Durante años, Guanajuato dejó de ser el estado que presumía paz, trabajo y calidad de vida para convertirse en el símbolo nacional de la violencia. Encabezó, una y otra vez, las listas de homicidios dolosos, mientras ciudades como Celaya, León, Salamanca e Irapuato aparecían entre las más peligrosas del país.

No fue un fenómeno espontáneo. La violencia se incubó durante varios gobiernos federales, estatales y municipales que minimizaron el problema. Sin embargo, fue durante la administración de Diego Sinhue cuando Guanajuato alcanzó los niveles más dramáticos de inseguridad de su historia reciente. Mientras las cifras de homicidios rompían récords, la frivolidad y la soberbia del mandatario lo llevaron a un reduccionismo rampante: culpar a la Federación de toda la inseguridad.

Sin embargo, la Constitución dice exactamente lo contrario. El artículo 21 establece que la Federación, los estados y los municipios deben coordinarse para integrar el Sistema Nacional de Seguridad Pública. La coordinación no es una concesión política, es una obligación constitucional. Pero cuando prevalecen los egos, las diferencias partidistas o la soberbia, quienes terminan pagando las consecuencias son los ciudadanos.

Pero no cualquier persona soporta el poder y el dinero. Diego Sinhue ejerció el poder con una actitud soberbia y ramplona, más proclive a la descalificación que al diálogo. El llamado que el papa Francisco dirigió a los cardenales mexicanos bien podría aplicarse al exgobernador: “No se sientan príncipes; bájense de los carros de los faraones, aléjense de los infecundos clubes del cotilleo y las consorterías, empólvense los zapatos y atiendan a sus ovejas”. Sin embargo, al igual que aquellos cardenales, envuelto en un aire de grandeza, nunca escuchó las sugerencias ni los reclamos de la ciudadanía frente a la creciente inseguridad.

La confrontación sustituyó a la coordinación, y Guanajuato desperdició años valiosos mientras las organizaciones criminales ampliaban su presencia y su capacidad de fuego. La soberbia política suele tener un costo muy alto y, en este caso, se midió en vidas humanas.

Gobernar también exige inteligencia emocional. La gobernadora Libia Dennise, en lugar de levantar muros políticos, decidió tender puentes con la presidenta Claudia Sheinbaum. A diferencia de lo que ocurría antes, la coordinación entre ambos niveles de gobierno ha permitido que el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, y el secretario de la Defensa Nacional, visiten Guanajuato de manera recurrente. Los resultados comienzan a demostrar que la colaboración produce mucho más que la confrontación.

Los resultados publicados por AM reflejan importantes avances. Julio de 2026 registró el menor número de homicidios dolosos para ese mes desde 2017, y el acumulado anual. El promedio diario descendió de casi quince asesinatos a poco menos de cuatro. Nadie sensato puede afirmar que el problema está resuelto, pero tampoco sería intelectualmente honesto negar que ya existe un cambio de tendencia.

Por supuesto, la paz aún no se ha recuperado. Miles de familias continúan viviendo con miedo; persisten las extorsiones, las desapariciones, los robos y otras expresiones de la delincuencia organizada. Falta consolidar policías municipales mejor capacitadas, fortalecer las labores de inteligencia, depurar corporaciones y reconstruir la confianza ciudadana.

Pero existe una diferencia sustancial entre negar un problema y enfrentarlo; entre encerrarse en la soberbia de la autosuficiencia y reconocer que una crisis de esta magnitud exige la participación de todos los órdenes de gobierno. La coordinación no implica subordinación. Es, simplemente, inteligencia política y emocional puesta al servicio de los ciudadanos. Esa diferencia retrata el liderazgo de Libia y explica, también, el desprecio que hoy muchos expresan por Diego.

La historia demuestra que la soberbia rara vez produce buenos gobiernos. La inteligencia emocional, entendida como la capacidad de ponerse en el lugar del otro, escuchar, dialogar, construir acuerdos y corregir el rumbo, no es un signo de debilidad; es una forma de liderazgo. Libia lo ha entendido. Los resultados en materia de seguridad apuntan en la dirección correcta. 

Guanajuato perdió demasiado tiempo. Ojalá esa lección haya quedado aprendida. Porque, al final, los ciudadanos no califican a sus gobernantes por las florituras de sus discursos ni por la intensidad de sus confrontaciones. Los juzgan por algo mucho más sencillo: su capacidad para devolverles la tranquilidad de vivir sin miedo. Esa es la diferencia entre gobernar desde la soberbia y gobernar con inteligencia emocional.

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