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Cada 14 de junio, el planeta conmemora el Día Mundial del Donante de Sangre y, en este año, la campaña internacional se enmarca con una frase sencilla pero poderosa: “Una gota de humanidad: donemos sangre, salvemos vidas”.

La imagen es evocadora, pues sugiere que incluso el acto más pequeño puede cambiar el destino de una persona. Una sola donación puede sostener un evento quirúrgico, acompañar a un tratamiento de cáncer, salvar a una mujer con hemorragia obstétrica o darle una chance de subsistir a un recién nacido. Desde este punto de vista, la campaña tiene toda la razón: una sola gota de humanidad, puede hacer la diferencia.

Sin embargo, en nuestro país esta frase obliga a formularnos una pregunta incómoda: ¿si una gota basta, por qué seguimos sin alcanzar un sistema de donación de sangre seguro y sostenible?

Durante décadas, estimado lector, hemos escuchado una explicación sumamente conveniente: “el problema es la falta de altruismo, solidaridad y conciencia social de los mexicanos”. Esta afirmación es atractiva, porque desplaza la responsabilidad del Estado a los ciudadanos y libera a sus instituciones de la obligación de preguntarse qué están haciendo mal. Por ello, se nos dice una y otra vez que necesitamos una población más “comprometida”, “generosa” o “consciente” de la importancia de donar sangre. 

Sin embargo, como en otros rubros sanitarios, los datos tienen esa desagradable costumbre de arruinar los discursos cómodos de las autoridades sanitarias, pues año tras año, cientos de miles de mexicanos (millones incluso) acuden a donar cuando un familiar, amigo o persona cercana lo necesita. Lo hacen sacrificando tiempo, recursos y comodidad personal. Acuden porque entienden perfectamente el valor de la sangre cuando la enfermedad, el accidente o la tragedia han golpeado de cerca.

Por ello, si la sociedad mexicana fuera realmente indiferente, los servicios de sangre y hospitales habrían colapsado desde hace años. Sin embargo, los donantes se hacen presentes y están ahí cuando una madre necesita una transfusión obstétrica, cuando un pequeño requiere tratamiento o cuando una cirugía depende de ellos, es decir, aparecen cuando la vida de alguien cercano está en riesgo.

Las gotas de humanidad ahí están. Siempre han existido. Lo que no aparece con la misma frecuencia es la capacidad de las instituciones para conservar ese vínculo una vez que la emergencia termina y es ahí donde reside el verdadero problema, pues nuestro sistema no ha sido capaz de construir un marco que reúna esas gotas de humanidad, las conserve y las haga regresar. Porque el desafío no es solamente conseguir una donación, el reto es conseguir la siguiente, y la siguiente, y la siguiente.

Se ha confundido la promoción de la donación con una política pública de sangre y también se ha convertido una responsabilidad institucional a una mera exhortación moral, donde el Estado deposita sobre los hombros de los ciudadanos una carga que le corresponde, porque, estimado lector, una política pública en salud, la seguridad transfusional y la suficiencia de sangre no pueden depender únicamente de la buena voluntad espontánea de la población, es decir,  un sistema de sangre no puede sostenerse únicamente mediante llamados periódicos al altruismo.

La experiencia internacional es demostrativa de que el éxito no es encontrar poblaciones “más generosas”, sino el desarrollar mejores mecanismos de reclutamiento, educación, comunicación y retención de donadores. Y justo aquí estas diferencias conceptuales pegan mucho, pues las donaciones aisladas, en efecto, resuelven las necesidades inmediatas, pero un donante que regresa durante muchos años es quien realmente transforma el sistema de salud.

Por ello, quizá la frase que mejor resume el desafío mexicano no es la que habla de que una gota de humanidad es capaz de salvar una vida, sino una más antigua: “la gota perfora la piedra, no por la fuerza, sino por la constancia”. 

No necesitamos grandes olas de donantes ocasionales. Requerimos gotas que regresen una y otra vez. Necesitamos que quien dona hoy, lo vuelva a hacer varias veces por año, que quien tuvo una experiencia positiva se transforme en un donante de repetición, que quien conoce el proceso se vuelva promotor en su comunidad. Necesitamos establecer relaciones duraderas entre las instituciones y los ciudadanos y no encuentros esporádicos motivados solo por emergencias. 

Y, para ello, estimado lector, se requiere algo más que campañas conmemorativas: se requiere planeación, financiamiento, comunicación estratégica, seguimiento a indicadores, investigación, evaluación constante, liderazgo institucional y gobernanza. Porque cada año asistimos al mismo ritual, aunque cambien los carteles y los eslóganes, y siempre tenemos los mismos resultados, pues parece que hemos llegado a creer que repetir una estrategia por suficientes años terminará por convertirla en exitosa. Esto es demencial. Hacer una y otra vez lo mismo esperando resultados distintos no es perseverar, es conformismo, negación y aceptación silenciosa del estancamiento. 

Es momento de recordar que la sangre es un recurso estratégico para cualquier sistema sanitario, incluso tema de seguridad nacional y que los recursos estratégicos no se gestionan mediante deseos, exhortaciones o campañas conmemorativas. Se gestionan mediante políticas públicas sensatas y, pretender lo contrario, equivale a gobernar y esperar que la buena voluntad ciudadana haga el trabajo que corresponde a las instituciones.

Que quede claro: la sangre no falta por ausencia de humanidad, falta por la voluntad de construir un sistema que sea capaz de aprovecharla. Durante años hemos actuado como si el problema fuera convencer a los mexicanos de donar, pero los mexicanos ya donan e incluso lo hacen a pesar de un sistema fragmentado y fracasado. 

Quizá, ha llegado el momento de abandonar la cómoda ficción de atribuir nuestra realidad a un déficit moral, porque, las gotas de humanidad existen, siempre han existido. Lo verdaderamente escaso ha sido la capacidad para que regresen una y otra vez, hasta perforar la piedra.

* Médico Patólogo Clínico. Especialista en Medicina de Laboratorio y Medicina Transfusional, profesor universitario y promotor de la donación voluntaria de sangre.

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