de colisiones fuertes”, prosiguió, “pero se ve que te descuidas con facilidad: mira nomás”, mostró un rayón: “por la altura, se ve que rozaste una moto: ¡cambias de carril de manera impulsiva!”. Después de una pausa meditabunda, continuó: “No siempre te aceleras; el mayor problema es la indolencia con que tratas el coche; el chasis tiene óxido, como si hubieras pasado por un río, pero alguien con tan poco kilometraje no pasa por ríos: se te olvidó limpiar las hojas que caen sobre la carrocería y los desagües se taparon. No te gusta usar el coche, piensas poco en él, pero cuando lo tomas te desesperas con facilidad. ¿La puerta de tu garaje es café?”. No tuve que contestar para que él dijera: “Hay tres marcas del mismo color: pequeños golpes contra un obstáculo recurrente; por el lugar y el ángulo, diría que le pegas a la puerta al entrar a tu casa, no al salir: tienes demasiadas ganas de liberarte de lo que pasa en la calle. Te doy un consejo: no deberías manejar”.

“Por eso estoy vendiendo el coche”, me limité a decir.

El análisis psicológico me descartaba como propietario; aunque los desperfectos de la carrocería eran leves, integraban una enciclopedia de la neurosis.

Pensé que ante ese diagnóstico el comprador rebajaría su oferta.

Prefirió buscar otro coche.

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