De la pila de libros que traje de la FILBO este año, tenía esta novela comprada a las carreras en el stand de grupo Planeta, y publicada por Seix Barral a finales del año pasado. Tuve la buena suerte de que el vendedor conocía en persona a la autora y esta se encontraba in situ. Para mi mayor sorpresa, por iniciativa de éste, me lo autografió de inmediato. Hace mucho dejé de cazar autógrafos en los libros, pues sigo convencido de que poseer grandes cantidades de unos u otros no te hace mejor lector. Sin embargo, las casualidades me abrumaron, parecía que esa novela me había escogido, porque además el tema boyacense, coincidía con los encuentros que adelantamos durante la FILBO con autores de ese estado. Tuvo preferencia entonces en la pila de lecturas, aunque la fui leyendo poco a poco en las noches antes de dormir, hasta no aguantar más y despacharla de un tirón. 

A partir de experiencias personales en el altiplano andino, Botero construye con gran naturalidad la vida de campo alrededor de un embalse. La trama se desarrolla a lo largo de un año, de una navidad a otra, enmarcada por el paisaje que, riguroso a veces pero generoso en su conjunto, arropa las vidas y decisiones de sus personajes, en su mayor parte mujeres. La vida sencilla en su vereda sin nombre mantiene una tensión constante por la envidia de Isidoro hacia Nardo, un pleito de machos en un ambiente regido por mujeres. 

Entronizada como pecado capital por el canon cristiano, la envidia se define como el sentimiento negativo de ira o tristeza por el bien ajeno en directa contradicción frente a la caridad. Ese sentimiento sombrío que bautizan la novela y un bar, se matiza con las dinámicas de sus demás protagonistas, la maestra rural recién llegada, Irene; el matrimonio de Rosa y Geranio; y la pobre Pacha con su hija, Simona. Mientras la animadversión entre los hombres genera el suspenso, la solidaridad y los cuidados de las mujeres dulcifican e impulsan hacia unos derroteros alejados de la tragedia y la desesperanza que puebla mucha gran parte de nuestra literatura actual. Botero no se empantana en los atavismos, los estereotipos y la violencia; dibuja con claridad, sin costumbrismos baratos, con una pluma cálida de notable altura estética. d

“Antes de que llegara Ventura, para ella la noche era el fin. Con él, solo es el principio. Se mete debajo de su pelo, que tiene huellas de sol, de lluvia, de polvo, y lo huele, respira a través de él. Se pierde en su mirada, un pantano profundo, con párpados grandes, de tortuga milenaria, blanda y acuosa. La noche se humedece entre sus dedos y su mapa de venas. El deseo los hostiga, es un mundo ebrio de lenguas carnívoras y cuerpos que se trepan. Ojos en blanco, ciegos, encandilados. Morir y, aún así, abrir la boca.”

Recuerdo ese famoso eslogan de un champú colombiano que sirvió a muchos de guía moral a finales de los ochenta: Envidia es mejor despertarla que sentirla. Aquí una obra que en su apacible apariencia esconde una literatura transformadora, de una gran fuerza ética, capaz de despertar la envidia de muchos.   

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