Hace 250 años empezó un experimento político inusual. En una era de imperios y linajes, un grupo de hombres profundamente distintos entre sí aspiró a fundar un país –uniendo a 13 colonias independientes y diferentes– partiendo de la premisa de que el poder debía desconfiar de sí mismo.
Hoy muchos cuestionan el término “excepcionalismo” por considerarlo arrogante. Estados Unidos no ha sido excepcional porque sus ciudadanos sean moralmente superiores, o por tener una historia inmaculada. Lo es porque sus instituciones nacieron de una lúcida comprensión de la naturaleza humana.
Los Padres Fundadores no diseñaron un sistema para gobernantes virtuosos. Hicieron lo opuesto. Entendieron que el poder atrae a gente ambiciosa –y falible– y que éste corrompe. Por eso construyeron un gobierno lleno de contrapesos, con separación de poderes, federalismo, libertad de expresión y un sistema judicial independiente. En cierta forma, la Constitución de EU es un monumento a la desconfianza hacia quien gobierna.
En 1776 esa visión era revolucionaria. El mundo estaba dominado por monarquías y privilegios hereditarios. Mientras Europa discutía quién gobernaría por derecho divino, EU apostaba por una idea radical: que el individuo debía estar por encima del Estado. Que en éste residía la soberanía y que el gobierno existía para proteger sus derechos, no para concederlos.
Ese diseño institucional explica mucho de lo que pasó los siguientes dos y medio siglos. Ninguna economía ha innovado tanto. Ningún mercado de capitales ha financiado más ideas. Ningún país ha atraído tanto talento de otras partes. EU no se convirtió en potencia por su antigüedad o recursos naturales. Lo logró construyendo un ecosistema donde el talento podía florecer independientemente de apellido, origen o religión. Esa meritocracia nunca ha sido perfecta. Esclavitud, segregación racial y muchos episodios de discriminación forman parte innegable de su historia. Pero en esa capacidad de corregir y proteger instituciones está su fortaleza.
Mucho de lo logrado proviene de ser un país de inmigrantes. En 2025, 231 de las 500 empresas más grandes de EU habían sido fundadas por éstos o por sus hijos: Apple, Amazon, Google, Nvidia, Tesla y muchas otras que hoy definen la economía mundial. Lo mismo ocurre con las universidades. Según el Times inglés, 21 de las 50, y 7 de las 10 mejores del mundo, están en EU. Concentran una proporción descomunal de la investigación científica mundial, producen muchas de las patentes más valiosas y atraen a cientos de miles de jóvenes extranjeros cuya diversidad enriquece su economía, empresas e innovación.
Con 4 % de la población mundial, EU representa 27 % del PIB, 41 % de los flujos internacionales de capital y 70 % de la capitalización bursátil global. Ese capital llega porque los inversionistas confían en que los contratos se cumplan, la propiedad privada se proteja y los tribunales funcionen. El Estado de derecho importa. La ausencia de éste, por ejemplo, hace que El Salvador, a pesar de los “logros” de Bukele que tantos celebran, tenga el menor nivel de inversión a PIB de la región.
Sí, Donald Trump pone a prueba los límites institucionales. Sus ataques contra jueces, universidades, medios y organismos autónomos nos recuerdan que incluso las democracias consolidadas no deben dormirse. Antes Andrew Jackson desafió a la Suprema Corte. Lincoln suspendió el habeas corpus durante la Guerra Civil y Nixon persiguió adversarios políticos hasta que Watergate lo tiró. Pero las instituciones resistieron y lo volverán a hacer.
La democracia es siempre la excepción. Lo natural es el autoritarismo. La libertad exige ciudadanos vigilantes; demanda prensa libre, jueces independientes, elecciones competitivas, oposición valiente y una sociedad que participe, cuestione y vote.
EU no merece celebrarse por ser perfecto. Lo merece porque demostró que se pueden construir instituciones más fuertes que los hombres que temporalmente las ocupan. En tiempos donde tantas democracias retroceden, quizá siga siendo el experimento político más exitoso que la humanidad haya intentado.