Al fin pude identificar la palabra adecuada para definir lo que nos sucede cuando usamos las redes sociales sin límites. La atención se fragmenta, se divide en decenas de imágenes y sonidos provenientes de múltiples temas. Entrar a YouTube, Instagram, Facebook, X y TikTok es ingresar a un castillo donde se sirve un buffet.

Lo mismo sucede con publicaciones periódicas, conciertos y sitios que reclaman nuestro tiempo con tentadores temas políticos. También pasa en la computadora en la que trabajamos o en las tabletas. El problema es la distracción y la adicción. Basta con ver a familiares y amigos “pegados” a su celular en reuniones en las que antes todo era conversación. No me excluyo de ese vicio que podemos y debemos vencer para retomar el desarrollo de nuestras metas familiares y profesionales. 

Un buen video de política puede durar entre 15 minutos y una hora. Una conferencia magistral de algún gurú de la ciencia y la tecnología no dura menos de tres cuartos de hora. Todo es apetecible; todo nos atrae, independientemente de lo que nos guste o disguste. El menú es infinito si se trata de música, transmisiones grabadas de podcasts o eventos de interés nacional.  Lo que nos obliga a dar clic ni siquiera es voluntario. Podemos intuir que existe un mecanismo de recompensa en nuestro cerebro, impulsado por la curiosidad.  Algo parecido a la irrefrenable tentación de saber qué ocurrió en un choque.  

El problema es la fragmentación. Si todo lo que leyéramos, escucháramos o viéramos fuera de un solo tema que nos ayudara a comprender mejor el mundo y nuestra realidad, valdría la pena dedicarle atención.  Sin embargo, la variedad es monstruosa. Lo mismo puede atraer un comentario sobre la última película que el descubrimiento de más refinerías de huachicol; qué decir de los memes que cargan la mano sobre nuestros políticos de uno y otro bando. 

Encuentro el primer escape de las redes en la cuenta del tiempo que se escapa entre las manos, durante largos periodos de “navegación”. En ocasiones abrimos un tema y, cuando menos pensamos, estamos en el siguiente, con una glotonería insaciable.  En algún momento quise seguir mis pasos por las redes y encontré decenas de caminos que se bifurcan sin cesar.  

Consciente de haber caído en el vicio, casi tan potente como el de otros, decido poner trancas al asunto. Paradójicamente, también encontramos el contraveneno en las propias redes.  “Aislarnos del teléfono, poco a poco. Primero, una hora; luego, dos; y, si aguantamos, hasta tres horas sin el celular.  

Apretamos los dientes para que no nos llegue el FOMO (fear of missing out), o el temor a no estar en la jugada. Tememos que nos llame alguien o que pase el tiempo sin leer los últimos mensajes en WhatsApp, donde podríamos encontrar una buena charla. Nos da miedo responder algunas horas más tarde o, de plano, hasta el día siguiente. Tememos ser maleducados. Como esto sucede a todo el mundo, el tiempo que pasa aferrado a su teléfono bien puede ser la mitad del tiempo de conciencia. 

El remedio está en leer temas integrales, definidos como libros, revistas o periódicos. Ver una película o una serie también es una vacuna. Lo mejor: trabajar absortos en nuestros empeños profesionales. El teléfono en el cajón mientras estamos en reuniones, mientras comemos en casa o en el restaurante. Es cuestión personal y social eliminar lo que nos dispersa, fragmenta y divide.

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