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A Morena le urge una buena purga de los miembros involucrados en la corrupción del sexenio pasado y en la resistencia al cambio en el presente. Ahora nadie puede negar que el partido está dividido entre los leales a Andrés Manuel López Obrador y los fieles a la presidenta Sheinbaum. Esa fue y es la historia de los cambios de sexenio. 

Lo extraordinario es la cantidad de personajes metidos en problemas políticos y legales: gobernadores, secretarios de Estado y los hijos del expresidente. La presión aumenta cada día y estalla cuando Rubén Rocha Moya intenta regresar al gobierno de Sinaloa. Desde el principio se interpretó como una decisión tomada bajo el cobijo de AMLO. Legalmente, Rocha Moya tiene derecho a retomar el cargo para el que fue electo. En México no tiene ninguna acusación penal. Su impedimento es político. 

Los miembros de Morena que le habían ofrecido su apoyo, diciendo que “no estaba solo”, cambiaron de opinión en coro y lo abandonaron. Hubo una ruptura encabezada por la propia presidenta, quien no fue informada con antelación. Pronto comprendió el gobernador que tenía a todos en contra, empezando por los ciudadanos de su estado, agraviados por el caos criminal en el que viven. 

Por más que la presidenta Sheinbaum tenga gratitud para con López Obrador, no puede poner en riesgo la estabilidad de su gobierno y la del país al permitir que él tome el timón. Lo grave del asunto es la situación en la que se encuentra su hijo Andy, algo que trasciende incluso el poder de la propia mandataria. Andy está en manos del gobierno estadounidense. La suspensión de su visa es un indicio de que existe información importante sobre su conducta de negocios o sus relaciones con personas involucradas en actividades ilícitas. 

Como recomendaba Joseph Marie Córdoba Montoya, el consejero de Carlos Salinas de Gortari, la presidenta Sheinbaum debe romper con el pasado. Añadiría que debe hacer algo más: desprenderse de los duros del obradorato, hacer una verdadera purga. Ella no los necesita  y menos aún el país. La lista es larga y conocida: Adán Augusto López, Marina del Pilar Ávila, Rocío Nahle, Mara Lezama, Mario Delgado, Américo Villarreal y muchos más. Lo más duro para la administración sería tener un show como el que prometió el subsecretario del Departamento de Estado, Christopher Landau. 

Para encubrir a Rocha Moya y a otros, en Palacio comprendieron que no es posible imponer censura a los medios de comunicación ni a las redes sociales. Es un reto formidable frente a una nación que vive con plenas libertades desde hace más de 30 años. Estamos acostumbrados a la libertad e incluso al libertinaje que conlleva la posibilidad de que miles difundan su pensamiento sin censura en plataformas de internet.   

Durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, los medios de comunicación difundieron al menos ocho casos de gobernadores corruptos que fueron procesados.  Ahora hay más candidatos comprometidos con mafias o que se han enriquecido a la vista de todo el mundo. La publicación de Reforma sobre los viajes en jet privado de la gobernadora de Quintana Roo, Mara Lezama, es una pequeña muestra del enriquecimiento inexplicable de los políticos de Morena y de otros partidos. 

Es preferible que la purga venga desde Palacio a que sea inevitable por la información con la que cuenta el Departamento de Estado. Se necesitan agallas para hacerlo y puede haber consecuencias dentro de Morena, pero el fruto será el alineamiento total de sus militantes con Sheinbaum. Palenque debe quedar en el pasado, con todo y su nombre vulgar. 

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