En este espacio por casi 3 décadas, compartí experiencias de mis viajes a Cuba y de mi idealismo sobre la revolución, pero también, de su paulatino deterioro y fracaso. En estos días, se da el centenario del nacimiento de Fidel Castro, es decir, un siglo del natalicio del líder histórico de la Revolución Cubana y de crear una historia de un País girando alrededor de la personalidad de su líder. Fidel nació el 13 de agosto de 1926 en el oriente de Cuba. Encabezó la Revolución Cubana en 1959 junto cuando su servidor nacía y gobernó al país durante casi cinco décadas. Se eternizó en el poder y murió el 25 de noviembre de 2016 en La Habana a la edad de 90 años. Desplazó a otros liderazgos, incluido al idealista Che Guevara y al combativo Camilo Cienfuegos, para ser Fidel y sólo el, la revolución y creo a su alrededor esa idea de que encarnaba a la revolución.
Hay que reconocer que fue Fidel quien logró unificar la inconformidad popular, para que al final, las fuerzas revolucionarias cubanas entraran en La Habana tras lograr la caída del dictador Fulgencio Batista. Después, se erigiría como uno de los actores clave de la política internacional en plena Guerra Fría y ser referente de la izquierda latinoamericana del siglo XX y enemigo acérrimo de Washington, pero nunca pudo nunca hacer caminar a la economía que les diera de comer a toda la población. Hoy, 100 años después del nacimiento de su líder, la revolución languidece en una isla asfixiada por la escasez de combustible y constantes apagones, sumida en la peor crisis de sus casi siete décadas de historia.
Heredó a la izquierda latinoamericana, una manera de hacer poder: concentrar y eliminar contrapesos; hacer el socialismo con un partido político único y dejando solo en él, las decisiones y eliminando de hecho, a la democracia electoral. Por eso, para muchos, fue caudillo y también, un tirano. Fidel llegó al poder con la promesa de traer democracia y justicia social a un país que salía de siete años de dictadura. Tenía una enorme capacidad retórica con la que conquistó y movilizó a los miles de cubanos que confiaron en su promesa de cambio. Su figura y su legado, con luces y sombras, fueron la piedra angular del régimen cubano. Nunca quiso soltar el poder, pues la izquierda latinoamericana ha construido un completo nepotismo para mantenerse en el poder. Fidel por eso, dejó la presidencia en manos de su hermano Raúl, en 2008, e incluso después de su muerte, en 2016.
Cuba nunca llegó a celebrar elecciones libres. Con el triunfo de la Revolución, en 1961, Fidel puso como prioridad la alfabetización de toda la sociedad cubana, en especial de las zonas rurales en menos de un año, logrando un “país libre de analfabetismo”. Fui testigo de esa cultura enorme de los cubanos y su alta escolaridad, de sus estándares de salud y deporte, hasta que el sistema se fue deteriorando y los discursos largos y potentes de Fidel ya no tenían efecto en el ánimo de un pueblo hambriento y sin futuro. Era un orador privilegiado que cautivaba a las masas y que se llevó el mérito de pronunciar el discurso más largo de la historia: siete horas y cuarto ante el Parlamento cubano. Me consta que la gente soportaba las escaseces y la precariedad, porque siempre había la imagen del líder, el guía conductor, el hombre fuerte que fue capaz de sembrar una personalidad patriótica.
Fidel solo hablaba, no escuchaba. Aniquiló no solo la democracia, sino la productividad de la isla y en los noventa el “periodo especial” resultado de la caída del bloque de países socialistas, aceleró la crisis. Su hermano Raúl, que gobernó el país durante una década marcada por la apertura económica y el acercamiento a Estados Unidos durante el Gobierno de Barack Obama, tampoco pudo hacer algo frente al abismo. Fueron décadas en que muchos amigos migraron hacia otros países para salvarse de la crisis. No hay seres eternos. El hambre y las carencias despertaron a un pueblo culto y noble, que ya no quería oír discursos, sino saber de realidades. Fidel no pudo eternizarse como él quería. Sus cenizas recorrieron el país de extremo a extremo, desde La Habana hasta Santiago de Cuba, cuna de la Revolución y sus restos descansan en una discreta lápida de piedra en el cementerio de Santa Ifigenia. Pero no quiso liberar a un pueblo con ansias de futuro. Y a muchos nos robó también, la ilusión de que el socialismo podría traer el bienestar para las mayorías.