En un artículo publicado hace unas semanas, la teóloga británica Carmody Grey relató el desconcierto que le causó el haber recibido una invitación de Anthropic para incorporarse a un proyecto de investigación.
Quienes nos dedicamos a la filosofía y a la teología estamos acostumbrados a ser vistos como irrelevantes. Una hace lo que le apasiona, pero sabe bien que no recibirá muchos aplausos y que, en el mundo de los tecnólogos, no podría haber conocimiento más prescindible que el de una disciplina que pretende comprender desde la fe. ¿Por qué uno de los laboratorios de inteligencia artificial más innovadores del mundo buscaría a una teóloga?
Sintiéndose un poco halagada por el interés que despertaba en los ingenieros y movida por la curiosidad, se entrevistó con altos directivos de Anthropic. Grey cuenta que, desde el primer momento, quedó claro el propósito de sus posibles contratantes.
La empresa trataba de comprender la naturaleza de su modelo y la teóloga podría ayudarles a entender quién era Claude. ¿Se trata de un nuevo ente en busca de su propia metafísica? ¿Tiene personalidad? ¿Puede cultivarse éticamente su carácter? No fueron necesarias muchas reuniones para que la teóloga se diera cuenta de que las preocupaciones de sus entrevistadores tenían el peor enfoque posible y que, por ello mismo, la colaboración era imposible. Lo que importa no es Claude sino el usuario de Claude. El entusiasmo y las buenas intenciones de sus interlocutores eran evidentes.
También el amor que sentían por su criatura. Lo que a ella le resultaba inaceptable era aproximarse a un tema de la máxima relevancia en los términos que plantea la industria. Lo preocupante es el vínculo que el usuario puede entablar con la herramienta, la posible deshumanización, los efectos en la cultura y en la política, el gigantesco poder sin control que le puede dar a sus gerentes. Esta es su conclusión. “En lugar de pensar en la inteligencia artificial en sí misma, deberíamos pensar en sus efectos. Concentra el poder; diluye la responsabilidad; agrava el deterioro de la naturaleza y del clima; es un instrumento para la expropiación a gran escala de culturas, lenguas y territorios en beneficio de enormes ganancias; y probablemente nos hará más solitarios y más estúpidos.”
Al rechazar la oferta de trabajo, Carmody Grey defendía la independencia crítica frente a los emporios tecnológicos. Lo cierto es que, en esa marcha del aislamiento y la ignorancia, hemos avanzado muchísimo en las últimas décadas. La prueba PISA certifica el progreso de la ignorancia. En nuestro país el problema es dramático. Viniendo de muy abajo, seguimos descendiendo y es imposible imaginar una mejora con las políticas que se han impuesto desde hace siete años. Pero haríamos mal en imaginar que se trata de un problema solamente nuestro. La catástrofe educativa no es universal. En China, en Singapur, en Japón, en Corea del Sur se están haciendo muy bien las cosas. Pero en nuestro entorno cultural y geográfico, casi todo es desolador. Me concentro en lo que la prueba refleja de la lectura. Los muchachos de 15 años no entienden lo que leen. Quizá nadie en la historia de la humanidad haya tenido un encuentro tan constante con las letras y las palabras. Todo el tiempo están frente a imágenes y textos que fluyen en la pantalla. Pero son cada vez más incapaces de entender la idea central de un texto, se les dificulta retener el argumento de un artículo, no logran permanecer en la lectura de un libro completo. Así se han vuelto ciegos a la ironía y a la distinción entre el sentido literal y el figurado.
Insisto: si en México denunciamos la catástrofe de nuestras escuelas, lo mismo hacen en España, en Estados Unidos, en Francia, en Alemania. Incluso los países escandinavos, que fueron modelo, se alarman del desempeño reciente de sus alumnos. No es solamente que se lea menos, es que se lee peor y que muchos se han convencido de que la lectura es una distracción improductiva. ¿Para qué leer si basta con darle instrucciones a esa máquina que hará la tarea? Estamos frente a una gravísima crisis de la alfabetización en el mundo. En la edición de agosto del Atlantic, Rose Horowitch publicó un artículo apocalípticamente realista: la era de la lectura ha terminado. No hay forma de exagerar: la muerte de la civilización tipográfica da paso a una nueva era de la manipulación. La lectura fue la base de la infraestructura cívica de la democracia. Su fin anuncia la llegada de un nuevo despotismo.