Estar de viaje te permite mirar a las personas con más desfachatez y, a veces, sin ningún recato, escuchar conversaciones que no te importan. Inventar y suponer forman parte del juego.

Así fue como reparé en la señora de la mesa catorce. Llegó cinco minutos antes de la hora convenida. Lo deduje por la forma meticulosa en que acomodaba la servilleta, miraba el reloj y volvía a acomodarse el cuello de la blusa, estirando después el borde de la falda. Sacó el teléfono, fingió revisar algún mensaje y lo guardó de nuevo. Sus labios temblaban ligeramente; entonces se retocó el labial, como quien necesita sentirse lista para algo más que un encuentro.

La hija apareció unos minutos después. El parecido entre ambas era innegable. Se abrazaron con esa mezcla de cariño y prisa que parece distinguir a quienes se supone se conocen demasiado.

  • ¿Cómo estás, mamá?
  • Muy bien, hija.

No le creí.

No porque la conociera, sino porque, al sentarse, hizo un gesto imperceptible de dolor. Tal vez era el estómago, la ciática o simplemente el cansancio. Tampoco era una gran mentira; parecía una de esas mentiras diminutas con las que intentamos evitar que quienes amamos se preocupen.

Hablaron del trabajo, de quién recogería a los niños y de lo insoportable que resultaba el calor de agosto. La hija se marchó; parecía agitada. Le dio un beso fugaz y quise imaginar un «gracias por estar siempre».

La mujer permaneció sentada. Frente al lago, bajo la sombra del castaño, la tarde daba para algo más que un café apresurado. Miraba un punto perdido, como si repasara una conversación distinta de la que acababa de terminar. Tal vez recordaba algo que olvidó decir o pensaba en ese analgésico que aún no había tomado.

¿Cuántas veces esa mujer dejó de responder con sinceridad porque siente que no tiene derecho a ser mirada, a la gratitud del otro? ¿Qué día fue rutina sostenerlo todo sin pedir ayuda? ¿Dónde cuelga el relicario de medallas al valor de quien no se queja? ¿Cuándo ese «deja, lo hago» ya no fue fortaleza sino jaula? ¿Qué día se desdibujó en el paisaje? Quizá cuando descubrió que todos saben lo que hacía, pero hace mucho nadie la mira en quién es. Entonces se volvió imprescindible para la vida de los otros y tan prescindible para la suya.

Probablemente no fue un tema de egoísmo ni desdén de los suyos. Quizá fue esa insistencia de ir minimizando el cansancio, sonriendo y asumiendo cuando ya no se puede más, convencida de que el amor consiste en estar disponible. Renunciando, creyendo que así sería la buena esposa, mamá e hija; esa amiga inolvidable o la ejecutiva impecable.

Entonces pensé que la libertad no aterriza cuando los demás aprueban nuestras decisiones. Tal vez llegue el día en que dejamos de medir nuestro valor por la utilidad que damos a los otros y consentimos el cortísimo «no» para mirarnos al espejo sin sentir que nos mira una extraña.

En esas estaba cuando la señora de la mesa catorce se levantó. Nuestros ojos se cruzaron. Con toda la generosidad de la que fui capaz, la abracé con la mirada; creí que ya éramos amigas después de tan profunda charla. Mas me miró extrañada, se acomodó las gafas y salió. Ni siquiera me sonrió.

Mientras se alejaba, miré que un «estoy bien» puede pesar más que un kilo de plomo. Por lo que la próxima vez que escuche -o diga- el rápido «estoy bien», observaré las orillas del silencio.

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