En aquellos días cuando era estudiante de Medicina, un profesor de Infectología (hoy convertido en un gran divulgador) nos explicaba las enfermedades transmitidas por alimentos con una frase imposible de olvidar. Cuando alguien enfermaba de diarrea por Escherichia coli o Salmonella, decía que “habían pedido sus tacos de caca”. Era una manera vulgar, sí, pero extremadamente precisa de explicar lo que se conoce como transmisión fecal-oral de agentes infecciosos.
En efecto, podemos adornar este concepto con términos como “contaminación cruzada”, “manipulación deficiente”, “fallas en la higiene” o “ruptura de la cadena sanitaria”, pero, al final, todo eso significa lo mismo: se permitió que la materia fecal llegara hasta la comida.
Hoy, muchos años después de esas clases, esa lección adquiere una dimensión grotescamente real en el Hospital General de México, pues un brote de gastroenteritis ha afectado a más de 100 médicos residentes y varias decenas permanecen en hospitalización. En los estudios microbiológicos realizados a los afectados se identificó Salmonella y en otros tantos coinfección con la versión enterotoxigénica de la Escherichia coli. El nosocomio reconoció la asociación temporal con los alimentos que proporciona el servicio subrogado del comedor, aunque, como ya es costumbre “se continúa con la investigación” para determinar la fuente especifica de contaminación.
Así el lenguaje oficial. Ese lenguaje que limpia y desinfecta incluso lo intolerable. Ese lenguaje Orwelliano que toma una calamidad y lo renombra como un “incidente”, cuando, traducido al leguaje de mi profesor, a los residentes les dieron a comer caca. Y no, estimado lector, no existe manera “decorosa” de decirlo, porque lo que ocurrió tampoco tuvo decoro. Esos médicos jóvenes que llevaban horas trabajando, cansados y hambrientos, acudieron al comedor de su hospital confiando en que su institución que les exige cuidar a los enfermos, sería capaz, por lo menos, de no enfermarlos a ellos. No estaban pidiendo ningún privilegio, ni una prestación suntuosa y mucho menos una cocina gourmet, simplemente esperaban que la comida no contuviera bacterias indicadoras de una cadena sanitaria convertida en excremento.
Afortunadamente, según los comunicados, los enfermos están “estables”. Vaya tranquilidad. Están estables después del dolor abdominal, la diarrea, el vómito, la fiebre, la deshidratación y la humillación de terminar hospitalizados por haber comido aquello que su propia institución les sirvió. Estables como si se pudiera así borrar lo sucedido. Estables como si enfermar a decenas de médicos fuera aceptable mientras ninguno se muera.
Debe quedar claro: aquí no basta con culpar al último eslabón como es el manipulador de alimentos, pues hay toda una cadena de contratación, supervisión, vigilancia sanitaria y responsabilidad directiva. ¿Dónde estuvieron los controles sanitarios? ¿Quién supervisaba al proveedor? ¿Cuántas señales de alerta y denuncias fueron ignoradas previamente? ¿Quién firmó, quién verifico y quién cobró? Es menester investigar incluso si hubo corrupción, pues la negligencia institucional ya dejó decenas de cuerpos enfermos.
Desafortunadamente, y volviéndose una mala costumbre, puedo asegurar que no va a pasar nada. Probablemente se sancione o se cambie al proveedor, se emitan más comunicados, se integren nuevas carpetas de investigación y se anuncien medidas correctivas, mientras que los responsables esperan a que el asunto se vuelva rancio, olvidable o sea sustituido por otra calamidad que robe la atención. Seguramente, la responsabilidad se diluirá, hasta que nadie resulte en efecto responsable.
Infinita tristeza causa un hecho así, pues los jefes de enseñanza y de residencia son médicos, los directivos son médicos, incluso la Secretaría de Salud está encabezada por médicos y uno esperaría que cuidarían a los de su misma grey. Desafortunadamente no es así.
Hoy somos testigos de una ironía especialmente miserable: después de obligar a los residentes a normalizar jornadas inhumanas, hambre, cansancio y precariedad, ahora el sistema ya no es capaz siquiera de garantizar la forma más elemental de cuidado: dar de comer, sin enfermar a los demás. Un lugar especial tienen en el inframundo los verdaderos responsables.
P.D. ¿y si el brote ahora llega a los pacientes?
*Médico Patólogo Clínico. Especialista en Medicina de Laboratorio y Medicina Transfusional, profesor universitario y promotor de la donación voluntaria de sangre.