Mi querida Gabriela decía que rezáramos por un buen amor para nuestros hijos. Cuando lo decía, sentía que no podían existir malos amores, pero ella, con esos ojazos verde alfalfa, me atajaba: “Sí existen; y, en una de esas, pueden tropezar con el equivocado y hacerse daño”. Entonces acuñé eso de querer bien.
Años después observo que nadie llega un lunes a ningún sitio con la intención formal de enamorarse, ni vas por la vida con la bandera de “¿dónde está ese mal amor para joderme la vida?”. Se transita con la esperanza de encontrar lo mejor y vivir en bien. Pero un día, sin previo aviso, alguien escucha, sonríe, pregunta cómo estás y se queda a esperar la respuesta; te sirve café, nota cómo te vistes. Te llama y se ocupa de ese dolor o te deja una aspirina. Aprende a leer en tus ojos. Entonces ese corazón, que no entiende de códigos postales, ficha la entrada. Los sentimientos no se eligen, lo que hacemos con ellos sí.
Un lugar crítico para esos amores a veces es el trabajo, pues ahí pasamos buena parte de la vida. Compartimos presiones, logros, comidas apresuradas y esas pequeñas derrotas o aquellos luminosos éxitos que solo comprende quien estuvo ahí. Los abrazos se vuelven cómplices y, a veces, rozan más allá. Debo reconocer que muchas parejas valiosas se han conocido frente a un escritorio o resolviendo juntas lo que parecía imposible; mas el problema comienza cuando elegimos vincularnos con quien no está disponible y terminamos llamando destino a lo que solo puede ofrecernos ratos.
El amor equivocado suele presentarse con modales impecables. Dice que nadie lo comprende, que su relación previa ya terminó -aunque todavía nadie lo sepa-, que pronto tomará una decisión y ese infaltable “lo nuestro es diferente, ni cuenta me di cómo”. Después pide silencio. Y uno comienza, casi sin darse cuenta, a hacerse pequeño para caber en una historia que no tiene lugar.
Cuando hay jerarquía, la frontera se vuelve frágil. Una invitación deja de ser del todo libre si viene de quien decide un aumento, una promoción o la permanencia en el puesto. Ahí no basta con que ambos hayan dicho sí: la verdadera pregunta es si ambos podían decir que no sin temer consecuencias.
El afecto equivocado no necesariamente comienza con acoso ni con malas intenciones. A veces nace de la admiración, de la cercanía o simplemente de dos soledades que coincidieron. Pero llega un momento en que la emoción debe hacerse una pregunta bastante menos romántica: ¿cuánto va a costar esto y quiénes terminarán pagándolo? ¿Cómo continuar cuando el encanto se fragilice? ¿Qué pasará a la mañana siguiente?
Porque habrá mañana siguiente. La junta inevitable, el mensaje que ya no llega, las miradas en el pasillo, la incomodidad junto a la cafetera y un equipo intentando trabajar en medio de algo que nadie sabe cómo nombrar. Y alrededor, otros terminarán pagando la factura de una cena a la que nunca fueron invitados.
Y hay otra cuenta que se cobra en privado: la autoestima. ¿En qué lugar nos colocamos al aceptar ser el secreto, la pausa o la segunda opción? ¿Dónde queda nuestro honor al proponer aquello que no podemos cumplir?
A veces no elegimos mal a quien queremos. Elegimos mal el lugar donde quererlo. Y querer bien es otra cosa.
Quizá Gabriela lo sabía desde entonces. Yo tardé algunos años más en entenderlo: no todo amor que se siente merece vivirse.
Hay afectos verdaderos que llegan a la puerta equivocada. Pertenecen a otra vida.
Y también hay que saber pasar de largo.