Historia 443
Esta es la historia 443 de 450 que te contaremos sobre León
En la tienda de fábrica, ubicada en un edificio neoclásico anidado entre los laureles de la estación de ferrocarril La Trinidad, los clientes salen con bolsas de tela negra perfumadas. Otros toman café en mesitas de cantera, bajo las copas de los árboles, rodeados de esculturas, macetones, vajillas y floreros. Entre el canto de los pájaros y la belleza de las piezas, es fácil caer en la tentación de romantizar la historia de Trinitate.
Pero si buscas un cuento de hadas, estás en el lugar equivocado. Esta es una historia de resiliencia.
La historia de Trinitate es mucho más que saber cuándo y cómo nació. Su creación no fue el principio ni el final: fue apenas un punto y coma en una gran aventura que aún continúa. Es el resultado de miles de acontecimientos y decisiones que la trajeron hasta aquí.

Trinitate no es un negocio: es un ser vivo, con corazón y necesidades.
Trinitate me habla y me dice lo que necesita: otro horno, prensas nuevas, otra tienda”, dice Graciela.
Un refugio entre flores y plantas
Graciela Orozco Pacheco nació en 1960, desde niña creció con la sensación de ser diferente, como si todos a su alrededor hablaran un idioma distinto al suyo. Muy pronto encontró refugio y fascinación en las flores y las plantas. Recuerda observarlas con detenimiento, maravillada por la forma de los pétalos y por la manera en que sus colores se mezclaban con la perfección de una pintura.
Su camino para convertirse en empresaria tampoco siguió una ruta convencional. No estudió en universidades prestigiosas ni obtuvo una maestría en negocios; tampoco terminó la preparatoria. Estudió para secretaria bilingüe y consiguió su primer empleo formal como asistente en Banca Serfin, donde, por primera vez, sintió que había encontrado su lugar.
Ahí descubrió que podía crecer ayudando a los demás, anticipándose a sus necesidades, manteniendo la mente abierta para aprender y dando siempre un poco más de lo que se esperaba de ella. Así pasó de ser secretaria a convertirse en supervisora de publicidad de la división centro.
Con lo aprendido en el banco y su sensibilidad natural para apreciar la belleza, decidió independizarse y abrir su propia agencia de publicidad, Gaiser. Su primera cuenta fue El Club Punto Verde, a la que más tarde se sumaron otras cuentas importantes.
En 1988, Graciela se casó con Juan Carlos Gómez. Como era habitual en aquella época, imaginaba que algún día dejaría de trabajar para dedicarse a su familia. Al terminar de construir su casa, viajaron a Tlaquepaque, la meca de las macetas, para elegir algunas piezas con las que decorarla.
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Un bazar de macetas
Al terminar la compra, las piezas ocupaban apenas medio camión. El vendedor les sugirió llevar más para llenarlo y aprovechar el flete. Ya de regreso en León, Graciela les dio acabados con sus propias manos para embellecerlas y, aprovechando su experiencia en publicidad, anunció en el periódico un bazar de macetas en su casa.
El bazar fue todo un éxito. Vendió las macetas que habían comprado de más y también las que originalmente estaban destinadas a su hogar. De aquella venta inesperada nació la idea de un nuevo negocio: La Macetería, ubicada en el bulevar Campestre.
En 1991, embarazada de su primera hija e inspirada por la película Ghost, con Demi Moore, Graciela comenzó a hacer sus propias macetas como pasatiempo. Su esposo le ofreció un pequeño horno que él ya no necesitaba y ella adaptó un taller en unas antiguas caballerizas. Allí, bajo la guía de un artesano de Dolores Hidalgo, empezó a aprender el oficio y a crear sus primeras macetas con la marca Renacimiento, como complemento a las que traía de Tlaquepaque para vender.
En 1994, la crisis económica mexicana golpeó a El Águila, la empresa de tejas que su esposo había fundado seis años antes. La construcción estaba paralizada y el negocio no lograba salir adelante.
‘Íbamos a perderlo todo’
Levantar la fábrica, equiparla y ponerla en marcha había tomado más tiempo del que habían previsto. Las tejas no salían bien, su patrimonio se había agotado y las deudas con los bancos crecían.
“La deuda era inimaginable”, recuerda Graciela entre lágrimas. Su casa, la de su cuñado y terrenos de otros familiares estaban hipotecados. El futuro de la familia y de la empresa pendía de un hilo.
Íbamos a perderlo todo”.
En medio de la tormenta, Graciela y su esposo voltearon hacia Estados Unidos como una posible salida. Abrieron una compañía en San Antonio, Texas, con la esperanza de encontrar un mercado para las tejas de El Águila. Pero los problemas de producción continuaban y, mientras tanto, la deuda en Estados Unidos crecía sin que tuvieran dinero para pagarla.
Desesperada por encontrar una solución, Graciela decidió enviar un contenedor con macetas de La Macetería para venderlas en viveros y así ayudar a cubrir los gastos.
En 1995, el banco dejó de prestarle dinero a El Águila y la situación se volvió todavía más difícil. “No teníamos ni para pagar el súper”, recuerda Graciela.
Buscando una salida, y sin experiencia en la producción de macetas a gran escala, decidió exponer en una feria en Dallas. Ahí consiguió su primera venta de mayoreo: un pedido de más de 12 mil piezas que representaba una venta de 25 mil dólares, y se comprometió a 40 días para entregarlo. Hasta entonces, producía alrededor de 200 macetas al mes.
“No sabía cómo le iba a hacer. No sabía facturar ni producir; no tenía empleados, ni luz, ni escritorio, mucho menos moldes. Pero necesitábamos ese dinero. Estaba aterrada. No podía no cumplir”.
De regreso en León, contrató a mujeres de la comunidad y armó mesas de trabajo con ladrillos y tablas. Su escritorio era una cubeta. Trabajaron día y noche, pero al llegar el plazo de entrega todavía faltaban varias quemas para completar el pedido.
Graciela no se atrevía a decirle al comprador que no saldrían a tiempo. Entonces don Poncho, empleado de El Águila, se ofreció a solucionar el problema y, casi por arte de magia, el tráiler se descompuso. La semana que le tomó al chofer arreglarlo les dio tiempo para terminar las piezas y completar el embarque.
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Llega el éxito
Las macetas llegaron a Estados Unidos y sus diseños y acabados tuvieron una gran acogida. Pronto comenzaron a llegar más pedidos. Alentados por este éxito, incursionaron en los mercados de Europa, Australia, África y Sudamérica.
En 1996, mientras Graciela estaba embarazada de su segundo hijo, ella y Juan Carlos seguían buscando cómo salir adelante. Aunque las macetas se vendían con éxito en Estados Unidos, los ingresos no eran suficientes para saldar las crecientes deudas de El Águila. Entonces recibieron un aviso del banco: la empresa sería rematada.
Desesperados, buscaron préstamos, pero ningún banco ni empresario de León quiso ayudarlos. Para entonces, ya se sabía que estaban en bancarrota.
Sin tiempo que perder, Graciela recordó a Wendy y Steve, unos empresarios estadounidenses que había conocido en Nueva York durante una misión comercial de Bancomext, y les pidió ayuda. Para su sorpresa, aceptaron, pero el rescate tenía un precio muy alto.
A cambio, Graciela tendría que venderles sus macetas un 10 % más baratas que las chinas, entregarles el 10 % del valor de las ventas y, además, cederles el 15 % de su empresa.
Entre la espada y la pared, firmó un contrato por diez años, comprometiendo el futuro de la empresa que ella misma estaba construyendo. Durante una década, Graciela trabajó agobiada por los términos de aquella sociedad. “Me estaban matando”, recuerda.
Como una salida a las restricciones del contrato, Graciela comenzó a producir lo único que este le permitía: vajillas y esculturas bajo la marca Trinitate, que significa “trinidad” en latín.

Cuando por fin venció el contrato, Graciela tomó una decisión: no renovarlo. Estaba endeudada, sin clientes y sin certezas, pero prefería quebrar antes que pasar un día más trabajando bajo aquellas condiciones. Afortunadamente, para entonces El Águila ya había despegado.
Comenzó de nuevo y logró vender a grandes cadenas como Home Depot y Lowe’s. Sin embargo, pronto se encontró con condiciones similares: precios por debajo del costo, penalizaciones y pagos a 90 días. Al borde del precipicio, Graciela veía una última oportunidad para su empresa: abrir tiendas propias.
En retrospectiva, podría parecer una decisión obvia. Pero nada es obvio cuando se está creando algo que todavía no existe. ¿Quién habría apostado, entonces, por una tienda de cerámica con más de 12 mil productos?
Primera tienda-showroom
En abril de 2011, Graciela inauguró la primera tienda-showroom de Trinitate en Polanco, Ciudad de México. Dos meses después abrió la segunda en San Miguel de Allende. En menos de diez años, la marca también llegó a León, Guadalajara, Querétaro y Monterrey.
Hoy, Trinitate tiene diez tiendas, más de 300 empleados, exporta a Estados Unidos, Latinoamérica, Europa, Medio Oriente y Asia, y se ha consolidado como una de las empresas de cerámica más importantes de México.
“No obstante el panorama incierto, creemos, sabemos que crisis es oportunidad. De ahí nacimos nosotros”.
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