Cuando leímos que en Guanajuato la Fiscalía de la República y la Policía del Estado habían descubierto el mayor volumen registrado de huachicol, imaginamos que, por fin, las investigaciones sobre el delito iban en serio. Se dijo que eran 59 millones de litros que, traducidos a pesos, serían más de mil 200 millones de pesos en combustible al mayoreo.
Las presuntas instalaciones del huachicol tenían la pinta de ser otra cosa: grandes tanques de almacenamiento blancos en un terreno que a nadie le escapaba a la vista en San José Iturbide. ¿Cómo era posible que ninguna autoridad hubiera visto y denunciado, con sus modernos drones, las instalaciones del mayor depósito ilegal de hidrocarburos?
Más tarde, expertos en energía e instalaciones petrolíferas dijeron que todo era un error. El depósito servía para distribuir combustibles, como la turbosina consumida en el Aeropuerto del Bajío, y consistía en una terminal privada que daba servicio a empresas gasolineras. En las fotografías de la denuncia aparecían pipas de Exxon Mobil, sin la menor sospecha de que fueran vehículos clonados.
Lo extraño, sin embargo, era que no había detenidos, como si se tratara efectivamente de un lugar abandonado por quienes lo operaban. Tan solo esa sospecha le daba tintes de verdad al “decomiso”. La empresa propietaria de la estación de almacenamiento respondió al día siguiente: todo estaba en orden y el combustible tenía los papeles en regla. Según los últimos informes, la Fiscalía General de la República y la Secretaría de Seguridad Pública de Guanajuato continúan con la investigación.
Eso nos recordó un maravilloso cuento de Edgar Allan Poe, el escritor norteamericano del siglo XIX, quien, en sus “Narraciones extraordinarias”, narra la historia de una carta robada. Un funcionario francés, el “ministro D.”, había sustraído una carta de contenido peligroso para su destinataria, lo que podría perjudicar su reputación. Luego la escondió en una casa donde la policía parisina no pudo encontrarla, a pesar de buscarla en todos los lugares: mesas, cajones secretos, patas de las mesas, tapices, jarrones, lámparas y objetos decorativos. La carta no aparecía. Hasta que el detective Auguste Dupin —personaje de Poe— apostó 50 mil francos al investigador “Prefecto G.” para encontrarla.
En las casas antiguas había pequeñas celosías donde se colocaba el correo, y en la casa el “ministro D.” había tomado un viejo sobre arrugado y envejecido para introducir la carta robada dentro de la otra, de tal suerte que era invisible a plena luz del día. Dupin lo descubrió.
¿Dónde guardar el inmenso volumen de huachicol fiscal proveniente del contrabando en pipas, ferrotanques o buques? No digo que sea el caso de San José Iturbide, donde sería fácil mezclar gasolinas legalmente importadas con algún volumen de producto sin pagar impuestos. ¿Podrían los empleados desleales manipular los controles volumétricos para aceptar mayores cantidades de combustible y luego distribuirlo “por fuera”?
La Fiscalía General y la Policía de Guanajuato se enfrentan a un gran dilema. Si fuera una falla de 59 millones de litros, quedarían en ridículo. Si ese almacén no pudiera comprobar el origen y los pagos de IEPS e IVA en las aduanas, el descubrimiento plantearía la pregunta que flota en el ambiente desde hace más de dos años: ¿cómo no se dieron cuenta las autoridades de la Marina, Aduanas, Pemex, Hacienda, la CRE y otras instituciones de lo que pasó en el país con la compra, venta y distribución del huachicol fiscal?