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Si la catedral estuviera en venta, como ha sucedido en Europa, nadie la compraría por sus metros cuadrados de construcción, su altura o el grosor de sus muros. Seguramente, el atractivo radicaría en el flujo de limosnas y en el santito milagroso que las genera. Lo mismo ocurre con una empresa. Su valor es distinto de la suma de todos sus activos tangibles registrados en el balance. Estos representan apenas una parte de la historia.

Una empresa puede poseer activos considerables y otra, por el contrario, contar con menos bienes materiales y ser extraordinariamente más atractiva para los inversionistas. La razón es simple: una cosa es el valor de los activos de una empresa y otra muy distinta su capacidad para crear valor.

La diferencia no es un simple juego de palabras. Una empresa con valor es aquella que posee la capacidad de generar flujos constantes y suficientes para pagar a proveedores y accionistas, además de reinvertir en su crecimiento. No se define por lo que tiene, sino por su capacidad de producir beneficios en el futuro.

Recuerdo que, en León, era común escuchar a los banqueros decir: “empresarios ricos, empresas pobres”. La expresión surgía porque muchos dueños retiraban prácticamente todas las utilidades para comprar el Galaxy de lujo, el Crown Victoria y la villa en Acapulco, en lugar de reinvertir en maquinaria, tecnología y capital.

La frase describe una realidad frecuente. Negocios que generaban recursos suficientes para enriquecer a sus propietarios, pero que invertían poco en fortalecer su estructura, innovar o prepararse para enfrentar la competencia futura. En apariencia eran exitosos; en el largo plazo, sin embargo, su fragilidad terminó por desaparecerlos.

Por ello, las empresas más apreciadas son las que generan flujos de operación crecientes y sostenibles, es decir, aquellas que crean valor económico al obtener rendimientos superiores a su costo de capital (WACC). En cambio, una empresa que obtiene rendimientos inferiores, aunque registre utilidades contables, en realidad destruye valor.

Esta diferencia explica por qué algunas compañías alcanzan valuaciones extraordinarias, mientras que otras, aún con más activos, valen menos. El mercado no remunera únicamente lo que una empresa posee, sino lo que es capaz de producir en el futuro. Por ello, la pregunta ¿cuánto vale mi empresa? no puede responderse solo conociendo el valor de sus activos. El valor surge cuando esos activos generan flujos de efectivo crecientes en el tiempo.

Por esa razón, los métodos de valuación ponen especial atención en la capacidad futura de generación de efectivo. Lo que realmente busca conocer un inversionista es cuánto flujo podrá producir la empresa en los próximos años y qué tan probable es que esos resultados se materialicen.

La lógica es sencilla. El valor económico de cualquier inmueble depende de los beneficios que será capaz de generar en el futuro. Una empresa no es la excepción.

Desde esta perspectiva, conceptos como la calidad directiva, la reputación de la marca, la posición competitiva, la capacidad de innovación y la lealtad de los clientes, adquieren una relevancia extraordinaria. Son activos que rara vez aparecen reflejados en los estados financieros, pero que con frecuencia explican una parte importante del valor de mercado de una empresa.

Al final, toda valuación es un ejercicio de expectativas. El vendedor piensa en el valor mínimo que estaría dispuesto a aceptar por su negocio; por su parte, el comprador intenta determinar el máximo que puede pagar sin comprometer la rentabilidad de su inversión.  Precio es lo que pagas y valor es lo que recibes.

En última instancia, los activos construyen una empresa, pero son los flujos futuros los que construyen el “Good Will”. Así, el precio de una empresa no puede ser superior al costo de obtener beneficios equivalentes, con el mismo nivel de riesgo, mediante una inversión alternativa. 

Una empresa crea valor cuando el rendimiento sobre el capital invertido, ROIC, supera al costo promedio ponderado de capital, WACC. Cuando ocurre lo contrario, podrá generar utilidades contables, pero no valor económico. Los edificios y activos son importantes, pero sólo en la medida en que contribuyan a generar flujos de efectivo presentes y futuros. ¿Tu empresa crea valor o lo destruye? 

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