Encuentra a AM más fácil en Google
Añádenos como fuente preferida y aparece más seguido en tus resultados de búsqueda
Añadir como preferido

“Jamás he cometido un acto de lujuria -le dijo la señorita Peripalda al padre Arsilio-. Nunca he tenido trato con varón”. “Te felicito, hija” -la congratuló el sacerdote. Acotó la catequista con tono áspero: “No estoy presumiendo. Me estoy quejando”. “Y por favor, arquitecto -le pidió doña Ligeria al que iba a hacer la casa para ella y su marido-.

Que la recámara esté en el primer piso, y que el clóset tenga puerta a la calle”. Torponcio, galán impertinente, asediaba con cargante asiduidad a la linda Susiflor. Por fin ella, cansada de su insistencia, le dijo cierto día: “Ven esta noche a mi casa. No habrá nadie”. Fue Torponcio. Y en efecto: no había nadie. Se iba a llevar a cabo en el Potrero la elección de comisario ejidal. Don Abundio se presentó como candidato al puesto.

Su adversario era un muchacho de enorme popularidad en el ejido. Simpático, afable, ayudador, gozaba del aprecio general. Tenía excelentes relaciones con el alcalde de Arteaga e incluso, se comentaba, con el Gobernador. Además pertenecía a una extensa familia del rancho. Sus parientes: tíos, primos, cuñados, concuñados, padrinos y compadres votarían por él. Seguramente don Abundio perdería la elección. ¿La ganaría el muchacho? Quién sabe. Nadie diga “Voy a comer pollo” hasta no dar el primer bocado.

El viejo preguntó a todos los electores su número de calzado. Fue a Saltillo y compró un par de zapatos para cada uno, del color que cada quien le había dicho que le gustaba. Regresó al Potrero y repartió los zapatos. Uno a cada votante. “Si gano la elección -les dijo-, te daré el otro, pa’ que tengas completo el par”. Ganó aplastantemente. Entiendo que hasta su rival votó por él. Los ejidatarios estrenaron zapatos en el baile del Sábado de Gloria, y don Abundio estrenó un cargo cuyos gajes le permitiría reponerse del gasto hecho.

“Pa’ sacar hay que meter”, me dijo el ladino viejo. Donald Trump, inmoral sujeto cuyas demasías no reconocen límite, anunció que entregará un “dividendo” de 5 mil dólares a cada adulto de Estados Unidos si su partido, el Republicano, gana la Cámara de Representantes y el Senado en la próxima elección. El desatentado ofrecimiento da pábulo a preguntas. ¿De dónde saldrá el billón de dólares que el insensato baladrón requerirá, en su caso, para cumplir el pago prometido? A más de inmoral ¿no es ilegal esa grosera dádiva, que a todas luces constituye un soborno, un cohecho electoral, una compra ilícita de votos? Ninguna duda cabe ya: en la Casa Blanca está aposentado un orate cuya insensata conducta se asemeja a la de los más desorbitados césares de Roma: Tiberio, Calígula, Nerón (hablo de su vida, no de su muerte). Resulta incomprensible que el país más poderoso del planeta -todavía- tenga como presidente a un individuo de la calaña de Trump.

Pero, en fin, como dijo el señor cura García Siller, párroco de la catedral de mi ciudad, cuando le hablaron de la película “La dolce vita”: así anda el mundo y ni modo.  “Se está tardando mucho mi marido”, le dijo por tercera vez en el teléfono la esposa de don Algón a Rosibel, la linda asistente del ejecutivo. “Sí -confirmó ella-. Y estas interrupciones no lo están ayudando nada”. Lord Feebledick vio reducidos sus ingresos a causa de la caída de los bonos de la Compañía de Indias. Le dijo a su mujer: “Si supieras cocinar podríamos prescindir de la cocinera”. Ripostó lady Loosebloomers: “Y si tú supieras follar podríamos prescindir del mayordomo, del jardinero, del caballerango del montero, del encargado de la cría de faisanes, del guardabosque y del chofer”. FIN.

MIRADOR

El viajero llega a Coatepec, en Veracruz, y cumple dos promesas que a sí mismo se hizo.

Busca primero un sitio acogedor -acogedor, para él, significa solitario y silencioso- y se toma un café. El café que se da en Coatepec figura entre los mejores que en cualquier parte del planeta se pueden degustar.

Luego el viajero va a la casa donde vivió María Enriqueta. Poeta de finos matices, mujer sensible y culta, escribió un libro que el viajero conoció cuando niño: “Rosas de la infancia”. La escritora fue esposa de Carlos Pereyra, historiador saltillense autor de numerosos libros en los cuales exaltó la obra de España en México y el mundo. Cuando murió en Madrid ese hombre extraordinario su viuda hizo embalsamar el cuerpo y lo llevó por barco y tren hasta Saltillo, donde reposa en la Rotonda de los Coahuilenses Distinguidos. 

El viajero ha cumplido sus dos peregrinaciones. Cuando sale de Coatepec lo acompañan un recio aroma de café y un vago perfume de rosas de la infancia.  

¡Hasta mañana!… 

MANGANITAS

“. No habrá nuevos impuestos a la gasolina, promete la Presidenta.”.

Críticos impertinentes 

comentan esa noticia,

y señalan con malicia:

“Ya tenemos suficientes”.

450 Historias de León

Acompáñanos en un recorrido por la historia de León. Recibe en tu correo relatos sobre personajes, barrios, tradiciones y momentos clave, que celebran la identidad leonesa, en el marco de los 450 años de nuestra ciudad.