Recordarán que en pleno epicentro del Amlato hubo dos eventos diseñados a encamionar a los vecinos al norte del Bravo y al mismo tiempo acercar a México con la Rusia de Putin. Uno fue invitar a un destacamento militar ruso a desfilar junto con nuestro Ejército un 16 de septiembre. Y el otro, organizar un homenaje al Embajador ruso en el Congreso, justo tras la invasión rusa a Ucrania.

Esto fue lo aparente: años después, nos enteramos de que en el 2022 el entonces Jefe del Comando Norte norteamericano (Northcom), general Glen Van Herck, reveló al Capitolio que la agencia de espionaje rusa GRU tenía en México su mayor base de espionaje del mundo.

Nos enteramos también que el Gobierno del Ayatola de Palenque se comprometió con el Gobierno de Joe Biden a informarle respecto a cada diplomático que los rusos acreditaban en México. No obstante, la CIA reveló que cuando menos 24 diplomáticos rusos destacados en la Embajada rusa en México eran espías.

Obvio, este asunto es considerado por el hoy Gobierno de Donald J. Trump como poco amistoso de nuestra parte. Como poco amistosa ha sido la respuesta de la presidenta Sheinbaum al Director de la DEA, Terry Cole, cuando éste dijo que EU iría por los políticos corruptos que ayudan a los cárteles. Nuestra presidenta respondió afirmando que la DEA “tenía muchísimo trabajo que hacer en su propio País”. De manera indirecta, pues, le insinuó a Cole que no sea metiche y que se dedique a lo suyo.

Mientras, se han reanudado las pláticas en torno a la renegociación del Tratado de Libre Comercio, con la esperanza -por lo menos del lado mexicano- de que el tema de los cárteles y los narcofuncionarios no se cuele hacia la arena de las negociaciones comerciales. Del lado norteamericano hay -igualmente- justificado interés por llegar a un acuerdo feliz que restablezca la simbiosis que alguna vez existió entre ambas economías. Lograrlo sería lo ideal. Lo que no es tan seguro es que el constante enfrentamiento, las disonancias del Gobierno mexicano con el Gobierno de Trump, sea la mejor manera de hacerlo.

Hace semanas el propio Trump declaró que “no le interesaba” un acuerdo comercial ni con México ni con Canadá. Expresó que “ellos nos necesitan más a nosotros que nosotros a ellos”. La veracidad de la aseveración realmente no importa, Trump es un hombre de caprichos, de manera que sus dichos indican, más que una realidad, una intención.

Muestran qué tan lejos está dispuesto a llegar con tal de salirse con su capricho.

Sheinbaum, por su parte, ha tomado una postura lógica: afirma que hay muchísima integración económica y que dispensar de ella sería malo para unos como para otros. Claro que tiene razón la apreciable Dama, solo que Mr. Trump no se guía por la razón. A él lo conduce en sus acciones la tripa. Tiene de las relaciones de Estados Unidos con sus socios comerciales una idea egocéntrica: siempre ha creído que nosotros no hemos hecho otra cosa más que tomar ventaja de EU: o sea, les vendemos mucho y les compramos poco.

Le encamiona, por ejemplo, que las armadoras automotrices norteamericanas hayan trasladado su producción a México, aprovechando mano de obra calificada y menos cara. Él quiere que los coches se fabriquen en Estados Unidos y a los que no, les aplicará elevadísimos aranceles para restarles competitividad.

A lo que vamos es que entramos con Estados Unidos en una negociación en la que quien tiene la última palabra, Trump, no se basa en lógica o números. Él tiene una agenda propia basada en caprichos y preferencias, que nada tienen que ver con la “integración” a la que le apuesta nuestra presidenta. El resultado, por tanto, no se definirá en la mesa de negociaciones, sino fuera de ella, en los terrenos de los intereses políticos y personales de Trump.

Es por esto que contraproducente resultará enfrentarnos con él directamente: a este Miura hay que torearlo a capotazos y llevarlo a que se dé de topes con el burladero. Pararse en medio de la plaza y recibirlo a puerta gayola suena muy valiente, pero resultará una estrategia muy tonta… y peligrosa.

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