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Las palabras no son inocentes, pues además de describir la realidad, determinan cuáles problemas vemos, qué soluciones imaginamos y hacia dónde terminaremos caminando. Por ello, resulta a veces tan cómodo utilizar palabras que todos creen comprender, pero que nadie se ha tomado la molestia de definir. “Calidad, Innovación, Transformación, Digitalización” son palabras que se pronuncian con harta solemnidad, se colocan incluso en títulos de conversatorios legislativos y, casi por arte de magia, parece que ya encontramos el rumbo.

Hoy le toca salir a escena a la “Salud Digital”. Todo mundo asiente cuando escucha esa expresión, pues nadie quiere parecer anticuado o “fuera de onda” preguntando qué demonios significa eso, porque suena a “moderna” y casi indiscutiblemente buena. ¿Quién entonces podría estar en contra de digitalizar la salud mexicana? Sería casi como declararse enemigo del progreso, de la computación e incluso del futuro.

El gran problema es que en esa etiqueta de “digitalización” cabe casi cualquier cosa: escanear expedientes, mandar resultados por PDF, instalar aplicaciones, dar consultitas por videollamada, comprar plataformas que no se comunican con ninguna otra o esas chuladas de software que sirven para capturar dos veces la misma información (del papel, a la computadora), es decir, todo puede presentarse como “Salud Digital”, siempre que nadie sea tan insolente como para solicitar una definición.

Pero, debe quedar claro: escanear un documento no transforma un sistema. Una receta que debe transcribirse y no puede interpretarse automáticamente, no es más que un papel luminoso. Un resultado de laboratorio enviado en PDF no es interoperatibilidad, solamente es correspondencia electrónica. Un expediente que no se puede comunicar con imagen, laboratorio, farmacia o cualquier otra institución y no integra información clínica, simplemente sustituye a un archivero metálico por una isleta informática más cara. Capturar el mismo dato en tres plataformas incompatibles no es innovación, es meramente mecanografiar el caos.

Además, aparece una paradoja: durante décadas la Ley de Moore describió el crecimiento casi exponencial de la capacidad de cómputo. Las máquinas avanzan a una velocidad extraordinaria, sin embargo, ninguna ley ha conseguido la capacidad institucional para comprenderlas, gobernarlas e integrarlas al mismo ritmo. Tenemos procesadores del siglo XXI, con instituciones del siglo XX y procesos administrativos y políticos del siglo XIX y a esa combinación le llaman “transformación digital”.

Otra ley, la de Amara, viene también a cuadro: tendemos a sobreestimar el efecto de una tecnología a corto plazo y subestimarlo a largo plazo. Suponemos que comprar un instrumento o instalar una aplicación transformará el sistema, pero, cuando no lo hace, concluimos que la tecnología fracasó. Nunca se nos ocurre considerar que quizá el fracaso consistió en conservar intactos los mismos procesos, incentivos, feudos institucionales y formas de tomar decisiones.

Una verdadera “transformación digital” exige hablar de identificación inequívoca de pacientes, datos clínicos estructurados, interoperabilidad técnica y semántica, terminología estandarizada, gobernanza de datos, trazabilidad total, privacidad, ciberseguridad, calidad de información y manutención de la continuidad operativa. Exige, sobre todo, demostrar que esa tecnología mejora las decisiones clínicas, resultados de sistemas sanitarios y la experiencia de los pacientes.

Es conveniente también distinguir algunos términos: “digitizar” es convertir información analógica en un archivo digital, mientras que “digitalizar” es el rediseño de procesos y “transformar digitalmente” es la reorganización total del sistema, su gobernanza y decisiones alrededor de información confiable e interoperable. Lamentablemente, esa transformación suele ser un procesador de textos vanagloriado, escaneo de documentos, el bautizo del proyecto como “digitalización” y toma de fotografía inaugural.

Al día de hoy, mientras que no tenemos idea siquiera de lo que significa la digitalización, la tecnología continuará avanzando y pronto alguien organizará otro foro legislativo sobre “salud cuántica”. Nadie sabrá definirla, obviamente, pero sonará todavía más moderna. Pondrán un presidium, varias mesas de trabajo, presentaciones con átomos flotando y alguna propuesta de creación de aplicaciones móviles. Es más, hasta tal vez se anuncie la “estrategia de salud cuántica” para conectar sistemas que ni siquiera han conseguido intercambiar correctamente el nombre del paciente.

Ese es el problema de las palabras mal definidas: permiten que multitud de personas estén publicamente de acuerdo sin siquiera haber entendido lo mismo. Por eso, antes de discutir como “digitalizaremos la salud”, habría que cometer ese acto revolucionario de preguntar: ¿Qué diablos significa digitalizar? ¿Qué problema sanitario pretendemos resolver? ¿Qué información debe intercambiarse? ¿Bajo qué estándares? ¿Quién responderá por la calidad y seguridad de los datos? Y, ¿Cómo se demostrará que la atención mejoró?

Si esas preguntas no pueden responderse, no existe una política de salud digital. Lo único que tenemos es una palabra “prestigiosa”, presupuestos potenciales y muchas personas fingiendo que entendieron lo mismo. 

Estimado lector: las palabras marcan los rumbos. Cuando una palabra está mal definida, también lo está el destino. Empecemos por definir las palabras, por amor de Dios, antes de que alguien le ponga el mote de “digital” a la fragmentación de siempre y pretenda vendernos el futuro con una presentación de PowerPoint.

*Médico Patólogo Clínico. Especialista en Medicina de Laboratorio y Medicina Transfusional, profesor universitario y promotor de la donación voluntaria de sangre.

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