No es para nada coincidencia: tanto Daniel Ortega, en Nicaragua, para justificar eliminar las elecciones y permanecer en el poder per saecula saeculorum, como la Presidente Sheinbaum justificando la Ley Censura, afirman no hacer otra cosa que ejercer la “voluntad del pueblo”.

Que ellos hacen -afirman- lo que el pueblo pide, lo que el pueblo demanda, que todo es para el pueblo. Claro está, no está a la vista ningún mecanismo creíble y confiable que compruebe sean ellos los “representantes” del pueblo, como tampoco que hayan adquirido la facultad exclusiva de hablar y tomar decisiones a su nombre.

Normalmente el proceso que otorga tal facultad se llaman elecciones, pero en Nicaragua ya no habrá: como tampoco las ha habido en México recientemente como para que una mayoría clara, palpable, visible, se haya pronunciado por instalar un mecanismo que controle la libertad de expresión en los medios.

Al contrario: nuestra Constitución garantiza la libertad de expresión de forma absoluta, clara, sin peros, ni excepciones, ni límite alguno impuesto por una comisión patito controlada por la cuatroté que tiene que ver con telecomunicaciones, esto es Radio y TV; nada que ver con redes sociales ni prensa escrita.

No obstante, la censora mayor, la presidenta Sheinbaum, quiere extenderla a los medios escritos y redes sociales afirmando que ella no decidirá la aplicación de sanciones, sino que será la CRT; claro, no menciona que ellos mismos la controlan, como controlan el Judicial, el Legislativo, la SCJN de los Acordeones, y que desaparecieron las ONGs, la transparencia y la rendición de cuentas.

Además, ya existen en México leyes que rigen un ejercicio responsable de la libertad de expresión; los nuevos lineamientos son un sospechoso mecanismo redundante que le permitirá a la autocracia ejercer control sobre las opiniones vertidas y tener dientes para amenazar y castigar a quienes osen disentir o criticar al cuatroteísmo y a sus ministros de culto.

Esta gente cuatrotera siempre ha mentido: y como prueba hay un ejemplo reciente en el que -también- se usó el nombre del pueblo para atentar contra la democracia. Recuerden los argumentos para justificar “la necesidad urgente” de una “Reforma Electoral”.

Dijeron que “el pueblo” la solicitaba y que urgía porque las elecciones estaban saliendo muy caras. Necesario era, por tanto, reducir su costo. Adelantamos el reloj unos tres años, ¿y qué nos encontramos? ¡Que las elecciones del 2027, de medio término y que no son presidenciales, costarán un 35 % más que las del 2024!

Pide el INE, totalmente sometido, más de 13 mil 400 millones de pesos para las elecciones de Diputados, algunos Gobernadores y Alcaldes en el 2027. ¡Qué ahorro ni qué ocho cuartos! Puro pretexto para justificar acciones injustificables por antidemocráticas.

¡Exactamente igual a esta gastada muleta de que el “pueblo pide” una censura que se le encargará a la CRT aplicar; organismo -nada independiente- que seguramente seguirá consignas de quienes ejercen hoy el poder. O sea, de los mismos que encarcelan a inocentes mientras dejan libres a los culpables, de quienes hacen campear en México la impunidad, de quienes se han ganado la burla de Presidentes extranjeros, como Trump, quien se refirió a México como “méjijo”.

No son estas gentes de la cuatroté democráticas, nunca lo han sido, fueron primero priistas o perredistas, y luego se tomaron el Kool-Aid convirtiéndose en seguidores del Reverendo de “La Chingada”, quien se propuso -y ya lo logró con la ayuda de la Arquitecta de su Segundo Piso- destruir el andamiaje del México emergente, del que estaba ya colocado para trepar al Primer Mundo, ello para sumirlo de nuevo al tercero con el fin de controlarlo todo: las dádivas y contracción económica para generar dependencia, la ubicuidad económica del Gobierno para instigar patronazgos y la adopción de una simulación populachera para esconder el enriquecimiento y la corrupción de gente cercana a él con mecanismos repugnantes como el huachicol fiscal, sin faltar una militarización absoluta para borrar a las instituciones civiles y convertirse él en un “Generalísimo” todopoderoso.

Por ese camino transitan: tocará a la sociedad mexicana decidir qué tanto los dejan avanzar.

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