Así se llama el programa del Club Rotario del Bajío que, junto con la Asociación Hope Haven West, consiguieron 280 sillas de ruedas personalizadas para 280 personas (niños, jóvenes y adultos) que las necesitaban.
Esto inició hace más de un año con el compromiso de promover y organizar la entrega… de lograr encontrar a 200 personas necesitadas de una silla especial. Solo esta entrega en sí ya es admirable… ¡Pero, además, personalizarlas es una labor increíble! Como ustedes sabrán, queridos lectores, ya el puro hecho de contar con una silla de ruedas normal puede significar una GRAN diferencia, tanto para la persona que la necesita como para sus familiares, puesto que puede moverse por sí solo y no lastimar físicamente a quienes tendrían que cargarlo para sus traslados o cualquier otra de sus necesidades…
Esto es esencialmente importante, sobre todo cuando la persona va creciendo. Aprendí con mi amiga Cachis Ochoa de Gallardo, quien ayuda a dirigir “Don Bosco sobre ruedas” en el Bajío, que existen otro tipo de sillas: la activa (que permite que la persona especial pueda ser más independiente) y la deportiva (que permite que pueda hacer algún deporte, pero que también se tiene que “personalizar” y adaptar al deporte y al tipo de lesión que tenga el usuario). Bueno, pues ahora nuestros amigos Rotarios me enseñaron que existe otro tipo: la personalizada para uso diario, adaptada al problema y a la unicidad personal de aquel ser especial.
Estuvieron durante meses buscando a los candidatos, yendo a sus casas dondequiera que estuvieran, midiéndolos, analizando sus situaciones… Consiguieron patrocinadores… Se sumaron a otras asociaciones… Se apoyaron en la Iglesia, en el DIF, con la radio… ¡Y así, no solo consiguieron 200, sino que llegaron a 280! ¡Una labor titánica que solo gente con un GRAN corazón puede llevar a cabo!
Y llegó la ansiada semana de las entregas… ¿Qué les puedo decir? ¡Se me hizo un nudo en la garganta al solo entrar al enorme espacio del Poliforum donde se hizo el evento! Ver aquel orden, aquella organización, aquel silencio respetuoso a pesar de haber muchos niños; ser recibida con una linda sonrisa y un abrazo de Ileana Navarro, de Vero Fernández y de Laura Díaz Infante (amigas del corazón y de tantos años), entre tantas otras personas que ayudaban… Poder recorrer con ellas, con Arturo Villaseñor, Guillo Liceaga y con Alejandro Morfín, los diferentes grupos donde se les estaban ya adaptando sus sillas a nuestra gente…
Ver familias completas superarregladas, listas para recibir la ayuda… Observar a unos “gringuitos” tirados en el suelo, o sosteniendo la cabeza o los pies de aquella niñita, aquel niñito al que le estaban personalizando su silla… Ver muchachos de la Universidad de Guanajuato como servicio social, ayudando a traducir y a hacer una App que ayudara… Ver mamás y papás, tíos, abuelos cargando a sus vástagos mientras les hacían los ajustes… Ver algunos que tristemente llegaron cargándolos porque ni silla de ruedas tenían… Ver que alguno no llegó porque Dios lo llamó o llamó a alguno de sus familiares… Observar cómo había un grupo de usuarios de sillas de ruedas del grupo “Asociación Acceso al mundo”, “Enchúlame la Silla” y “Autonomía Libertad en Movimiento (ALEM)” que estaban también cooperando en la personalización… ¡Fue en verdad conmovedor! ¡Qué increíble que exista gente así: dispuesta a dar de su tiempo, de su trabajo, de su dinero para mejorar la vida de otro ser humano, dondequiera que esté!
Porque luego, al platicar con Loony Davis, el jefe de “Hope Haven West”, resulta que han entregado más de 200,000 sillas en 28 países del mundo… Y son ellos mismos quienes las ayudan a personalizar, ¡wow, qué labor! La capacidad de servicio social que tienen los estadounidenses es una de las cualidades que más les admiro… Pero esto, sumado a la calidez humana, al valor de la familia y al cariño que ponemos los mexicanos en todo, fue de verdad algo asombroso. ¡Qué sinergia de voluntades! ¡Qué orgullo de la meta alcanzada! ¡Qué felicidad de las vidas que cambiaron para siempre!
La organización fue increíble y algo que también comentaron los gringuitos: todo limpio, ordenado, las listas de posibles usuarios, los estudios socioeconómicos; las sillas así como las refacciones necesarias, perfectamente ordenadas; las personas voluntarias trabajando muy coordinadamente; vaya, ¡hasta las fotos se hacían en orden! También organizaron comidas, traslados y hasta hoteles, porque fue para toda el área del Bajío; entonces había una familia Rotaria, los Escalante, únicamente encargada de dar desayunos y comidas a todos los usuarios y a todos los voluntarios durante los 4 días que duró el evento.
Otra de las cosas que también me llamó muchísimo la atención fue ver a los hijos de los Rotarios ayudando. ¡Qué fascinante ver cómo el ejemplo arrastra! Todavía recuerdo que de joven veía en el periódico las entregas de sillas de ruedas normales, de útiles escolares, de escuelas o anteojos que hacían los Rotarios de entonces, entre los que estaban los Villaseñor, los Liceaga, los Díaz Infante y muchos otros… Ver ahora las terceras y cuartas generaciones haciéndolo es ciertamente impactante.
¡Realmente fue algo MARAVILLOSO ver la entrega, el compromiso, el esfuerzo y la compasión (que significa acompañar con amor) puestos por toda la gente involucrada en lograrlo! ¡De verdad un GRAN ejemplo de vida! ¡Gracias por estos momentos de solidaridad y felicidad que tanto bien nos hacen como sociedad!
P. D. Con la noticia de que les quitaron la visa a los 3 hijos de Amlo… a ver si ahora la gente reflexiona.
RAA